Pa – pa – papapá – pa – pa – papapá. Las mujeres golpeaban sin parar las paredes del recinto. Cada vez más fuerte. Gritaban hacia el patio y de una torre a la otra: “¡Compartan los videos, mándenlos a Chilevisión!”, “¡están dando calmantes a las cabras, maracas culiás!”. Eran pasadas las dos de la madrugada y las internas del penal de mujeres San Miguel llevaban horas amotinadas, bajo la vigilancia de un helicóptero que no dejaba de sobrevolar la torre 4. La rebelión se desató un par de horas antes, cuando una interna intentó suicidarse, pero las funcionarias no llegaban a socorrerla. “¡Se están lavando las manos las bacterias culiás después que se les murió la cabra!”, vociferaban las presas mientras observaban sin poder hacer nada como los funcionarios desalojaban la torre y retenían al patio de la cárcel a todas las mujeres.

Jocelyn Alcayaga tenía 27 años cuando decidió colgarse en uno de los barrotes de la ventana de su celda con los cordones rojos de sus zapatos. Llevaba casi un año privada de libertad y cuatro días antes había recibido su veredicto: culpable. Se enfrentaba a una sentencia de 12 años de cárcel por un delito de robo con intimidación. Al día siguiente, viernes 10 de agosto, tenía que asistir a la lectura del fallo. “Mamá, quiero puro matarme, yo no voy a pasar los 12 años acá”, advirtió llorando al teléfono. Jocelyn, madre de dos niñas –de 9 y 5 años– y de un niño de 2, siempre pensó que el proceso en su contra había sido injusto y que se le atribuyó un delito que nunca cometió.

El 8 de julio de 2017, pasadas las 5 de la mañana, mientras ejercía el trabajo sexual en la esquina de la caletera de Américo Vespucio Sur con Los Vilos, en la comuna de La Granja, se le acercó un auto. “Le presté el servicio al hombre, después se me puso agresivo y no me quería pagar, yo vi lo que más me convenía a mí, porque yo necesitaba el dinero […] mientras él se daba la vuelta, desde fuera, le puse los seguros al auto […] y me fui, lo dejé ahí”, contó durante el juicio, según recoge la sentencia. En cambio, la versión de Cristián Valdivia Amame fue totalmente distinta. Denunció que mientras circulaba se “abalanzó” una mujer sobre su vehículo, que luego aparecieron otros dos hombres y que uno de ellos lo apuntó con un revólver.

Ni los dos hombres ni el arma aparecieron, pero por unanimidad el tribunal le creyó a él y calificó la versión de Jocelyn de “imprecisa, escamoteadora y carente de elementos esclarecedores”. El auto que manejaba, además, era propiedad de la esposa de su jefe, la actual subsecretaria de Turismo, Mónica Zalaquett. Aquella noche, Jocelyn se topó de frente con el poder.

“Jocelyn tenía terror y miedo a ese viernes de la lectura de sentencia. Con el juicio, le quitaron todas sus ilusiones y esperanzas. Ella siempre me decía: ‘Eve, yo el 6 [de agosto] me voy pa’ la calle y el 7 tomaremos desayuno juntas, te voy a preparar los huevos’. Tenía muchas ganas de comer huevos revueltos porque dentro de la cárcel dan puros huevos duros”.

Las imágenes de Jocelyn se repiten una tras otra en el pensamiento de Evelyn Díaz. No la puede olvidar. Tampoco quiere. La conoció en San Miguel y a las pocas semanas decidieron ser pareja. “Ella me sostuvo cuando llegué. Yo nunca había estado en la cárcel y me imaginaba lo peor”, recuerda. Su historia fue intensa, pero corta, de apenas unos meses porque ella pronto obtuvo la libertad condicional: “El día que salí a la calle ella no paraba de llorar. ‘¿Por qué siempre tengo que perder lo bueno que me pasa en la vida?’, me preguntó”.

Aquella tarde de agosto ambas hablaron por teléfono. Evelyn trató de tranquilizarla: “Joce, yo estoy contigo, nuestra historia no va a cambiar”, le dijo. Después de intentar levantarle el ánimo, quedó de llamarla en la noche. Lo hizo a las 10, pero el celular estaba desconectado. Insistió con un SMS: “Jocelyn te estuve llamando pero el teléfono y estaba apagado. Cuando veas este mensaje, por favor, llámame. No importa la hora”.

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Cruce de versiones

“Hemos pasado más de 20 minutos llamando a Gendarmería con la interna que estaba ahorcada. La bajaron por la escalera con puros cabezazos, parecía saco de papas… Aquí estábamos, todas en la torre, y sin nadie de Gendarmería. A puros cabezazos bajaron a la pobre niña […] La llevaron al hospital, esa fue la información que nos dieron”. Es parte del audio que una interna mandó a través de WhatsApp hacia el exterior. Mientras relata los hechos, de fondo se escuchan gritos de “¡asesinos, asesinos!” y la bulla del motín que se estaba levantando adentro.

