Hace más de un año que no trabajo en el Tottus, pero sigo íntimamente ligado a él. No exagero si digo que ese supermercado que se ve desde la carretera 5 Sur junto a la M del McDonald’s es uno de los dos núcleos urbanos de Buin. Allí se ubica el paradero más concurrido de la comuna, por el cual pasa toda la locomoción de las localidades aledañas, incluyendo Paine, Champa y Hospital. Decía que sigo involucrado estrechamente al Tottus y esto es porque todavía tengo amigos ahí, casi una familia: los panaderos.

Vez que paso por el Tottus, no lo hago para abastecerme de mercadería, sino para saludar a mis antiguos compañeros de pega. El cariño y la confianza se mantienen, hasta el punto que adentrarme de nuevo en ese espacio blanquecino repleto de máquinas y carros con pan significa pasear como si estuviera en mi casa. La comunicación con ellos, no obstante, se da por otra vía: wasap. No soy asiduo del supermercado, lo evito lo más posible, pero sé qué pasa adentro por los chats y memes ininterrumpidos que llegan a mi celular. Ya no me meto en las conversaciones, porque mis excompañeros de pega hablan generalmente de la pega, solo comento los memes y fotos que se toman dando jugo en sus ratos libres: se roban peluches y los transforman en panaderos y les toman fotos en todas las máquinas y líneas de producción, se burlan del pan feo exhibiéndolo en un “muro de la vergüenza” y las sobras de masas las usan para cocer panes con formas variadas: pescados, colizas con apodos, espadas, escudos. Si uno los viera desde afuera, a veces pareciera que la panadería es un kínder excesivamente higiénico y escandaloso. Y tal vez lo sea.

A través del wasap me enteré que el sindicato estaba llamando a una huelga. Leí los mensajes, escuché los audios y entre toda la sarta de bromas y confusión, pude entrever lo que se venía. Las negociaciones con la empresa no llegaron a buen puerto, de los 65 puntos de la negociación, solo en 5 llegaron a acuerdo, lo que indujo a que los dirigentes llamaran a huelga legal. Suena raro el adjetivo, pero hay que recalcarlo: legal. Se tuvieron que ceñir a los protocolos que estipula la ley laboral y la Inspección del Trabajo, se lo comunicaron a los gerentes y el supermercado no puede abrir durante las movilizaciones. El sistema para mantener el movimiento activo es simple y sofisticado: los trabajadores sindicalizados deben asistir como lo harían normalmente a su trabajo, la tarea es hacer acto de presencia en el frontis del supermercado y unirse al carnaval de protesta hasta que termine el turno. Entre medio pasan lista cada cierto tiempo. Entre medio reparten la colación donada por quienes apoyan la movilización. Entre medio piden cooperación a los transeúntes, con tarros vacíos de leche Nido. Y protestan con escándalo.

Así al ojo, puedo decir que en el Tottus trabajan de forma interna más de 200 personas, pero menos de 300. Todos los demás son trabajadores externos, desde guardias a reponedores. De esos más de 200, pero menos de 300, el 70% u 80% debe estar sindicalizado. Incluso puede que más del 80%. La razón es sencilla: sale más barato estar dentro que fuera. La cuota sindical corre para todos los trabajadores y si no se está dentro de la organización, la cuota sube. No obstante, en la votación para llamar a huelga, ganó la movilización. Y los que no estaban de acuerdo también estaban ahí, protestando con escándalo. Quien no asiste a las jornadas de huelga a apoyar, recibe multa. Quien se retira antes, también. El sindicato tiene una caja chica para cubrir los gastos de la movilización y los casos especiales que necesiten apoyo: todos saben que la huelga involucra descuentos, perdida de bonos, bajas significativas en los sueldos. Y de esa fragilidad se toma la empresa para apostar por el desgaste y la baja en la movilización, como ya ha ocurrido una vez anterior. La poca convicción dentro de los trabajadores siempre los ha beneficiado.

El domingo 11 de noviembre fui a acompañar a mis excompañeros de pega. Mandaron fotos al grupo y me entusiasmaron tanto con la algarabía de fondo que tomé mi bicicleta y fui a verlos, para saber cómo estaban, qué es lo que se venía. Me encontré con el Fineza, el Joaquín y el Chocolate en el frontis del supermercado. Tenían ocupada toda la vereda y la ciclovía con pancartas, lienzos y baile con música ranchera de fondo. Cuando llegué estaba sonando un cover de Juan Gabriel en voz y percusión de Los Charros de Lumaco, la letra decía: “No tengo dinero/ ni nada que dar/ lo único que tengo es amor para dar/ si así tú me quieres, te puedo querer/ pero si no quieres, ni modo qué hacer”. La ironía estaba de fondo, yo escuchaba en la voz de Los Charros al supermercado, a los gerentes, diciéndoles en un ritmo familiar que no cederían, invocando ese supuesto amor y preocupación por los trabajadores y la estabilidad laboral que implicaba los costos de recursos humanos. Me imaginé lo impersonal de esa comunicación establecida por el holding Falabella, el protocolo de la indiferencia y el ninguneo rompe huelgas, la siembra del miedo entre las familias que se estaban arriesgando por mejores condiciones laborales. Una huelga que en estas fechas podría tener en esas familias resultados desastrosos. Todo por el reconocimiento y la dignidad.


Nicolás Meneses

Escritor