Alerta máxima. Así se podría definir que se mantiene la zona de Tijuana y San Diego, en la costa del Pacifico, por la llegada de la vanguardia de la caravana de centroamericanos/as que ha atravesado México, con el objetivo de llegar a Estados Unidos.

Donald Trump, del otro lado del río Bravo, ha ahondado el discurso de odio, con el importante revés que sufrió con la congelación, por parte de un juez federal, de su decreto presidencial que prohibía dar asilo a los inmigrantes que entren ilegalmente a Estados Unidos. Hace unas semanas amenazó -en la campaña de las elecciones de medio periodo- con la militarización de la frontera si es necesario para detener esta movilización, planteando que manejan todas las opciones para no permitir la entrada irregular, incluyendo el chantaje a los demócratas con el cierre del gobierno para aprobar los fondos de la construcción del muro y la clausura temporal de los pasos.

La crueldad con que el mandatario estadounidense ha tratado de resolver la crisis migratoria ha demostrado su poco entendimiento del fenómeno. Tampoco ayuda su alianza con líderes autoritarios de la zona, como Jimmy Morales o Juan Orlando Hernández, ni menos la historia, donde el legado de las guerras civiles de los setenta y ochenta, y las dictaduras posteriores, abrieron paso a lógicas alejadas de la democracia y el Estado de derecho.

En este punto, la marcha se enfrentará a dos caminos: uno es el legal y el otro el irregular. El primero implica que los migrantes pidan asilo cuando lleguen a la frontera de Estados Unidos. El tramite para esos casos no les permite entrar inmediatamente al país, sino que se les da un ticket. Deberán esperar que otros miles de salvadoreños, guatemaltecos, hondureños y mexicanos le den una respuesta a ese ticket como refugiados, justificados generalmente por el miedo razonable a que puedan ser perseguidos en sus países. Una vez superado este filtro de admisibilidad, entrarán a EE.UU. (algo en duda por las nuevas medidas que buscan implementar las autoridades estadounidenses, que consistirían en hacer esperar en tierra mexicana), pero permanecerán confinados durante un tiempo indefinido en los cuestionados campos, hasta que un juez de circuito decida si se concede o no el asilo. Solo después de semanas, con suerte, se logra la libertad. Si no se les otorga el permiso, son deportados inmediatamente.

La segunda vía es la que más se conoce en el imaginario popular: pagar a un coyote y cruzar en la noche en alguna parte de los más de 3 mil kilómetros de frontera, tratando de esquivar a la policía y las patrullas civiles dedicadas a la caza de migrantes, así como a la posibilidad de grupos criminales que los desaparezcan o esclavicen.

Ahora ¿qué es lo que motiva a más de 10 mil personas a dejar todo, escapar de sus países y lanzarse en una incierta caminata? Ciertamente, cada migrante arrastra por las carreteras una narración estremecedora, de frustraciones y sentimientos enfrentados entre hombres, mujeres y niños: hambre y muerte forman parte de este éxodo histórico.

Pensemos que el índice de homicidios en Guatemala es de 26 por cada 100.000 personas, en Honduras 42 y en El Salvador de 60, de acuerdo a los datos de Insight Crime en 2017. Chile, en comparación, tiene una tasa de 3 por cada 100 mil habitantes. Si bien las cifras han ido mejorando con los años, estas reflejan sociedades enfermas de violencia. Esto redunda en la existencia de redes complejas de crimen organizado, entre unidades militares, narcotráfico, pandillas, partidos políticos y policías corruptas. Este engranaje de violencia, sobornos, amenazas y la influencia en los grupos de poder, hace que la vida en estos países sea peligrosa en su cotidianeidad.

A su vez, hay niveles de pobreza alarmantes en el llamado Triángulo Norte: en Guatemala el 60% vive en esas condiciones, mismos números comparte Honduras, mientras que un 34% lo hace en El Salvador, algo que se ratifica con los datos de la importancia de las remesas extranjeras en las economías de estos países. A esto se suma la inestabilidad climática en el corredor seco centroamericano, ecorregión donde se han registrado en años recientes sequias y situaciones de hambruna estacional según la FAO, y el deseo de buscar mejores opciones económicas, dado que lo anterior ha generado menores rendimientos en los cultivos, bajos precios de productos agro en el mercado y el alto costo de los insumos por los daños en obras públicas.

Esta marcha está sacando de la oscuridad una realidad de décadas: la salida masiva de centroamericanos hacia Estados Unidos por vivir en países donde el futuro no existe, donde el intervencionismo norteamericano es continuo y los gobiernos no pueden dar respuesta a los conflictos sociales. En alguna forma, se trata de un ejercicio masivo de desobediencia civil de los nadies, desafiando las leyes migratorias de México y EE.UU. sin tener una sola oportunidad asegurada.

A pesar de lo anterior, ser la tierra de la redención no es novedad para la historia estadounidense. La huida del sur y centro de Europa de irlandeses, italianos, griegos, judíos, húngaros, polacos durante el siglo XIX y XX, entre otros, no es muy distinta de la de centroamericanos en el siglo XXI. ¿EE.UU. perdió algo al recibirlos? Aun si la respuesta fuera afirmativa, y se sostuviera que la detención de la entrada de refugiados es necesaria, Estados Unidos al menos debería mostrar una política exterior coherente con hacer vivibles los países de origen. ¿Por qué apoyaron a Jimmy Morales cuando se habló de su participación en posibles casos de corrupción por parte de la CICIG?, ¿Por qué reconocieron y celebraron la elección de Juan Orlando Hernandez en unas votaciones altamente cuestionables?

En conclusión, esperemos que la caravana migrante permita ver que las políticas de contención y rechazo en las fronteras están agotadas o, en el mejor caso, rebasadas (como lo demuestra el caso del Mediterráneo). Aplicar políticas por inercia, miedo, racismo o testarudez no solucionara la pobreza, la inseguridad y la falta de esperanzas. Las causas de la migración son un problema regional, que abarcan la pobreza y el narcotráfico, pero también la democracia y los buenos gobiernos. Si la caravana logra que se cambien alguno de esos paradigmas, habrá compensado el sacrificio, aunque por ahora no logren conseguir el asilo.


Vicepresidente de la Internacional Socialista Joven, estudiante Derecho U. de Chile.