A mediados de año, la agrupación mapuche Rakiduantum de Coyhaique emplazó a la diputada mapuche por la región de Aysén miembro de RN (Renovación Nacional), Aracely Leuquén, para que deje la bancada indígena de la Cámara baja, explicando que su presencia y opinión respecto a estos temas, no los representaba. Así mismo, Leuquén, lo corroboró cuando, siendo parte de la discusión de la reforma constitucional de equidad de género, rechazó junto su bloque de derecha la indicación que apuntaba a cautelar los conocimientos ancestrales de las mujeres de pueblos originarios, votando en contra de esta iniciativa.

Luego de revisar las declaraciones que entregó al diario La Tercera, las que serán desglosadas en los siguientes ítems, se proponen los conceptos de progreso y evolución como un recorrido constante en su discurso, aquella ideología del progreso que quieren aplicar algunos a nuestro pueblo mapuche.

“Nuyado no representa al mundo mapuche”, sino que a la izquierda. Una irrupción en un momento en que la derecha, el oficialismo, no tiene voceros de esa etnia en pleno conflicto.

La derecha en nuestro país se ha negado, históricamente, a no reconocer las identidades indígenas. En 1979, la Dictadura decretó la liquidación de los títulos de merced por títulos de propiedad privada. Esto perjudicó la organización de las comunidades indígenas, permitiendo aún más la ocupación de La Araucanía, que también buscaba destruir los tejidos sociales en torno a la organización política y cultural de los pueblos. También, esto permitió un sinfín de plantaciones forestales, principalmente de pino y eucalipto, que dejó graves consecuencias extractivistas generando el deterioro de las plantaciones de especies autóctonas, destruyendo también el ecosistema del Wallmapu, así como la posibilidad de recuperar las tierras usurpadas bajo los títulos de merced. Sin ir más lejos, es el mismo dictador Pinochet, quien en un discurso en Villarrica en aquel año se refirió al tema: “Hoy ya no existen mapuche, porque somos todos chilenos”, unificando la identidad nacional y haciéndola una identidad estable, como si todos los sujetos que conformamos la ficción que es el territorio chileno viviésemos bajo un hilo conductor tanto de prácticas culturales como cosmológicas, realizando una homogeneización de las identidades, aplastando con su aparato colonial todo lo que no forme parte de esta hegemonía funcional al mercado neoliberal y sus prácticas latifundistas.

“Se me discrimina en la Cámara porque no soy una mujer que se disfraza de mapuche”.

Ella supone que las vestimentas tradicionales mapuche como el kupam, makuñ, trarilongko, tupu, ikülla entre otras, son funcionales para esta “caricatura” del mapuche, instaurados desde los gobiernos de la Concertación, utilizando la multiculturalidad como parte de la sociedad chilena, pero nunca reconociendo al mapuche como sujeto de derecho, de voz y autonomía para su identidad. Pareciera que nuestra cosmovisión es simplemente exótica y conveniente para un grupo en particular que está al poder, solo cuando nos pueden instrumentalizar en sus campañas políticas, en sus instituciones, ocupando la cuota indígena, pero invalidándonos de toda opinión crítica acerca de la conformación de esta idea absurda y utópica de nación.

“Opinar distinto de lo que opina la izquierda en el conflicto mapuche es importante para muchas comunidades indígenas que tienen temor a decir lo que piensan, y que se sienten absolutamente representadas por mí”. Hay un tema pendiente de mi sector con el mundo indígena.

Ante este punto, Leuquén supone que los mapuche estamos en constante alineación con la izquierda. Mas, nosotros entendemos que hay una demanda histórica, que no parte en los años 90, que incluso los gobiernos de la eterna transición no han reconocido y, sin ir más lejos, en el año 1971, durante el gobierno de Allende se proclamó la primera ley indígena, la cual equiparaba de manera insuficiente al mapuche con un campesino, pero que abrió puentes para reconocer la identidad racial mapuche como una alternativa a lo chileno. En ese sentido, tanto la izquierda como la derecha, tienen una deuda y responsabilidad históricas con respecto a nuestro pueblo, ninguno de los gobiernos ha estado a la altura de reconocer una diferencia tanto cultural como cosmológica presente dentro de lo mapuche. Cuando la diputada asegura representar a personas de grupos mapuches que piensan tal cual como ella lo hace, lo hace desde agenciamientos políticos de representación de una comunidad que no ha sido visible o que no ha querido respaldar sus dichos.