Las compañeras de Jocelyn denunciaban el supuesto maltrato con que los funcionarios atendieron y trasladaron a la joven hasta el Hospital Barros Luco, donde falleció minutos después. El mensaje se difundió rápidamente por redes sociales.

Tras la muerte de Jocelyn, la Fiscalía Sur abrió una investigación de oficio para esclarecer las dudosas circunstancias de los hechos. A ésta, se le sumó la querella presentada por la familia de la joven por “delito de homicidio simple” y que apunta a la intervención de las funcionarias que llegaron a socorrerla. Además, Gendarmería abrió su propio sumario interno que se encuentra aún en etapa indagatoria y bajo secreto.

Según consta en la carpeta investigativa que lleva el Ministerio Público sobre el caso de Jocelyn, tanto internas como funcionarias fueron interrogadas por la subteniente y jefa de turno nocturno de Gendarmería, Tamara Jaramillo, lo que en opinión del abogado de la familia de Jocelyn, Felipe Santander Pablot, es un “error en el procedimiento”. Según él, “el fiscal debería de haber instruido a que un órgano imparcial hubiese tomado declaraciones, pero al ser las propias gendarmes quienes tomaron declaración a las internas es altamente probable que éstas hayan sido objeto de algún tipo de amedrentamiento, hostigamiento o coacción para que prestaran su declaración”. Y añade: “De acuerdo a lo que supimos posteriormente al entrevistarnos con ellas, efectivamente, fueron objeto de coacción, presión y amenazadas por parte de funcionarios de Gendarmería para que no dieran la cuenta completa respecto a lo que pudieron ver ese día”.

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Las dos gendarmes que trabajaron en aquel de turno de noche, Cynthia Durán y Patricia Ulloa, señalaron que ambas estaban en el módulo 2, preparándose para tomar once, cuando una de ellas escuchó gritos. Dicen que “concurrieron de forma inmediata” al lugar de los hechos, el módulo 4, que en aquel momento se encontraba sin vigilancia porque ambas partieron juntas a por sus colaciones. Coinciden en que se encontraron a Jocelyn sentada en el suelo y que una de ellas le practicó la respiración cardio-pulmonar y primeros auxilios. Ulloa detalla que llegó al lugar una paramédico de servicio que afirmó que “la interna estaría con pulso” y que luego la bajaron “a pulso” del piso cuarto al tercero “mientras personal BECI [de la Brigada Especial contra Incendio] concurrió en busca de la interna con una tabla”.

Sin embargo, ninguna de las versiones de las tres compañeras de Jocelyn que fueron entrevistadas recoge que las gendarmes prestaron primeros auxilios. Además, dos de ellas hablan sobre el tiempo que se demoró la paramédico: “No llegaba nunca”, dice una; “fue la última en llegar, no realizándole ni siquiera reanimación”, añade otra.

El abogado Santander, habló apenas una semana después del suceso con tres de las internas que lo presenciaron. Según su relato, los hechos ocurrieron en el momento conocido en la cárcel como “la carreta”, en que las compañeras de módulo se juntan para compartir una última once. Ese día ese espacio estuvo marcado por una discusión entre Jocelyn y una de sus pares. Después de enfrentarla, Jocelyn se apartó del grupo. “A una de ellas le llamó la atención que [Jocelyn] se estaba demorando mucho, vio algo extraño que se movió, porque había una cortina allí donde se amarró. Entonces vio que se estaba ahorcando y las llamó a todas. Ahí la bajan […] La descolgaron viva, ahogada y con signos de que iba a vomitar, pero viva”, explica Santander. Y añade: “Balbuceaba, pero no se logró comunicar con nadie. Estaba en un estado de semi-consciencia”.

Gendarmería, por su parte, mantuvo ante este medio la misma declaración que emitió tras el suceso: “El personal que encontró a la mujer actuó según protocolos establecidos, derivándola al Hospital Barros Luco, donde posteriormente se produjo su fallecimiento, corroborado por el médico de turno”, sostiene la institución.

Sin embargo, la familia de Jocelyn está convencida que su muerte fue provocada por el trato que recibió por parte de las agentes. Lorena Inostroza, mamá de la joven, denuncia en la querella que “los funcionarios hacían caso omiso a los llamados de las internas y les gritaban obscenidades y garabatos de vuelta, ya que no creían lo que ocurría […] cuando ingresaron al módulo, pensaban que Jocelyn estaba simulando un desmayo, motivo por el cual la intentaban parar y ella no se podía sostener en pie, y caía al suelo. Esto lo repitieron en dos o tres oportunidades […] la arrastraron por las escaleras, golpeando su cabeza en repetidas ocasiones contra el suelo. Las internas vieron tanta sangre en el suelo que incluso creyeron que ella había perdido una de sus orejas, situación que motivó la ira y el descontrol y comenzaron a realizar un ‘motín’ que fue controlado por Gendarmería”.

