Me es difícil escribir, llevo días con la misma sensación de asco, mezclada con pena, rabia y un profundo dolor en el alma. Son años de trabajo, de esfuerzo y dedicación para lograr ayudar en la formación de cientos de jóvenes que depositaron su confianza en una institución de la que he sido parte por 8 años. Y no solo ellos lo hicieron, esperanzados en que podrían desarrollar sus habilidades y capacidades para poder desenvolverse profesionalmente en un mundo cada vez más competitivo y destructivamente devorador. Son cientos de personas, que conjuntamente han dedicado su vida para poder entregarles a esos jóvenes su experiencia, su conocimiento y sus valores. Han sido años de apoyo, no solo en su formación profesional, sino también en sus vidas. Verlos llegar con más dudas que certezas a primer año, y verlos salir en su último año, llenos de expectativas frente al mundo, repletos de sueños y esperanzas, y quizás con más dudas que certezas sobre su destino, pero mirando hacia un horizonte que los espera con los brazos abiertos.

Son cientos de personas, las que con amor y esfuerzo, dedican día a día sus energías para entregar a nuestro país jóvenes que sean capaces de aportar al desarrollo de una nación que intenta salir a tientas de una barbarie cada día más extendida sobre nuestros sueños. Cientos de personas que cada mañana se levantan con fuerza y entereza para para aportar con su granito de arena en la formación de miles de jóvenes. Docentes que han dedicado una vida a la enseñanza, investigación y formación por la convicción de saber que el futuro del país se la juega en el presente de sus niños y jóvenes. Funcionarios que dedican gran parte de su vida a mantener con vida el funcionamiento de las innumerables acciones invisibles pero no por eso menos importantes que permiten que toda la comunidad universitaria pueda mantenerse en pie.

Todos los sueños de estas miles de personas, fueron y estan siendo destruidos y pisoteados por la peor cara del alma humana: la codicia, la avaricia y la mentira. Codicia de un puñado de seres, que como mercenarios, se dedicaron a destruir y saquear las esperanzas de miles de jóvenes y sus familias y de cientos de funcionarios y docentes a quienes han tratado como carne de cañón en su cacería, alimentándose como animales de carroña del amor, dedicación, cariño y esfuerzo que cada uno de ellos ha puesto día a día en su trabajo. Avaricia de esos mismos seres, vaciados de toda alma humana que al menos les permitiera mirar a la cara a cada uno de nosotros y ver el dolor y el daño que han infligido con cada una de sus traicioneras y arteras puñaladas al corazón de quienes decían ser sus aliados y colaboradores. Mentira, en cada una de sus ponzoñosas palabras con las que engañaron, cual víbora pusilánime y rastrera, a quienes depositaron la confianza de su futuro y de su desarrollo profesional. El único valor que realmente importaba y que debían resguardar, la integridad, lo cambiaron por el precio de nuestras vidas.

Mi abuelo, quizás el hombre más sabio, íntegro y bondadoso que he conocido en mí vida me enseñó que los únicas posesiones que un hombre tiene para la vida es el amor por su familia y el valor de su palabra. Y de estas dos, la palabra de un hombre es lo único que tendrá cuando llegue el momento en el que deba ser juzgado.

Y tú Pablo, fallaste en ambas, porque destruiste la familia que habíamos logrado construir entre todos los integrantes de nuestra comunidad. No solo fuiste el hijo que nadie desea tener sentado a la mesa, sino que fuiste el hijo que sediento de avaricia y codicia y repleto de mentiras, fue capaz de abandonar a su familia, dejándola morir en agonía y lo que es aún peor, faltando a su palabra de hombre. Y no hay peor hombre que aquél que habiendo empeñado su palabra, se comporta como un cobarde.

Podrás arrancarte, irte a Australia o la isla más lejana en la que quieras esconderte de nosotros, y creer que te has zafado del castigo que te corresponde, pero por el contrario ese será tu mayor castigo, ya que cada mañana cuando te levantes y creas que todo ha pasado, te verás en el espejo y la imagen que recibirás será la peor imagen que puedas ver: te verás a tí. Verás la cara de un cuerpo vacío, carente de todo vestigio de humanidad. Verás el rostro de un monstruo, cobarde y atormentado, que prefirió vender la poca humanidad que poseía a cambio de unos cuantos pesos. Verás al paria en el que te has convertido, odiado por todos los que en tí confiaron, pero mejor aún, te odiaras por tener que ver tu rostro. Y cuando intentes recuperar con el último suspiro de tu cobarde existencia el último jirón de humanidad en busca de tu salvación, verás que no existe dinero en el mundo con el que puedas volver a ser un hombre, ya que tu humanidad desapareció de la existencia cuando decidiste convertirte en un vil mercenario y destruir los sueños de la familia de la Universidad del Pacífico.