El triunfo de Jair Messias Bolsonaro en el balotaje realizado el pasado domingo 28 de octubre en Brasil, era tal vez la crónica de un triunfo anunciado o de una derrota anunciada para el Partido de los Trajadores (PT). Un triunfo que venía construyéndose hace más de dos años, instalándose en el sentido común un lenguaje, que apelaba a la subjetividad del miedo, a la seguridad pública, un discurso anticorrupción y antinmigración. Algo muy similar al lenguaje usado en la campaña del ultraderechista José Antonio Kast y que luego toma la campaña de segunda vuelta del candidato de la derecha el empresario Sebastián Piñera.

Por eso no fue extraño, el entusiasta apoyo brindado por Kast a Bolsonaro y replicado no solo por Jacqueline van Rysselberghe, sino por varios otros representantes de la derecha chilena.  Estos sectores o más bien algunos/as de estos/as representantes de la derecha criolla, no han realizado ninguna mención y mucho menos reproche al lenguaje racista, homofóbico, clasista y, sobre todo, antidemocrático que ha usado Bolsonaro en su campaña, y que sienta las bases de lo que será su gobierno.

Si bien, en las recientes apariciones públicas, luego del triunfo en el balotaje, los medios de comunicación han destacado, un lenguaje más moderado de Bolsonaro, esto no implica que hay un cambio en visión de mundo. No porque, estratégicamente, esté señalando que se apegará fielmente a la constitución, lo convertirá automáticamente en un presidente menos racista, menos misógino, menos clasista o menos homofóbico. Difícil creer que, de un día a otro, se haya convertido en la antítesis de aquellos discursos que caracterizaron su campaña, y en general su trayectoria política desde que fue elegido Diputado Federal de Brasil el año 1991. Pero bueno, ya se sabe quién es Jair Bolsonaro, y los resultados del balotaje le dieron una victoria de más de un 55% de los votos. En términos gramscianos, el sentido común que instaló la ultraderecha en las clases subalternas, logró su objetivo, lo cual sin duda representa una fuerte derrota, no solo para el PT, sino para la democracia de Latinoamérica y del Caribe.

La tozudez o la miopía del PT, de intentar imponer a Luiz Inácio Lula da Silva, como el único representante del progresismo, llevó a que Fernando Haddad, no tuviera el tiempo suficiente para posicionarse como una alternativa política real, ante la figura y la tesis política-ideológica de Bolsonaro. No bastaba la caricatura del bueno y del malo, o del demócrata y el fascista, porque en el sentido común ya se habían instalado desde hacía dos o tres años, otros temas, otras subjetividades. Su propuesta de mayor seguridad, su lucha contra la corrupción y un discurso fuertemente moralista – apoyado y reforzado sin duda por los sectores evangélicos y católicos más conservadores-, fueron algunas de las banderas enarboladas por la ultraderecha, que no fueron posibles de ser confrontada con una propuesta que, desde otro locus, generara esa seguridad que les ofrecía el candidato ultraderechista.

¿Y cuál es la alternativa de la izquierda latinoamericana? ¿cuál es el proyecto político que le pueda disputar la hegemonía a la derecha más conservadora y neofascista que se ha ido posicionando en el sentido común latinoamericano y europeo? Las respuestas a estas interrogantes no son fáciles de abordar, ni mucho menos tienen una posibilidad clara de ser abordadas en estas líneas. Pues, en términos de orgánica, no solo hay una dispersión importante en la izquierda latinoamericana, que, por cierto, limita considerablemente la posibilidad de transformarse en una alternativa de disputar el poder, sino que, de fondo, esas diversas izquierdas, han tenido la incapacidad de conformar un bloque histórico con proyección de ser gobierno. Asimismo, mucho menos, se ha logrado condensar un proyecto claro y coherente, que sea capaz de recoger los aprendizajes de la rica tradición política-ideológica y cultural de la izquierda del siglo XX.

Hoy la izquierda latinoamericana pareciera estar huérfana de liderazgos. Los actuales gobiernos y discursos progresistas, han sido anulados por los proyectos neoliberales pragmáticos, apoyado por las industrias culturales que mayoritariamente han estado bajo su control. Pero, además – claramente en la última década con los debates llamados valóricos – ha entrado al campo político, un importante sector de las iglesias evangélicas (caso paradigmático es Brasil, con la llamada “bancada evangélica”, y el poder económico de la Iglesia Universal), que han sido una importante base electoral para la ultraderecha.

