Frente al asesinato de Camilo Catrillanca, la última y reciente acción de continuada violencia de Estado contra el pueblo mapuche, además de la recurrente red de mentiras, irregularidades, deficiencias administrativas, de las autoridades, me pregunto cómo pensar ese agravio histórico que sucesivos gobiernos repiten y repiten, cómo seguir sosteniendo esta vergüenza. Pensarlo es una obligación, un mandato ético, una necesidad.

Encuentro pistas en un libro que me tocó presentar hace ya unos años, a petición de mi amigo Luis Cárcamo-Huechante, Ta iñ fijke xipa rakizuameluwün – Historia colonialismo y resistencia desde el país mapuche (2012), donde catorce profesionales, mujeres y hombres, piensan su lugar hoy en el contexto de la sociedad chilena, su historia y los aportes que desde su diferencia han hecho en distintas áreas. Con un sentido orgullo nacional, los autores reflexionan desde la conciencia de las políticas y la cultura que los ha oprimido. Posicionado en una derrota histórica el pueblo mapuche se constituye hoy en un sujeto social activo que propone, no solo una relectura de su historia, sino de la historia de Chile, en la que habla la relación de dominio y expropiación del Estado chileno. El relato que construyen estos ensayos situados en disciplinas de las ciencias sociales destituye el poder de los discursos del saber absoluto y colonial que ha construido su historia y ha demarcado las fronteras identitarias, geopolíticas y culturales que los ha situado en el lugar de “el otro” ilegítimo. Hoy el pueblo mapuche se posiciona en su diferencia legítima, en su palabra. Hablan porque siempre han sido hablados, hablan en el poder de su doblez de lenguas, mapudungun y español, hablan situados en sus tradiciones, su ética, sus creencias, su estética.

La lectura de este pensamiento –sus prácticas sobre salud, literatura, sociología, historia, antropología, economía y política–, apela a situarse frente a un nuevo sujeto y un nuevo discurso mapuche, otro que aquel que históricamente los constituyó minoritarios y excluidos. Legitimidad de un pensamiento histórico-político que abre otra mirada a la relación histórica con el Estado de Chile. El texto interrumpe los discursos oficiales con un conocimiento inédito, el de la palabra y el saber mapuche como sujetos de su propia historia, la que irrumpe con la potencia inscrita en un pensamiento silenciado, en una palabra expropiada. Desde una subjetividad cultural colectiva y articulada, constituida por una trayectoria de opresión, quienes escriben producen un sujeto-agente empoderado de su historia y de discurso público, que recusa el lugar “del otro” como objeto de la mirada y de la palabra del poder que lo ha hablado desde intereses económicos y políticos, en la perpetuación de un etnocentrismo que oculta la activa participación del agenciamiento mapuche, tanto en las negociaciones coloniales como en las posteriores disputas con el Estado de Chile. Aun y a pesar de sus derrotas.

Así las cosas, los discursos dominantes con que el Estado chileno trata con el pueblo mapuche hablan de su desinteligencia histórica y su recurrente impotencia. La autoinscripción del sujeto mapuche contemporáneo en la derrota admitida por su propia palabra y reflexión, lo inviste de una dignidad inapreciable por el Estado chileno, que no lee los signos éticos de su discurso. Traigo aquí las palabras del lúcido intelectual y escritor italiano Pier Paolo Pasolini, al pensar los y signos valores contemporáneos: “Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En su gestión. En la humanidad que de ella emana. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino donde se puede fallar y recomenzar sin que el valor y la dignidad sean mellados. En no devenir en un codeador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar primero”.

La dignidad mapuche construida en su verdad histórica, exige imperativamente al Estado chileno pensar en nuevos modos de interlocución con un pueblo que ya no es el sujeto sometido y feminizado de la mal llamada “pacificación de Araucania”. Ni unilateralidad ni funcionalidad a los intereses económicos del positivismo neoliberal con el énfasis en el crecimiento económico, podrán satisfacer a un interlocutor informado, culto, conectado con su memoria y con su historia. Es desde ese posicionamiento desde donde surgen sus legítimas demandas. Esto es lo que los sucesivos gobiernos no han podico comprender, y en su incomprensión repiten el histórico desencuentro de signos con que se realizó la conquista y con el que se fundaron las naciones latinoamericanas.

Este gobierno – o cualquier otro- necesita situarse en el reconocimiento de un sujeto político que habla desde el poder de su identidad y su particular sistema simbólico y cultural. De lo contrario se repetirá una y otra vez la triste herencia con que el criollo se apartó de lo propio para mentirse blanco.

El gobierno actual, heredero de los principios de la dictadura y el autoritarismo, no deja de no entender que “la mano dura” no doblega a un pueblo que se funda en el orgullo de haber sostenido muchas batallas para preservar su conciencia histórica. Por eso ni las propuestas economicistas ni las acciones violentas del comando Jungla –cuyo presupuesto debiera revisarse esta semana en el Congreso– podrán acallar esos siglos de dignidad sostenida en su derrota. En ese contexto resulta inaceptable leer cómo los gobiernos de Chile sucesivamente le han negado al pueblo mapuche su amplia experiencia política negociadora desde la época colonial. José Millalen Paillal hace, en este libro inspirador, referencias a la celebración de los Parlamentos entre la corona española y la sociedad mapuche, “con que debieron regular su convivencia y ratificar en el tiempo soberanía y alianza”. La cita permite interrogar al Estado de Chile y su incapacidad de dar continuidad a acuerdos y a la frontera compartida. La antigua concepción ilustrada que denegó el carácter de civilización/ a las culturas que no conocía, -aspecto fundamental en la constitución de las naciones latinoamericanas-, condujo a la exclusión y mutilación de las lenguas, los cuerpos y los conocimientos anteriores a la conquista, favoreciendo con ello la conciencia eurocéntrica que caracteriza hasta hoy a las elites gobernantes. Atraso insostenible, en la actualidad. Conocer la historia y el pensamiento del pueblo mapuche desde su propia perspectiva nos permite, por una parte, abandonar la dependencia cultural del pensamiento decimonónico y nos brindaría, por otra, la posibilidad de reflexionar hacia qué democracia hemos transitado.


Crítica cultural