Cada día me sorprendo más de la cantidad de mujeres que hoy, con todo el ambiente feminista que reclama (y con razón) cambios estructurales a nivel social, político, económico y hasta en la forma en que nos relacionamos las personas, todavía haya muchas de nosotras que desconocen casi por completo uno de los órganos más importantes, placenteros, funcionales y sostenedores del bienestar físico y mental que tenemos las mujeres. Me refiero al clítoris, ese perfecto desconocido, ese pequeño gran amigo siempre fiel y dispuesto a dar lo mejor de sí. Si bien soy consciente de que no ha sido un órgano estudiado en profundidad hasta hace no más de 30 años, reconozco que me esperaba mayor empoderamiento femenino desde la sexualidad, mayor autoconocimiento y compromiso con el disfrute femenino, tanto de forma compartida como, sobre todo, de forma autónoma. Sí, estoy hablando de masturbación, más concretamente de masturbación femenina, un tabú en la sociedad por los siglos de los siglos que ha operado como una forma más de oprimir a la mujer en su libertad (así, en general, no me remito sólo a lo obvio de lo sexual).

Creo que una de las razones por las que a las mujeres nos cuesta tanto conectarnos con la sexualidad, hablarla y gozarla es porque en esta sociedad patriarcal en la que hemos crecido, y en la que vivimos oprimidas, la sexualidad femenina siempre se ha entendido desde una equivocada perspectiva masculina. Todo lo relacionado con la sexualidad de la mujer se ha pensado desde su funcionalidad respecto al pene y a la reproducción, teniendo como resultado conceptos, expectativas y experiencias equivocadas, insatisfactorias y dolorosas.

Opresiones patriarcales en el placer de las mujeres

Para los hombres, no es un secreto ni una vergüenza la masturbación. Desde la pubertad, los varones ostentan libremente su derecho al placer, informando a quienes les rodean de que practican la masturbación sin culpa ni miedo, contando incluso con una gran variedad de productos, expuestos hasta en el más recóndito de los quioscos, para hacerles la práctica más entretenida y satisfactoria (no quiero meterme en este artículo en cómo aparecen los cuerpos de las mujeres como objetos sexuales para uso de los hombres). Para las mujeres, sin embargo, no sólo se trata de un tabú o, peor aún, un pecado, si no que en ocasiones resulta un completo misterio, una práctica borrada del vocabulario, algo inconcebible e incompatible con el ser mujer.

Desde niñas, no se nos habla de masturbación ni de sexo y, lo que es peor, no se nos habla de placer en ninguno de sus sentidos. Todo lo relacionado con el placer se cubre de un tinte culposo, sucio o perverso, entre otras muchas acepciones, generando una ambivalencia con el placer que, a final de cuentas, desemboca en la idea de que lo que debería resultar placentero no lo es, puesto que viene acompañado de pensamientos, creencias y emociones desagradables que impiden entregarse con libertad al disfrute.

Al llegar a la edad adulta, la carga afectiva negativa y las creencias que vamos asimilando como propias a lo largo de nuestro desarrollo, confluyen con las creencias y prácticas, también erróneas y androcentradas, que también han sufrido nuestras parejas sexuales, sea cual sea su orientación e identidad sexual. Esta confluencia de factores muchas veces resulta en relaciones sexuales poco placenteras, experimentadas como un trámite o una obligación y, en algunos casos, una fuente de malestar y sensación de poca valía como persona.

La relación que las mujeres establecemos con nuestro cuerpo a lo largo de la vida, viene mediada por los discrusos heteropatriarcales que dictan cómo debe ser la sexualidad y que han dejado fuera de su foco la preocupación por el disfrute femenino. Y lo más preocupante es que no ha sido sin querer: la sociedad se ha preocupado muy celosamente de culpabilizar el placer de las mujeres, tachándolo de pecaminoso, patológico o inmoral, dejando como resultado una alienación del cuerpo de las mujeres, quienes sienten extraño ese cuerpo que habitan y con el que experimentan una barrera con el goce y el placer en forma de asco, desconocimiento, culpa e incluso miedo. Es así como las opresiones patriarcales se hacen más presentes, encarnadas en nuestros cuerpos, normalizadas ante nuestros propios ojos y escapándose a nuestras reivindicaciones políticas y procesos deconstructivos.

