La puesta en marcha del Comando Jungla -que no es una invención como el gobierno nos quiere hacer creer; sino una realidad escalofriante- junto con el cobarde asesinato de Camilo Catrillanca, nos obliga a revisar y reflexionar acerca del país deshumanizado en el que nos hemos ido convirtiendo.

Un ejemplo de esta deshumanización está en que como sociedad hemos normalizado la violencia estatal contra las comunidades mapuches, transformándola en algo así como la única alternativa racional a la hora de “pacificar” la Araucanía.

También como sociedad hemos ido normalizando, por la vía de la aceptación pasiva, la evidente y rastrera complicidad de los principales medios de comunicación. Estos medios que han ido construyendo con el tiempo -pues para generar realidad, el paso del tiempo es un activo primordial- una falsa realidad e imagen del pueblo mapuche, con el único y expreso objetivo de criminalizar sus demandas. ¿Por qué? O mejor ¿para qué? Pues para proteger intereses privados (forestales principalmente). Intereses de personas que se apropiaron -con la complicidad, aprobación y ayuda del Estado Chileno- de tierras que ancestralmente le han pertenecido al pueblo mapuche. El asunto entonces tiene un foco económico- político, ligado a la propiedad de las tierras. Lo anterior, en terminología marxista, podría enfocarse desde la mirada de la acumulación originaria.

Como sea, nuestra sociedad ha observado con demasiada pasividad como un grupo pequeño de personas ha despojado de sus tierras al pueblo mapuche, con la obvia complicidad (activa o pasiva, según el gusto del lector) de la clase política que ha concentrado el poder desde el término de la dictadura cívico militar.

Esto es así, pues la clase política, transversalmente -como un ejemplo vergonzoso de la falacia conocida como “política de los acuerdos” y con matices que solo alcanzan a ser eso, matices-, no ha estado a la altura de la envergadura del conflicto, al solo ofrecer como única medida de acción, la militarización de la zona y la opresión de todo un pueblo.

Nadie dice que la resolución del problema es algo simple; algo que pueda resolverse de la noche a la mañana. De hecho, el punto es ese: Un problema de esta envergadura requiere soluciones a la altura, más ligadas a la política que a la criminalización.

En suma, el Estado ha hecho grandes esfuerzos por hacernos creer que los terroristas son los mapuches, cuando la realidad es exactamente la contraria: El Estado es que se ha convertido en terrorista, ocupando el monopolio de la fuerza para seguir atropellando a un pueblo que solo está pidiendo lo que se le ha arrebatado: sus tierras ancestrales.

Y en este escenario, me inquieta pensar cuál será la reacción de la izquierda, y la reacción de la ciudadanía en general.

De la izquierda, me inquieta saber primero que todo, si habrá reacción. Pero me refiero a una reacción de verdad. Con propuestas, convicciones políticas, una estrategia realista y definiciones sin ambigüedades (para eso hay que tener el coraje de enfrentar a los poderes económicos ligados a las empresas forestales). Me parece que el actual escenario genera una buena oportunidad para que la izquierda mire hacia atrás, analice cómo ha actuado -y por qué-, sin eludir absolutamente ninguna responsabilidad.

Y de la ciudadanía también me inquieta saber si va a ver reacción -para lo cual se requiere primero, tomar conciencia-, o si más bien, continuará al alza una tendencia de alienación en cuanto a los graves problemas políticos y sociales que nos aquejan como sociedad.

Qué duda cabe, siguiendo a Marx, que la sociedad capitalista es una de las causantes de la deshumanización moderna. Pero más allá de eso, el hecho es que en Chile suceden cosas graves, sin que la tensión institucional que se genera en la agenda pública sea suficiente para combatir la inercia. Me refiero por ejemplo a la naturalización de situaciones graves como el apuñalamiento de mujeres en marchas pacíficas; como el otorgamiento de libertadas a genocidas; como los montajes asociados a la Operación Huracán; como el asesinato cobarde de mapuches; como las declaraciones del Comandante en Jefe del Ejército, quien, muy suelto de cuerpo afirma que defenderán con “dientes y muelas” su privilegiado sistema previsional. Todo esto, mientras el “poder civil” juega a ser un espectador más. A eso hay que decir, ¡basta!

En fin. Todo esto parece normalizarse cada vez más, y nuestra débil democracia parece no estar dando el ancho. Por eso me inquieta saber hasta cuándo la ciudadanía estará dispuesta a tolerar esta barbarie en la que estamos inmersos. Porque ayer fue Matías Catrileo. Hoy, Camilo Catrillanca. Mañana podrían ser tus hijos, tú o yo, los que sean asesinados por un disparo en la cabeza, simplemente por querer defender nuestros justos y legítimos derechos.

Ante esto, la única reacción posible es salir a la calle, hacer esfuerzos por generar conciencia en los barrios y exigir cambios. Porque no sabemos hasta cuándo la democracia soportará los embates de la impunidad, el populismo, la corrupción y la violencia.


Activista y Autora del libro"Mi Testimonio, Aborto, Estado e hipocresía en Chile"