Hoy conocimos el limbo. Así es como debe ser también el purgatorio, como en el Monumental de River esta tarde, como en todos los rincones que respiran fútbol: la sensación constante de espera, de ilusión y descrédito ante acontecimientos que se nos escapan de la comprensión. Que se juega, que no se juega. Que se juega, que no se juega. Que se vuelve a jugar. Una previa eterna que no lleva a nada; y a la vez a todo.

Sentados en el sofá, estupefactos, ansiosos, se nos cruzan en televisión jugadores con parches en los ojos, con expresión de veteranos de guerra siendo trasladados en ambulancias alentadas por barras bravas que le hacen el aguante a un furgón blanco con enfermera y paramédico. Una locura que se nos hace normal. Botellas que ahora lanzan sobre la ambulancia. Eso es el limbo, la normalidad de pisar en la nada y sentir el asedio de lo inestable. Ahora se juega a las 6, ahora a las 7 y ahora a las 8. Y Carlos Tevez que aún siente el sabor del vómito. Y el Pipa que se repite en pantalla con su cara de asco. Y el chofer del bus que agradece al tipo que tomó el volante cuando un proyectil lo sacó del control. Le da las gracias porque si no lo asistía, la máquina y todo Boca terminaban incrustados en una casa del barrio. Y el partido que todavía no parte.

Y Pablo Pérez que asoma como titular dispuesto a reventarse el ojo para convertirse en el héroe del partido imposible, el súper clásico del surrealismo, de la América que se ordena en el desorden. Y parece que de nuevo no se juega, y mejor compramos otra cerveza y la final ahora es imaginaria en todas las cabezas. Europa también lo espera, pero allá la imaginación al parecer no da. Las reuniones no terminan.

El presidente de Boca aún siente las trompadas que le tiraron en el pasillo y los nervios casi se hacen placenteros. Es irrisorio, hasta placentero este limbo en desconcierto. Será que la final no empieza porque no se quiere terminar. Será que el gozo radica en que extendemos el arribo del fin. Será que este limbo siempre lo estuvimos esperando. Será que queremos quedarnos para siempre a vivir en la final del siglo. Encerrados. Es nuestro secreto. No sé lo digas a nadie. Ahora se suspende. Es definitivo. La gloria es miserable. El éxtasis, patético.

Esta final siempre fue una locura, no podían chocar los polos, desestabilizan al mundo. El mundo se tenía que acabar hoy. La dimensión del encuentro y sus circunstancias siderales eran un exceso. Lo sabíamos desde el momento en que las llaves terminaron de juntarse para escribir esta novela bárbara. Seguimos en el limbo. Hasta mañana.


Director Noesnalaferia