El socialismo del siglo XXI, sigue siendo aún un proyecto inacabado. Incluso, podríamos decir que sigue siendo solo un discurso sin proyecto. Luego de la muerte del presidente Hugo Chávez Frías, con todas las críticas que legítimamente se puede hacer, tanto a su personalismo caudillista, como el proyecto propiamente tal, fue hasta poco antes de su deceso el 2013 uno de los referentes, que generaba un interesante debate político-intelectual. Lo mismo, más allá de las diferencias, los gobiernos de Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, hoy parecen estar agotados, sin proyectos. Hoy estos, ya no gozan de la misma vitalidad ni novedad como alternativos al capitalismo neoliberal.

En el campo intelectual, la izquierda latinoamericana objetivamente tiene muchos y muchas referentes, que hoy recorren las universidades, y se relacionan con movimientos sociales y políticos desde diferentes ópticas del pensamiento crítico. Nos preguntamos de qué sirve que intelectuales progresistas gocen de reconocimiento y tengan una vinculación, si ello no se plasma en un insumo que alimente y le de consistencia a un proyecto político. Es decir, como intelectuales orgánicos, que le den consistencia a un proyecto con posibilidades de disputarle el poder a la derecha, y, sobre todo, a la ultraderecha. Por ello, desde el campo del trabajo social, permanentemente estamos reivindicando un discurso claramente crítico al neoliberalismo. En el caso de Argentina, por ejemplo, esto lo vemos de manera clara y explícita en los discursos de los/as intelectuales de esta disciplina. En Chile, al trabajo social aún le falta superar ese complejo de la neutralidad y de una práctica apolítica, impuesto por las corrientes conservadoras. Pero esto es un tema para otra discusión.

Retomando la discusión, sin duda estamos en un peligroso contexto, en que se ha logrado generar simpatía por un fascismo que parecía no tener muchas posibilidades políticas, luego de lo que fue la trágica experiencia del nazismo o las dictaduras latinoamericana. Luego del triunfo de Bolsonaro, ya no resulta extraño ver en las encuestas de opinión, preocupantes resultados en los cuales, se evidencia un discurso que relativiza las dictaduras, o le otorga poco valor a la democracia. El escenario para las democracias latinoamericanas se ve bastante sombrío. No solo por un fuerte giro hacia políticas económicas neoliberales, sino también por posibles restricciones o limitaciones de las libertades individuales y colectivas que se han ido ganando en las luchas históricas, principalmente, en los últimos dos siglos. Algunos de estos derechos que se verán limitados o negados, sin duda se sustentarán en un discurso moralista, apoyado por los sectores religiosos más conservadores. Es decir, un retroceso conservador en los temas llamados “valóricos”, y un avance radical a un mayor liberalismo económico. Y así se podrían ir numerando una serie de cambios que van a irse materializando en estos próximos años. Pero no tiene sentido hacer un listado de lo que resulta más o menos posible de esperar de estos nuevos gobiernos, en donde el triunfo de Bolsonaro es el caso más paradigmático por lo explícito de sus ideas neofascistas (con todo lo que ello implica en la práctica), si esto no viene acompañado de un proyecto político alternativo. Pero esto no se ve en el horizonte más próximo. Y esto es muy preocupante.

¿Y en el caso de Chile como se ve el horizonte? Poco claro, aún muy difuso. Lamentablemente sin proyecto que logre instalarse en el sentido común, que responda a un ideario de sociedad en donde el bienestar colectivo, contribuya a la felicidad individual, y no una sociedad que se fundamenta en el individualismo insensiblemente deshumanizado. Se requiere no solo de aunar un discurso sobre una base ideológica más o menos clara, sino que ello se materialice en una práctica política que re-encante a quienes ven hoy en esos “emprendimientos individuales”, como la clave de su éxito individual. La dispersión del Frente Amplio, más allá de los esfuerzos mostrado por algunos de sus líderes, especialmente, los intentos del alcalde de Valparaíso Jorge Sharp, esto aún no logra cuajar como proyecto político consistente, con un relato claro y coherente respecto del tipo de sociedad que se busca construir, y el cómo se llega o avanza en esa dirección. Los acercamientos con el Partido Comunista parecieran tener sentido y coherencia, lo cual, sin duda, no puede estar sobre la base del simple cálculo electoral. Nos parece que esto sería una alianza natural – y confiamos que así sea -, pero antes, deben superarse los prejuicios, las desconfianzas, los personalismos (sobre todo en el Frente Amplio), que permita nuevamente abrir las grandes alamedas, por donde pase la mujer libre, el hombre libre, la diversidad libre y el mapuche libre.


Trabajador Social, Académico e Investigador