El cuerpo como lienzo político, el placer como herramienta de lucha

La revolución hoy día está en la calle, en las relaciones interpersonales, en las reflexiones académicas, en la articulación social y en los espacios domésticos, entre otros muchos. Somos una nueva gran ola que lucha por transformar la estructura social opresiva en la que vivimos y en la que, históricamente, las mujeres y las diversidades sexuales hemos sido las más afectadas. Por eso es importante no olvidarnos de cómo el machismo también se encarna en los cuerpos, ya sea con la imposición de cánones de belleza irreales y tiránicos, con la imposibilidad de ejercer nuestro derecho a decidir sobre nuestros vientres, con la barrera contra el placer y con muchos otros ejemplos que las mujeres vivimos de forma tan frecunte, que hasta nos cuesta problematizarlo.

En el marco de las protestas del mayo feminista, pudimos admirar cómo las jóvenes universitarias llenaron las calles haciendo uso de sus cuerpos de forma autónoma, reivindicándolos como lienzos políticos, desafiando la mirada patriarcal que los sitúa como objetos sexuales, separados de las personas que los habitan, consideradas ciudadanas de segunda categoría. El mensaje reclamaba la reapropiación del cuerpo femenino y la reconquista del mismo, tanto tiempo subyugado al mandato patriarcal que lo posiciona como objeto sexual de acceso público, sobre el que el pensamiento androcentrado propio de la modernidad es el que toma las decisiones sobre lo adecuado, lo castigable y lo empleable de dicho cuerpo.

Otra forma más de reivindicar la reapropiación de los cuerpos femeninos y, por lo tanto, otra herramienta de lucha feminista, es el placer. El placer sin culpas, sin tapujos, sin censuras. Una entrega total al placer, acompañada de la conciencia de cómo al permitirnos experimentar el placer y el disfrute, estamos ejerciendo la liberación en nuestro cuerpo y dejando de encarnar los mandatos del machismo en él. Esto sitúa la masturbación en el centro, como una herramienta de placer y lucha, a la vez que de autoconocimiento y bienestar. La masturbación se convierte en una forma más de desafiar al patriarcado, puesto que no sólo nos entregamos al placer femenino por tanto tiempo reprimido, custodiado y castigado, sino que deja fuera la mirada androcéntrica que situaba al hombre y el pene como única (si es que hubiere) fuente de placer para las mujeres.

Es aquí donde toma especial relevancia conocer el cuerpo femenino y el órgano más placentero que tiene: el clítoris. Un órgano de gran tamaño, muy desconocido para bastantes personas y cuya estimulación puede ser de diversas maneras, muchas de las cuales no requieren de un pene o un objeto con forma de falo. Y más importante que conocerlo es auto-conocerlo, por medio de la exploración con una misma, el permitirse gozar y aprender a dejar de lado los discursos patriarcales que nos limitan.

Esta revolución es necesaria y, como todas las revoluciones femeninas, no tiene vuelta atrás y nada puede detenderla. Como siempre, luchamos por la igualdad y la justicia, por acabar de una vez por todas con la opresión patriarcal y construir un mundo donde seamos libres y felices. La lucha está en todo ámbito, ya sea en la calle, el trabajo, la escuela, la casa o el cuerpo que habitamos. Esta revolución la hacemos todas y para todas, y es por eso que no debemos olvidarnos a nosotras mismas.


Feminista. Psicóloga. Dedicada a trabajar con personas que han vivido violencia de género.