Empezar una nueva experiencia –entrar a estudiar, cambiarse de casa, un nuevo trabajo- alimenta nuestras ansias de conocimiento y nos genera mucha emoción. Son las expectativas positivas las que nos movilizan a lo largo de la vida a buscar nuevas experiencias. Cuando pensamos en el niño pequeño que empieza a ir al jardín infantil, suponemos que también ansía encontrar objetos nuevos para jugar y aprender, hacer cosas que niños mayores pueden hacer y encontrar amigos. Esto es posible siempre y cuando las experiencias tempranas ligadas a la separación y transición no hayan sido excesivamente difíciles (reconociendo que siempre van a tener una cuota de dificultad). Muchas veces tendemos a idealizar las nuevas experiencias, pero al mismo tiempo podemos sentir temores y dudas sobre lo que una nueva situación traerá consigo. Podemos sentirnos temerosos frente a un nuevo lugar o persona; podemos tener temor a no tener la capacidad física, mental o emocional para afrontar cambios y desafíos; podemos sentirnos perdidos en ambientes nuevos o confundidos por nuevas ideas. También podemos sentir miedo a ser juzgado por otros, a sentirnos inadecuados o tontos, a que se rían de nosotros, a no caer bien o a ser excluidos. Todos estos sentimientos y pensamientos pueden aflorar en la vida adulta cuando nos enfrentamos a una situación nueva. Generalmente no solemos hablar ni compartir con otros estas emociones difíciles, tendemos a sentirnos avergonzados de ellas y pensar que deberíamos ser lo suficiente maduros para haber superado estos temores que parecen ser tan infantiles.

El estudio psicoanalítico de la mente ha demostrado cómo nuestras experiencias tempranas dejan huellas en nuestra memoria y que nuestras emociones actuales se conectan con eventos que se mantienen en las profundidades de nuestras mentes (o de nuestro inconsciente). Las experiencias muy tempranas no son recordadas de forma consciente, pero reaparecen cuando una situación en el presente nos recuerda a la situación original o primaria. Podemos decir que los estados emocionales experimentados en la infancia y niñez se quedan con nosotros. Estar en contacto con estos aspectos infantiles de nosotros mismos nos ayuda a entender y a tolerar no solo nuestros propios miedos y deseos infantiles, sino que los de nuestros hijos. Este entendimiento es central para pensar en lo que ocurre en las mentes de los niños pequeños que ingresan al jardín infantil. A diferencia de nosotros, la mayoría de los niños de uno a tres años no pueden poner sus emociones, pensamientos y temores en palabras. Para empezar a comprender los sentimientos que emergen en un niño pequeño que se encuentra en un ambiente extraño con personas que no conoce, tenemos que remontarnos a sus (y nuestras) experiencias más primarias de separación, pues están relacionadas a la capacidad que el niño va a tener de ingresar al mundo social.

Ahora bien, cuando las primeras experiencias de separación entre el niño y su cuidador principal han sido experimentadas de una forma particularmente compleja pueden tornarse más difíciles de elaborar. Una de las posibles vías de expresión de esta dificultad, es que los niños empiecen a manifestar conductas agresivas como pegar y morder. En esta columna queremos tratar de entender uno de los posibles orígenes de estas agresiones para sensibilizar respecto a la importancia de la existencia de espacios como la Casa del Encuentro, que acompañen las primeras experiencias de socialización y separación para el futuro ingreso al jardín infantil u otros espacios sociales.

Convengamos que el pegar o morder en un niño de uno a tres años es muchas veces una forma de comunicación. Puede comunicar el interés que se siente por quien es mordido, un llamado de atención a sus cuidadores, emociones difíciles de expresar, frustraciones, etc. Lo importante es que es un aspecto esperable en el desarrollo. Si pensamos en niños menores de un año, sabemos que su forma de conocer el mundo es a través de la boca; se meten lo que encuentran como forma de explorar el ambiente que los rodea. En estos casos, hay una intención de descubrir e incorporar un nuevo conocimiento. Como el desarrollo no es lineal, sino más bien pendular, lleno de vaivenes, de progresiones y regresiones, el aspecto oral puede hacerse presente por mayor tiempo, o reaparecer en una etapa posterior del desarrollo, sobre todo cuando las palabras son aún escasas y la posibilidad de representar y simbolizar los deseos y afectos es aún incipiente.