“Me han criticado, pero no me arrepiento en lo absoluto. Cuando digo esto, me hago cargo de la caricatura que existe de los pueblos originarios. Si hay un sector político que no lo quiere entender, es problema de ellos. Pero me hago cargo de una caricatura. Acá hay muchos descendientes de etnia mapuche, huilliche -en fin, de origen étnico- que han evolucionado, avanzado y progresado respecto a cómo se desarrolla la sociedad en que vivimos. Al parecer a algunos nos gustaría seguir viviendo en rucas, utilizando el mapundungún, vestuario étnico, y la verdad es que siento que las comunidades indígenas tienen que evolucionar. Somos parte de Chile. Cuando yo digo eso me hago cargo de una caricatura”.

Tal vez a algunas personas que enuncian lo mapuche desde su lugar, les falta integrar conocimientos del rakiduam[1] mapuche. Hay una idea de progreso y evolución en el discurso aplicado por la derecha, que nos quiere decir que somos incivilizados. Hay un dejo despectivo en torno a la misma caricatura que se aplica instrumentalizando a Leuquén, como ser en ascenso para la cultura mapuche, pero que no ha aplicado ninguna de las prácticas del küme moñgen[2], ni menos de su convicción para atacar el racismo que hemos sufrido en el territorio chileno, quienes nos hemos asumido desde un lugar político como mapuche.

Hay una idea sesgada, de desarraigo, que supone que las nociones de progreso, aplicadas por la izquierda en los 70, las cuales son instrumentalizadas por los gobiernos de derecha hasta hoy, de querer hacer parte a los sujetos que no se reconocen en este sistema colonial y neoliberal, situándolos en el borde, en una periferia que necesita asistencia patronal para su evolución y para llegar a aquellos lugares brillantes del progreso, progreso que basa su fin en asimilar la identidades mapuche como parte de lo chileno, como parte de esta civilización, como parte de este increíble modelo del progreso y avance para nuestra cultura. También, sigue permanentemente vigente una noción arribista, para quienes asumen que vivir una cosmovisión mapuche es símbolo de retraso, de no estar actualizados con el mundo moderno, no permitiendo la coexistencia de creencias previas a la conformación de estos estados-naciones.

La cosmogonía mapuche, según la visión política instaurada por el poder, sería sinónimo de pobreza, inferioridad y también de atraso. Aquellas nociones surgen como instrumentos para la colonización y el racismo, los que han coartado a quienes provienen de un origen mapuche y les han impedido habitar la posibilidad de encontrar un lugar en su conformación como pueblo autónomo. Sin criticar la identidad que Leuquén asume sobre lo mapuche -puesto que cada quien puede enunciar su identidad de acuerdo a lo que cree- no es posible agenciarse la representación de comunidades y poblaciones ficticias en su totalidad. El progreso no se puede medir bajo aquel sistema racista y colonial basado en la asistencia social, ya que todas aquellas ideas están profundamente replicadas por un ojo que quiere reconocer blancura donde no la hay, y que quiere establecer espacios europeizados en realidades que no son las correspondientes, en este caso, los pueblos que habitan Latinoamérica explotados por la mano Europea y blanca.

El contraste entre lo blanco y lo negro que propone la derecha, sitúa a los mapuche entre dos lugares en constante roce, entre lo tradicional y lo moderno o evolucionado, lo indígena y lo chileno, lugares que responden a ideas que quieren que asumamos bajo su sistema de no reconocimiento de autonomía sobre nuestra identidad. De acuerdo a esta última idea, el contraste entre lo blanco y lo negro, lo chileno y lo indígena, responden a una ficción propuesta por la derecha hegemónica, la cual nos sugiere que las tradiciones simbolizan el estancamiento de una cultura y que para evitar esto habría que “evolucionar”, “progresar” hacia una identidad civilizada, chilena. Por consiguiente, lo que realmente se propone es dejar atrás la identidad indígena y asumir una nueva identidad, alejada de todo reconocimiento a nuestros pueblos originarios, y que nos niega a nosotros situarnos dentro de aquella identidad para así representarnos como sujetos nuevos, higiénicos y pacificados, como indígenas purificados.

Para terminar, me quedo con palabras que he escuchado de varios sabios y antiguos:

“No todo quién se diga mapuche, es gente.”

[1] Pensamiento.

[2] Buen vivir.


Artista visual mapuche.