Si uno no tuvo la oportunidad de nacer en cuna de oro. Si no existía el viaje de los 10 años a Disney ni tus padres discutían acerca de libros, cine o música. Si ellos más bien trabajaban y, después de eso, volvían a trabajar, como si de eso se tratara la vida. Es muy probable que no hayas tenido una biblioteca donde salir a estirar las piernas de la imaginación. O si tuviste una, eran libros que venían de regalo con el diario. Por eso no es raro que los verdaderos libros de la dictadura hayan sido los cancioneros, las canciones que tarareamos despeinados y rotos por dentro. Si a uno le preguntan cuáles fueron esos libros que te formaron o marcaron a fuego, uno piensa por ejemplo en Piano Bar de Charly, en Giros de Fito, piensa en Schwenke & Nilo, y obviamente en Silvio. No pensar en Silvio sería como negar el sol con la mano. Sería no recordar los tiempos del tirano, no recordar aquel día en que llegó a casa una mujer que volvía del exilio para luchar contra la dictadura, y que por esas cosas de la vida, sin razón alguna, recibió la dirección de nuestra casa. Parece que aún la veo entrar con el pelo largo, ondulado y azabache. Su falda ajustada y un morral verde colgando del hombro, demasiado pesado para ser un morral, porque llevaba un arma que era lo más parecido a su corazón echo cenizas por el exilio. Entró a nuestra casa pequeño burguesa de Independencia, no sabiendo muy bien quiénes éramos, se puso hablar con mi mamá en el living, mientras de mi habitación salía a todo volumen una canción de Silvio, que a ella, en esa casa desconocida, la hacía sentirse segura de que estaba en el lugar indicado. En un hogar en que suene Silvio, nada malo le ocurriría.

En esos años, de Silvio uno se enteraba prácticamente por las carátulas de sus discos. En Al Final de Este Viaje se le veía sentado de perfil con las piernas dobladas, de jeans, con una barba de candado y un cigarro en la mano, mirando hacia abajo, como si tuviéramos en toda Latinoamérica un gran problema, y él estaba ahí, pensando en ese problema, fumando meditativo, pero cantando, cantando para ahuyentar a los perros rabiosos de las policías secretas, que día a día hacían desaparecer personas. Decía que debía partirse en dos, pariendo un corazón, porque al final de este viaje, ojalá pudiéramos salir del infierno.

Entonces cuando a uno le preguntan qué libros, qué novela u obra literaria te marcó de chico, uno piensa en Silvio, y no dice que es Silvio, hace el esfuerzo burgués de pensar en obras clásicas que leyó y revisa el anaquel de la memoria. Uno en realidad debería contestar Silvio es mi Tolstoi, mi “Montaña mágica”, ahí conocí a la mujer con sombrero y también busqué el unicornio azul. No lo leí, lo canté sólo en mi habitación de adolescente, repetí sus casetes como un mantra, en defensa propia, hasta que las cintas prácticamente se rompían vencidas, y se escuchaban arrugas de sonidos, que iban desapareciendo también como todos y todas.

Después pasaron muchos años, Silvio fue saliendo de mis disquería sentimental, fui olvidando sus letras, pero permanecía en mi memoria como un candil en una noche demasiado oscura. Cuando ya había pasado la dictadura y la fiebre por Silvio, casualmente conocí a una amiga de una amiga, que pronto estiró sus brazos hacia mí, y que de entrada me confesó que había sido la mujer de Silvio en Chile. No sé cómo ni por qué, terminé escuchando los susurros de esa muchacha al oído, que me hablaba de un Silvio distinto, del Silvio amante, del hombre de carne y hueso. Cuando hacían el amor Silvio me decía esto. Cuando Silvio quería estar conmigo hacía esto otro. Escucha esta canción, Silvio la escribió pensando en mí, etc. Absurdo hubiera sido competir con Silvio, y la relación con la muchacha fue fugaz, Silvio diría que nació de una tormenta en el sol de una noche el penúltimo mes.

La figura de Silvio iba sufriendo pequeños cambios en mi mente, poco a poco iba dejando esa guitarra que sostenía como un fusil, y encontraba un tipo con más aristas, con más lecturas y contradicciones. Eso también ocurrió cuando leí la crónica de Pedro Lemebel, que relata que en Buenos Aires en un hotel, él y un amigo le preguntaron acerca de su posición acerca de la homosexualidad. Silvio se enredó entero, no le gustó la pregunta, y terminó hablando de la revolución y de los contrarrevolucionarios. Como que Silvio ya no era el cantor de todos, sino que el cantor de algunos. Muy parecido a lo que sucedió cuando fue el poeta norteamericano Allen Ginsberg a Cuba, y aprovechó el viaje para juntarse con el mundo gay y contracultural, y terminaron poniéndolo de patitas en el aeropuerto de La Habana.

Ahora después de tantos años, en que la dictadura es la otra cara de nuestra economía, que hemos sabido incorporar a cuotas, sin o con precio contado. Ahora con los años, las canciones de Silvio, o la de Los Prisioneros cada vez tienen más sentido. Jorge Gonzalez adquiere la estatura de Víctor Jara y Violeta es redescubierta y escuchada por todos. Somos cada día más individualistas. Todo parece que fuera una vitrina, un lugar de exhibición, un producto deseable que hay que consumir. Bombardeado por la hiperinformación, vuelvo a escuchar a Silvio, ya no soy ese niño del barrio Independencia, creo que algo se ha roto dentro de mí, vuelvo a cantar, aunque no sea Silvio lo que me importe, sino sus letras, mi biblioteca sentimental de la infancia. Mi montaña mágica, que me niego a dinamitar.


Poeta y guionista