La madre de Jocelyn recibió la ropa de su hija en una bolsa. Lo primero que hizo fue revisar escrupulosamente las prendas. Le llamó la atención que el pantalón no tenía manchas de sangre, “pero sí en el poto tenía como cera pegada, como si ella se hubiera sentado y la hubieran arrastrado”. La polera, en cambio, estaba toda ensuciada de sangre por la espalda. Todavía hoy conserva la ropa dentro de la bolsa de plástico, intacta, colgada en un clavo del cobertizo que da a la salida de su patio. Así atesora lo poco que le quedó de su hija.

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Examinar el cuerpo

Fue en medio del velorio de Jocelyn que uno de los familiares mostró a Lorena Inostroza los videos que circulaban por redes sociales sobre el supuesto maltrato de los funcionarios de la cárcel hacia su hija. Una versión que luego confirmó hablando con varias internas del penal. Las imágenes la removieron tanto que aquella noche decidió abrir el ataúd. Esperaría que se fueran los asistentes del velorio y en la madrugada lo haría. “Mi hija no se va a ir sin que yo la abrace y le dé un beso”, le dijo a la familia. Hasta ese momento, no había podido tocarla porque se la entregaron ya dentro de la caja y con el cristal.

“Sin tener conocimientos médicos específicos, pude percatarme que tenía muchas hematomas en su cabeza, brazos y piernas, además de un corte profundo en su oreja. Las hematomas y heridas de su cabeza se ocultaban tras un extraño peinado que se improvisó. Ninguna de estas lesiones se me informó y no son compatibles con el diagnóstico de su fallecimiento ni con la autopsia practicada”, sostiene la madre en la querella.

“Cuando la revisé quedé impactada con ella. Lo grabé todo en video”, cuenta. La desesperación de verla en ese estado fue tal para Lorena que llamó a la PDI. Lo único que quería era que la examinaran de nuevo, pero finalmente se tranquilizó y la envolvió: “¡Fue un abrazo tan frío!..” La sepultó con un gran dolor, pero sobre todo con miles de dudas sobre a las verdaderas causas de su muerte.

Felipe Santander aclara que la familia atribuye la muerte de Jocelyn a “la serie de contusiones y golpes que recibió”. Según él, “era un cuerpo casi inerte, en un estado semiconsciente, golpeándose en varias oportunidades, por lo menos diez veces hasta llegar al primer descanso de las escaleras, y otras diez veces más posteriormente [hasta el tercer piso]”.

La autopsia confirmó el diagnóstico de “asfixia por ahorcamiento”, el mismo que había entregado antes el Servicio Médico Legal (SML) y que reiteró la PDI en un informe investigativo realizado aquella misma noche. Destacó, también, que “no se registraron huellas de violencia atribuibles a terceros” y que “se registraron algunas equimosis [hematomas] en el párpado superior izquierdo, cuero cabelludo y extremidad superior izquierda, sugerentes de haberse producido en el periodo convulsivo asociado a la asfixia”.

“Concordante con la acción de terceros”

A pesar de las conclusiones arrojadas por la autopsia, las sospechas de la familia Alcayaga Inostroza siguen bien vivas. También las de su pareja, Evelyn. Juntos buscan, a través de la querella, solicitar la exhumación del cuerpo de Jocelyn para volver a examinar su cadáver.

De hecho, una de las posibilidades es que la autopsia deje margen para la duda. El Desconcierto solicitó la opinión del máster en medicina forense Luis Ravanal sobre el examen que se le hizo a la joven 12 horas después de morir. Su dictamen fue claro: “Tiene traumatismos contusos a nivel occipital, en extremidades y severo en columna lumbar concordante con la acción de terceros. Es un error lo que se señala en la autopsia respecto a que las lesiones contusas serían a consecuencia de un ‘período convulsivo’, lo que no tiene sustento, ya que no consta que hubiese convulsionado, desconociendo además las características del sitio del suceso, sin duda una afirmación temeraria, que no es posible validar”, apunta Ravanal.

El experto, reconocido a nivel internacional, también objetó que “no se aplicó el Protocolo de Estambul, tratándose de una muerte en custodia”. Dicho protocolo contiene los estándares internacionales básicos en derechos humanos para la valoración médica y psicológica de una persona que se presuma o haya sido víctima de tortura o maltrato.

