En 1996 Roberto Bolaño publicó Estrella Distante, una novela que relata la historia de un poeta de la fuerza aérea en plena dictadura de Pinochet. La novela causó revuelo porque el poeta aviador, llamado Carlos Wieder, lograba seducir con una imprudente mezcla entre la autoridad de la fuerza y la intimidad de la poesía a gran parte de las poetizas chilenas de la época, las cuales de manera aparentemente casual desaparecían una a una. Luego descubriríamos que era Wieder el que las seducía para descuartizarlas. Y no sólo eso: descuartizarlas para rearmar figuras con sus miembros y fotografiarlas, todo con el fin de montar la primera exposición del arte del futuro.

A Bolaño lo calificaron de conservador y fascista (algo no muy nuevo), dado que legitimaba mediante su literatura el asesinato de mujeres durante la dictadura, le daba espacio en su ficción a los cómplices del terror, y sobre todo —esta era la crítica erudita— porque era una novela que argumentaba en favor de la autonomía del arte. El problema de la autonomía de la esfera artística puede ser resumido bajo la oración “el arte por el arte”, acompañado del espíritu que dice que el arte no puede estar separado de la esfera ética de nuestras prácticas: no podemos matar ni representar muertes en la esfera estética, porque eso lleva a que los espectadores o lectores crean que lo que en la ficción aparece es correcto para la vida real. Los defensores de la ética y el bien, padres responsables de los lectores no emancipados, le achacaban a Bolaño el que presentara en su mundo literario —integrado por intelectuales nazistas y misóginos feminicidas— personajes que no hacían más que ser la viva expresión de los más ocultos deseos del autor. Que, en el fondo, Bolaño quería ser esos nazis feminicidas, pero que no se atrevía y utilizaba la literatura para liberar sus más ocultas perversiones. A esto, Bolaño solía responder con humor que no, que no era así. Que si fuera por él dejaría el trabajo de escribir y se iría a Andalucía a tomar cerveza a los bares hasta que cayera el sol, demostrando el casi nulo interés en satisfacer esos supuestos deseos ocultos.

Una acusación similar ha rondado al cineasta danés Lars von Trier, acusación que se ha visto renovada tras el estreno de La casa que Jack construyó (2018). Quien alguna vez fuera la promesa favorita de los festivales de cine arte (aparentemente lejanos al modelo de producción fordista de Hollywood), llegó a convertirse en un demonio tras sostener que Hitler, quizá, no estuvo tan equivocado. Ese dicho “pro-nazi” le valió ser catalogado como persona non grata en el festival de Cannes, tras años de ser un consentido del festival, incluso siendo ganador en el año 2000 de la Palma de Oro con su Dancer in the Dark. Este último filme, además despertó las alarmas en contra del director, cuando su protagonista Björk manifestara casi 20 años después que se sintió abusada por el director cuando rodaron juntos. Todo esto fue convirtiendo a von Trier en una especie de monstruo que nadie quiere defender, un demonio cuya obra no es más que la expresión pública de sus perversiones más profundas.

Desde su aclamada Dancer in the Dark (2000), la crítica ha desechado la obra de von Trier por su trato respecto de las figuras y actrices femeninas, como también por las tesis intelectualistas y polémicas que inserta en los diálogos que sus personajes sostienen. Así, en Dogville (2003) y Manderlay (2005), habría una desconfianza absoluta en las prácticas comunitarias, e incluso un fascismo desatado cuando muestra que los esclavos deciden seguir siendo esclavos, rechazando la libertad; en Anticristo (2009), filme que aún padece la censura en países como Francia, sostendría un tratamiento misoginista de la figura femenina, además de un relato caprichoso de la depresión, algo que también haría en Melancolía (2011); finalmente, Nymphomaniac (2013) es un filme donde la pornografía no sería más que una excusa para seguir trabajando sobre lo único que le interesa: hacer públicas sus perversiones íntimas, consistentes principalmente en maltratar mujeres ante la cámara.

La casa que Jack construyó es un filme donde se anticipaba una especie de respuesta a todas estas críticas. En un tono narrativo clásico de von Trier, separado por capítulos como ya es su costumbre, nos relata la historia de Jack, un ingeniero con alma de arquitecto empeñado en construir su propia casa al costado de un río. Junto con eso, Jack es un asesino en serie y narra los múltiples asesinatos que ha llevado a cabo, sin tener mayor motivación que su Trastorno Obsesivo Compulsivo. El relato va de la boca de Jack a los oídos de Verge, una especie de psicoanalista trascedente que lo juzga como si fueran de camino al infierno. Luego, nos daríamos cuenta que de hecho es así, y el viejo “Verge” no era más que la representación de Virgilio, haciendo una pornográfica alusión al viaje de Dante (algo que se ve intensificado de manera ridícula en la recreación del cuadro La barca de Dante, pintada por Eugène Delacroix hacia 1822). Con todo, Jack cuenta detalladamente la manera en que le rompió la cara a una mujer con una gata hidráulica (interpretada por Uma Thurman, la heroína de Tarantino); la meticulosa asfixia que le provoca a una viuda solitaria; los terribles disparos que le acierta en las piernas y cabeza a un par de niños, obligando luego a su madre a darles de comer a sus cadáveres; y así, hasta que es interrumpido por su juez y guía: ¿Es que acaso matas solamente a mujeres, o estás declarando que las mujeres son las únicas tontas que pueden caer en tus trampas mortales? Jack responde que también ha matado hombres, y muchos. Casi 60 en total, entre hombres y mujeres. Porque a Jack no le interesaba el asesinato como venganza o como pulsión perversa, sino como obra de arte. A Jack solo le interesaba el arte por el arte, el arte separado de toda esfera moral. Tal como a von Trier.

¿Qué es esta macabra casa que Lars ha construido?

Finalmente, la casa que Lars construyó es una casa de comedia, no una de terror ni de sadismo: una comedia tan cómica que produjo la salida de los espectadores de la sala en Cannes, no por la muerte de los niños o el descuartizamiento de las mujeres, sino porque en una escena un joven Jack le corta la pata a un patito con una tijera. Una comedia tan cómica que le permite a von Trier insertar escenas de sus propias películas anteriores, a fin de ponerse como ejemplo de aquello que puede el cine: crear mundos distintos del nuestro de manera tan cínica como comprometida. Una comedia que le permite decir que no hay un demonio perverso debajo de cada una de las imágenes que produce, sino simplemente que él no es más que esas imágenes. Una casa de comedia en la que pueden entrar los que entiendan su humor, pero de la que saldrán corriendo espantados aquellas almas bellas que no soportan las imágenes que corrompen el mundo. Por eso es que la respuesta correcta no es salir indignada de la sala de cine, sino riéndose, no a carcajadas, pero sí riéndose.


La mirada de los comunes