“Quiero recordar a mis compatriotas que ese es un cargo de la exclusiva confianza del Presidente de la República, y el ministro del Interior y Seguridad Pública cuenta con mi total confianza”.

Estas son las palabras que dedica Sebastián Piñera a la ciudadanía, en respuesta a la demanda creciente, exigiendo la renuncia del Ministro del Interior, Andrés Chadwick.

Señor Piñera: la verdad es que su respuesta es impresentable, pero predecible, porque impresentables han sido, en general, cada una de las decisiones políticas en el avance de su gobierno, que cada vez se aleja más de la voluntad del sector del pueblo que en algún momento le confió la posibilidad de rectificar las deformaciones del poder, que durante años de gobiernos constitucionalmente electos (no digo democráticamente) se han ido profundizando.

Ya para nadie resultan novedosos sus deslices autárquicos arraigados en su carácter, forjado en un entorno acostumbrado al ejercicio déspota del poder, tan propio de la aristocracia chilena; esa aristocracia de patrón de fundo, que como en toda Latinoamérica, nace del deseo criollo de quitarle el poder y sus beneficios derivados a la Corona Española, apoyados en la codicia, más que en ideales republicanos, ni siquiera en esos ideales republicanos imperfectos y sesgados de la herencia napoleónica. Ninguna de ellas tuvo el real propósito -que hasta hoy se promueve propagandísticamente- de fundar una república auténticamente democrática. Cada una de ellas no fue más que la administración de los intereses de quienes fundaban propiedad en lo que entonces fue el latifundio sobre las tierras del despojo, sobre la esclavitud, la incipiente minería salvaje, etc. Todas, condiciones que hasta hoy, con variaciones y maquillajes, se mantienen tal cual, como base estructural de una nación forzada, centralista y totalitaria.

Los criollos le vendieron la idea de la libertad y de la patria justa a los campesinos, a la masa incipiente de obreros asalariados y a los pueblos originarios, para que una vez logrado el objetivo político-militar de derrocar a la Corona, se devolvieran con furia en contra de ellos mismos, con el fin de someterlos tras la retórica fraudulenta de una república moderna: condiciones de explotación y marginación social, económica y política, que hoy aún se llaman listas de espera en los hospitales. Se llaman también hacinamiento y hambre; sueldos miserables y cesantía dura o disfrazada. Se llaman discriminación  étnica, asesinato, despojo de los pueblos originarios, reducción cultural, estudios inalcanzables, salud imposible, pensiones inhumanas, endeudamiento esclavizante, poder machista y exclusión de género. Se llaman desprecio por la vida y consecuentemente, desprecio por el medioambiente.

Ese porcentaje de la ciudadanía que votó por usted, entre los que no me incluyo, es en su gran mayoría pueblo chileno, en el sentido clásico del término “pueblo”: aquella masa que transita al margen de los enclaves del poder (principalmente político y económico). Representan, no a esa minúscula casta de privilegiados, sino aquellos que perciben aun por delante, el largo camino de las mejoras sociales, políticas, económicas y culturales pendientes y urgentes. Representan a ese pueblo políticamente inexperto e inocente, algo oportunista y absurdo, abusado una y mil veces, que cree que los poderosos algún día sintonizarán con los valores sociales más nobles y terminarán por despertar de este mal sueño de nunca acabar.

Déjeme decirle señor Piñera, que todo ese pueblo que votó por su gobierno, hoy se divide en la evidencia del fraude que usted encarna, porque, aunque es ingenuo, aunque puede ser ignorante, tal vez oportunista y cobarde, tiene su inteligencia, junto a las hilachas de dignidad que aún la historia no termina de borrarle.

Déjeme decirle que ese 54 % que lo apoyó no es su base social. Su base social de apoyo, sólo representó poco más de 25%, que hoy disminuye en caída libre y como un río que baja de los altos cordilleranos, confluye con el resto del pueblo que le considera a usted varias cosas, menos que es un digno representante político, como queda crecientemente  en evidencia y como usted mismo  fortalece.

Déjeme decirle -porque al parecer sus asesores lo protegen de la cruda verdad y yo, de buena voluntad, lo enteraré- que la gente en las calles lo trata mal y con mucha convicción le dice a usted payaso, lo trata de delincuente. Mucha, demasiada gente, le llama güiña, como al animal que roba por los campos chilenos. Le dicen misógino, machista, avaro, en fin, le nombran con los más deshonrosos epítetos, que jamás, ni siquiera al dictador le asignaron. Al dictador le llamaron asesino, es verdad, y considere usted que dada su política frente a la situación de la Araucanía, no tardará en ser también un epíteto que le quedará como anillo al dedo, según demasiados “compatriotas” como usted les llama en el recordatorio que entrecomillo al comienzo de estas palabras.

Nosotros (sus “compatriotas”) tenemos muy claro que el nombramiento o destitución del Ministro del Interior es una prerrogativa del cargo que bien o mal, usted ostenta. Pero entienda que ese hecho es precisamente lo que avala la petición del pueblo. Es usted el indicado para remover del cargo A SU PRIMO don Andrés Chadwick. Es precisamente el hecho de que, a pesar de todo lo que el pueblo piensa de usted, y que le acabo de comunicar en el párrafo precedente, le reconoce dicho derecho, que en esta circunstancia pone sobre relieve, además, su deber. Este asunto, que es un asunto de Estado, usted lo trata con un ataque de egocentrismo infantil, de niño malcriado en la desproporción del poder. Aquí no se trata (señor) de la confianza que usted tenga en su pariente, sino de la desconfianza que (esta especie de señor) Chadwick, es capaz de proyectar en la ciudadanía, que es la que debe sentirse –a fin de cuentas- en buenas manos.

Claro que todo esto no va, ni irá más allá de un monólogo lanzado al abismo de su conciencia, posiblemente prima hermana de la nada, porque está más que claro ya, que su concepto de hacer política, demuestra estar lejos de ser un ejercicio orientado al bien común.

Como dice un viejo  y recordado amigo: sus palabras hay que tomarlas como de quién vienen. Claro que la vida da sorpresas y en una de esas sorpresas que da la vida, aunque sea por un afán miserable de conveniencia personal, decida buscarle alguna otra trinchera a su primito mimado, para que siga viviendo del dolor ajeno, porque seguro que esa costumbre no se le va a quitar. Todos hemos escuchado que desde temprana edad se ha entrenado en ciertas prácticas siniestras y cuando el río suena…claro que se dicen tantas cosas…como por ejemplo todas esas cosas que se dicen de usted.

Para finalizar, le recuerdo nuevamente sus propias palabras…exactamente aquellas que le obligan:

“Quiero recordar a mis compatriotas que ese es un cargo de la exclusiva confianza del Presidente de la República”. También le recuerdo que en su ausencia, mientras ejerció la vicepresidencia, su pariente mintió al mundo entero una y otra vez…y se fue retractando una y otra vez en mentiras cada vez más desesperadas y le ha mentido al país (a sus compatriotas, como a usted le gusta decir) una y otra vez.  Un buen presidente debe tener buen criterio para depositar confianzas tan fundamentales para la sanidad de la Patria, como a usted también le gusta mucho decir. ES EL Ministro del Interior, ¿entiende? Si todo lo que está pasando bajo su dirección no basta, entonces entenderemos que comparte dichos métodos, lo que tampoco sería una sorpresa, porque todo apunta a que estamos frente a una nueva ofensiva de Terrorismo de Estado, y “al cura no hay quién lo confiese”.

 

Desde Chiloé


Profesor de Filosofía, Castro, Chiloé