En las más de dos mil páginas que contiene el expediente de José Revueltas en el Archivo de la DFS (Dirección Federal de Seguridad) mexicana, nos enteramos no solo de la vida pública y privada del escritor y activista; no solo del contexto social y político —la efervescencia, la alegría y el dolor alrededor de ese año tan nombrado que fue hace ya medio siglo—­; no solo releemos largas transcripciones de los juicios a lo que se vio sometido y que lo terminaron condenando a 16 años de cárcel por su rol en el movimiento estudiantil (de los que tuvo que cumplir solo unos pocos, dado el absurdo infinito de las acusaciones). Además de todo ello, podemos advertir la emergencia de una nueva crítica literaria y cultural que tiene en los agentes y espías a sus exponentes más inesperados e inadvertidos. Revueltas es acusado de llevar barba, de apoyar la autosugestión universitaria (en lugar de la autogestión); todo su accionar es reforzado por su ser comunista, algo que, por supuesto, tiñe desde su despertar al tequila del estribo.

Críticos literarios

Resulta delicioso (y pavoroso) imaginar a los agentes de la policía secreta Javier Mancera y Enrique Hoeck Cossio, escribiendo, tomando turnos, con dos dedos en la máquina de escribir: “por la coincidencia que existe en el estilo literario empleado en dicho documento y la terminología verbal que utiliza el escritor José Revueltas, quien actualmente se encuentra recluido en la cárcel preventiva de Lecumberri, todo hace suponer que este individuo fue el que elaboró el manifiesto, sobre todo por las palabras que muy frecuentemente este acostumbra, tales como ‘prácticas políticas absoletas (sic)’ y ‘el marginalismo en la participación política’”.

Los agentes están haciendo referencia a un manifiesto en defensa de los prisioneros políticos, que acaba de aparecer en un periódico de la ciudad (pocos días han pasado de la masacre, todavía es octubre, todavía es 1968). El manifiesto está firmado por Roberto Escudero y Gerardo Estrada, a nombre del Comité Nacional de Huelga, sin embargo, el espía es capaz de determinar (o al menos así lo cree él) que Revueltas, por el estilo literario, es el verdadero autor.

¿Cuánto de la producción de Revueltas tienen que haber leído Mancera y Hoeck Cossio para llegar a esa resolución? ¿Tomaban notas, procurando fijarse en las aliteraciones, las hipérboles, los hipérbatos, metáforas, sinécdoques, cacofonías, catáforas y metonimias favoritas de Revueltas? ¿Habrán leído solo textos políticos o también se habrán perdido en las páginas de cuentos y novelas? ¿Sería Revueltas el único escritor tan cuidadosamente leído por ellos? ¿Lo habrán escogido o les fue impuesto por Nazar, el perverso jefe de la DFS? Interrogantes de las que no tenemos respuestas, pero que nos llevan a preguntarnos por el otro lado: ¿Cuánto sabía Revueltas que era objeto de esta cuidadosa crítica? ¿Supo que era vigilado y seguido constantemente (podemos leer su rutina diaria en su expediente)? Podemos intuir (o soñar) que al menos algo sabía.

Si le podemos creer algo a Bolaño, la descripción de los espías en el DF que hace en Amuleto indica que todo el mundo conocía a los espías y sus intentos de pasar desapercibidos eran lo que más los tornaban perceptibles… Así, desde esa intuición, ¿cómo respondió a la mirada, al ojo panóptico que se posaba sobre él? ¿Cuál fue la respuesta de Revueltas a la crítica de Mancera y Hoeck Cossio?

De nuevo, podemos soñar una respuesta, o bien, podemos pensar una desde las condiciones reales en las que se encuentra el escritor (la diferencia, a fin de cuentas, quizá no sea tanta). Revueltas responde a la visión de los espías desde la cárcel con más escritura: ante la crítica literaria proveniente de las cloacas del poder, devuelve más prácticas literarias. Mucho de lo que después sería publicado bajo el título de Dialéctica de la conciencia, fue pensado y borroneado por esos años en la cárcel: “La praxis es el acto donde el hombre se realiza”, repetirá en varias ocasiones; “el hombre se hace haciéndose”… La escritura de Revueltas se construye también en la tensión entre la praxis y la teoría, entre su posibilidad y su devenir. Y más, la escritura de Revueltas responde a la mirada del Archivo, incorporándola, haciéndola suya, jugando dialécticamente con ella. Teorizándola (“la teoría, dice al comienzo de la Dialéctica, funciona en concreto, como praxis, cuando transforma adecuadamente, es decir en consecuencia con él mismo, el objeto que le fue propuesto”). Estas ideas pueden parecer un tanto abstrusas, es cierto; quizá ayude a aclararlas (pero, ¿por qué tenemos que aclararlas?, quisiera responder mi lado dionisiaco), pensar la escritura de Revueltas como un golpe al centro del poder, un golpe de tal magnitud que provoca una respuesta total: legal (se le aplican leyes), penal (se le condena a prisión), social (se le aísla en prisión) y estético-literaria (se estudia y persigue su estilo). Así, como dicho, esas acciones-praxis pasan a ser parte de la praxis (y de la teoría) que larga Revueltas en la cara del poder.

Hay un cuento que Pepe escribe en Lecumberri que nos habla de esto mucho mejor: Hegel y yo. Un cuento que seguro Mancera y Hoeck Cossio leyeron y al que me referiré en la próxima de espías.


Doctor en Literatura, Universidad de Yale