Los problemas relacionados a la agresión pueden presentarse cuando los niños, en menor o mayor grado, no han sido lo suficientemente acompañados en el manejo emocional que las transiciones, separaciones e inicios y finales conllevan. Siempre existe el riesgo de que un niño no logre hacer una transición al jardín infantil: por un lado hay quienes sufren y son dañados o mordidos, mientras que otros parecen adaptarse rápido pero muestran conductas agresivas hacia otros niños o hacia los adultos. Idealmente esperamos que los niños, al asistir al jardín infantil, puedan ampliar su mundo relacional, desarrollar habilidades, aprender a compartir con otros y disfrutar de actividades grupales. Esto se puede ver entorpecido si las experiencias tempranas no han sido lo suficientemente elaboradas y las emociones del niño, en torno a la separación, reconocidas y nombradas por los adultos que lo rodean.

Las emociones que despiertan las situaciones de agresión también pueden ser muy difíciles de afrontar para los adultos, tanto en los educadores como en padres y cuidadores. Cuando nuestros hijos han sido agredidos sentimos el temor, la impotencia y la fragilidad. Muchas veces los padres no sabemos cómo reaccionar cuando llega mordido del jardín, sobre-reaccionando o sintiendo que no se hizo lo suficiente para asegurar su integridad física y emocional. Por el otro lado, cuando nuestro hijo es el que agrede o muerde, nos deja en una posición que puede ser difícil de reconocer, externalizando los sentimientos de culpa hacia el jardín, o temiendo que sea estigmatizado por los otros niños y padres. En este sentido, consideramos que lo más importante es que el jardín y los adultos alrededor puedan proveer un manejo seguro de la agresión, donde no se tienda ni a la victimización ni a la estigmatización, abordando estos eventos por medio de los límites que son necesarios para transmitir que la agresión puede ser contenida de forma segura. No podemos evitar que estos eventos de agresión ocurran, pero sí podemos ofrecer un manejo y un abordaje que reconozca los estados emocionales de los niños, tanto el de pena o rabia de quien es mordido, como el de enojo o frustración de quien muerde.

En la Casa del Encuentro tratamos de proveer palabras a la experiencia y emociones de los niños que nos vistan junto a sus padres o cuidadores. En una oportunidad, uno de los niños empezó a pegarle a un miembro del equipo que tenía a un bebé en brazos; el niño quería jugar con esta persona en particular y empezó a golpearla (y al bebé) con una espada de juguete. Ante esto se le pregunta al niño si quiere jugar con esta persona, a lo que responde “Sí”. Se le explica que la persona está con el bebé pero que luego puede jugar con él. El niño sigue golpeándola. Luego se le dice: “Estas celoso del bebé”, a lo que responde: “¡Sí!” con alivio y satisfacción. Un cuidador se ofrece a tomar al bebé para que pueda jugar con la persona de su interés. Pareciera que el reconocimiento de su estado emocional alivió en parte su necesidad de manifestarlo a través de la agresión.

La agresión es necesaria para crecer, pero puede generar conflictos en los cuidadores, padres o educadores que lidiamos con ella en la crianza o en la educación.  Es posible que despierte asuntos no resueltos de nuestra propia infancia y nuestra propia agresión, poniendo en juego la represión infantil de la cual Freud habló. La ambivalencia en el amor y odio es mutua (tanto del niño como del cuidador), y en ese sentido los adultos debemos contener la agresión de los niños, sobreviviendo al ataque y fusionando los impulsos amorosos y agresivos en pos del desarrollo, la creatividad y el ingreso al mundo social y cultural. Es una tarea importante, debemos ponernos en el lugar de nuestros niños y acompañar sus progresiones y regresiones, sus energías amorosas y destructivas, ayudando a que los mordiscos encuentren palabras que puedan facilitar que lo “no dicho” ingrese al mundo de los símbolos y las emociones.


Integrante Equipo de Acogida Casa del Encuentro Renca de FSA. Psicóloga Clínica, Magister en Clínica Psicoanalítica con Niños y Jóvenes, UAH. MSc Psychoanalytic Developmental Psychology, University College London, Anna Freud Centre.