Partamos afirmando que esta es una historia vieja. De hecho, desde el siglo XVIII la palabra liberalismo ha sido utilizada para describir distintos grupos de posiciones políticas sin una clara similitud en sus principios. El estudio más completo sobre esta diversidad histórico-conceptual, así como su impacto en la configuración de diferentes regímenes políticos, se encuentra en la maravillosa obra de Guido de Ruggiero titulada Storia del liberalismo europeo de 1925 (hay traducción al español en editorial Comares). Una de las conclusiones que puede extraerse de su lectura es que la explicación de por qué se formaron diferentes grupos que se autodenominaron liberales no puede encontrarse buscando exclusivamente en sus principios, sino además en los complicados accidentes de la historia, así como en los intereses particulares de determinados grupos que fueron capaces de crear una determinada retórica política. Téngase solo como ejemplo de actualidad la retórica que han construido los falsamente autoproclamados liberales pro-vida. Si las cosas fueran así como su retórica obliga, debería declararme desde ya liberal pro-muerte.

Pero alguien puede querer insistir en encontrar la quintaesencia del liberalismo para así tener un criterio con el que determinar quiénes son los verdaderos liberales. Si este fuera el caso, lo primero que deberíamos asumir es si queremos usar un término de modo consistente y provechoso, sus instancias deberán referirse a alguna propiedad compartida. Así entonces, no podemos evitar esta otra pregunta ¿qué características tienen que tener un conjunto de creencias y aseveraciones políticas para que sean denominadas liberales? No cabe duda de que en las últimas semanas hemos asistido a un sinnúmero de defensas personales y corporativas del liberalismo. Claro, nadie quiere parecer conservador o pasado de moda. Aunque parecería una obviedad, nadie quiere aparecer públicamente como un enemigo de la libertad, y es que esta noción es la que ha servido de eje a todas las propuestas liberales. Así, mientras un liberalismo que prescinda de la idea de libertad iría en contra de los usos y entendimientos aceptados –así como también lo sería hecho de que una cocina prescinda de un lavaplatos– existen muchas concepciones de libertad apropiadas para el discurso liberal, esto es, hay muchos tipos de lavaplatos con las cuales podríamos armar una cocina.

Pero este es solo el comienzo de la historia. Ningún concepto político existe en el vacío. Más bien, estos se encuentran ubicados en el contexto de otros conceptos, contexto que con sus ideas y valores determinan más específicamente su carácter. Para empezar, el liberalismo como toda ideología tiene un núcleo múltiple compuesto por un número de otros conceptos. Algunos académicos solo reconocen un concepto central al interior del liberalismo. Ronald Dworkin, por ejemplo, sostiene que el concepto central ha de ser la igualdad. Dworkin sostiene que en política económica los liberales piden que las desigualdades de la riqueza se disminuyan por medio de actividades de beneficio social y otras formas de redistribución financiadas por impuestos progresivos que conducirían a una sociedad más igualitaria. Los liberales defenderían que el gobierno interviniese en la economía para favorecer la estabilidad económica, controlar la inflación, reducir el desempleo y proporcionar servicios que no se podrían dar de otro modo. Pero los liberales, sostiene el propio Dworkin, preferirían una intervención selectiva y pragmática a que se produzca un cambio dramático de la libre empresa, así como en las decisiones colectivas sobre inversiones, producción, precios y salarios (Liberalismo, no Socialismo de Estado). Según Dworkin, los liberales como él apoyarían la igualdad racial y aprobarían la intervención del gobierno para garantizarla por medio de restricciones la discriminación pública y privada en la educación y el empleo. Pero los liberales (a lo Dworkin) se opondrían a otras formas de reglamentación colectiva de la decisión individual. Se opondrían, a su vez, al control del contenido de los discursos políticos, aunque dicho control garantizara un mayor orden social y se opondrían también al control de la lectura y conductas sexuales, aunque dicho control tenga un considerable apoyo mayoritario.

Por otra parte, para los libertarios es la misma noción de libertad la que se convierte en el concepto central predominante, o más bien, una acotada y particularísima versión de la libertad. A diferencia de Dworkin, estos liberales restringirían el ámbito de acción del Estado –la famosa tesis del Estado Mínimo de Nozick– y, en su versión chilensis, permitirían incluso cosas tan extravagantes como la libertad de conciencia institucional con la finalidad imponer un credo e impedir la libertad de otros, o fomentarían una idea de meritocracia camuflada de libertad que solo permitiría el ascenso social justo de los hijos de aquellos que se consideran liberales a la chilena.

No cabe duda de que con la expansión de la democracia el liberalismo ha adquirido importancia política en países de todo el mundo, y Chile no ha sido la excepción. Quizás lo relevante no sea determinar quiénes son los verdaderos liberales, sino más bien que sus más variados defensores puedan –y deban– decir con claridad en el espacio público qué libertades están dispuestos a defender y promover, así como por qué razones. El punto central de la discusión girará entonces en si los liberales a la chilena están dispuestos a ir más allá de las libertades que hacen posible elegir el colegio británico al que mandarán a sus hijos, o el postre del menú post-operatorio de su clínica cinco estrellas, y más bien son capaces de promover con sus ideas y actos una forma de sociedad que permita a todas las personas avanzar en sus planes de vida con independencia de su condición social, económica, cultural y sexual. Esto último cuesta caro ya que implica ciertas renuncias que ni los liberales de izquierda de nuestro país están dispuestos a conceder. Así como ellos critican a sus homónimos de derecha por imponer determinadas formas de vida buena, es posible criticar a los primeros por ser incapaces de ver que con sus formas de vida están también promoviendo una forma de vida buena, para ellos, obviamente. ¿O acaso usted conoce a un liberal igualitarista de izquierda que lleve a sus hijos a un colegio donde cualquiera libremente podría asistir, o a una clínica donde libremente cualquiera podría ser atenido, o se movilice en un medio de transporte que cualquiera libremente podría usar? A mi me sobran dedos de una mano y, de hecho, podría prestarles uno para que intentaran tapar el sol.


Profesor de Filosofía Moral en la Facultad de Derecho, Universidad de Chile.