Con los resultados del examen tanatológico en mano, la Fiscalía Centro Sur presentó su solicitud de no iniciar investigación por la muerte de Jocelyn sin más antecedentes que los citados testimonios de gendarmes e internas. Sin embargo, el juez de garantía rechazó su petición: “No pudiendo establecerse de manera absoluta por los antecedentes aportados que los hechos materia de la denuncia no sean constitutivos de delito, atendida la condición de privada de libertad de la víctima, que coloca a sus custodios en una posición de garante, y según indica uno de los testigos mencionados ésta no fue asistida de manera inmediata en el lugar donde fue encontrada con maniobras de reanimación, ingresando con signos vitales débiles al centro de asistencia más de media hora después de ocurridos los hechos, lo que puede indicar al menos un accionar negligente”, dijo el magistrado.

Si avanza la investigación, una de las pistas clave del caso serán los registros de las cámaras de seguridad ubicadas en los pasillos y escaleras cercanos al módulo 4. Un material que ya ha sido requerido al fiscal titular del caso Miguel Palacios Henríquez por el abogado Felipe Santander.

Según datos de Gendarmería, en lo que llevamos de año, 5 personas se ha suicidado en las cárceles de Chile. En 2017 llegaron a ser 11 las víctimas de suicidio. La institución cuenta con un protocolo de “Orientaciones operativas generales para prevenir suicidios de privados de libertad en el sistema cerrado”. El documento recomienda “establecer coordinaciones con la defensoría local que lleva la causa” para recabar información sobre la “probable condena que se le asignará a una persona privada de libertad” y su impacto. Además, en junio, en vista al “aumento considerable” de intentos de suicidios de internos e internas, Gendarmería difundió una providencia para “articular medidas preventivas a nivel local”. Sin embargo, en el caso de Jocelyn, en ningún informe consta que alguien al interior del penal hubiera detectado sus intenciones. Sin contarla a ella, cuyo caso está por esclarecer, 12 personas han muerto por suicidio en San Miguel desde 2011 hasta hoy. 

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“Teníamos planes e ilusiones”

Una llamada a las 12:30 de la noche encendió las alarmas de Evelyn. No había recibido respuesta alguna al SMS que había mandado horas antes, por lo que pensó en seguida que podían llegar malas noticias. Al otro lado, su ex compañera y amiga le comunicó la tragedia.

– ¿Está viva? Dime si está viva…
– Sí, está viva y se la llevaron. Vamos a amotinarnos porque las pacas hicieron cosas que no tenían que hacer.

Cortó el teléfono y se sentó en la cama, completamente en shock, pero sin llorar. “Señor, que sea lo que tu quieras, pero no me la quites”, suplicó. En un momento de lucidez, decidió que tenía que avisar a la familia e informar de que se la llevaron al hospital. No olvidará nunca el grito de dolor de la mamá de Jocelyn al otro lado del teléfono: “¡Noooooo!” Entonces ya no podía hacer nada más que esperar las noticias de Santiago. Desde su casa en El Quisco no podía llegar en plena noche a la capital sin automoción y sin nadie con quien dejar a sus pequeñas. A las tres de la mañana se lo confirmaron:

– “Está muerta”.
– “Ya tía, gracias”.

El resto de la noche, finalmente, lloró.

Jocelyn y Evelyn habían compartido cuatro meses en la cárcel, suficientes para que ambas decidieran armar una vida juntas. Vivirían en la playa, en la casona frente al mar que se arrendó Evelyn apenas le dieron la condicional.

– “Le mostraba el mar por el celular. Le decía: ‘Mira, acá vamos a vivir, las niñas te están esperando’. Teníamos planes e ilusiones”.

Evelyn está convencida de que su polola “quería cambiar y ser diferente”. Empezar de cero, pasar página y dejar todo lo demás atrás. La de Jocelyn, no fue una vida fácil. Además de tres hijos, tenía cinco hermanos. Ella era la mayor y según su mamá, siempre fue la hija rebelde. Fue madre muy joven y crió sola a sus hijos hasta que su adición a la droga la separó de ellos.

Todavía en pleno duelo, Evelyn no deja de hacerse preguntas: “¿Por qué así?, ¿Por qué tan pronto?, ¿Por qué no me dejó una nota?, ¿Por qué no me dio una señal de que algo podía pasar?” Sus palabras destilan impotencia, y a veces rabia. La rabia de quien sólo puede salir adelante a golpes de resignación. Ahora, sólo busca una única y certera respuesta a toda esta incertudumbre: la muerte de Jocelyn, ¿fue un suicidio o un homicidio? No sabe cuándo, pero está convencida que resolverá su interrogante: “Pienso llegar hasta el final”.

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Lee la querella del caso de Jocelyn Alcayaga aquí:

Querella Jocelyn Alcayaga by el desconciertocl on Scribd