Están a mil, a una semana que comience el evento que han esperado todo el año. Entre torres de papeles, instrumentos cables, libros y más libros, y una aspiradora esperando hacer su trabajo, el equipo organizador de La Furia del Libro responde correos, afina documentos, bromea y se pone serio para responder esta entrevista. El editor de Cuneta y director de la feria, Galo Ghigliotto, es y no es su creador. “Se la robé a alguien, pero es una larga historia”, bromea.

Era el año 2008 y Ghigliotto armaba una distribuidora de libros que traían de Argentina. “Teníamos muchas dificultades para meter los libros en librerías, y un amigo, Gustavo Barrera, en talla dijo: deberían hacer una feria y que se llamara La Furia. Yo dije, hagámoslo”. Comenzaron en junio del año siguiente, 2009, en una espacio en Lastarria con el 10% de editoriales y de asistencia diaria que han logrado en estos casi 10 años. “Llegaron entre 200 a 300 personas, para nosotros fue un éxito rotundo. Con que llegaran 50 personas estaba bacán”, recuerda en la oficina de su editorial que, por lo que se deduce, en estos días también hace de cuartel general de La Furia. En diciembre hicieron otra y al año siguiente lograron entrar al GAM, que entonces recién se inauguraba y necesitaban contar con eventos literarios. “Les caímos como anillo al dedo, e iniciamos un romance cultural y literario”.

Sin mística no se hace una feria con pocos pesos, y un equipo de voluntarios que deben hacer un poco de todo, hasta descargar camiones. Una escuela que los preparó para llegar adonde están ahora. “Hubo un cambio fundamental que nos permite apreciar cómo trabajamos hoy en día —dice Simón Ergas, editor de La Pollera Ediciones y productor general de La Furia—. La primera vez que trabajé, en 2014, no postulamos a fondos de cultura, no teníamos recursos fuera de la inscripción de las editoriales. En esa época los peonetas éramos nosotros”.

Los desafíos han cambiado, uno de ellos es hacer maniobras para que quepan todas las editoriales participantes, por lo mismo se han ido acondicionando nuevos espacios. Otro, conservar el carácter que los ha hecho reconocidos: que los stands sean atendidos por los propios editores, a los que se les exige como requisito de participación el ser independientes. Y son estrictos en eso. No aceptan transnacionales ni editoriales universitarias porque dependen de instituciones. Tampoco aceptan a think tanks.

“Les pedimos a los editores que vendan sus libros. El público de La Furia es lector, le interesa conversar con los que hacen los libros”, explica Simón. Ellos mismos deben ingeniárselas para estar entre sus respectivos stands y resolver cualquier problema que pueda surgir, sobre todo el director. “Este año me va ayudar mi hija y espero que tomé todos los turnos. Me van a buscar para todo, si quedó una cagada o si llegó alguien que quiere conocer a los organizadores, y tengo que estar disponible. Mi lugar de descanso es el mesón de Cuneta”, dice Galo, medio en broma, medio en serio. Aunque tal como les pasa a todos los editores, su stand vende más cuando él está ahí.

Este año uno de los grandes cambios es que el Consejo del Libro y la Lectura decidió hacer los Diálogos Latinoamericanos, que antes se hacían en Filsa, en La Furia, lo que implica la traída de varios escritores internacionales. Según los organizadores, como ellos no tienen tantos eventos ni invitados, la presencia de estos autores lucirá más. Otra novedad es que ahora tienen un sueldo “que tampoco es tan grande” para las personas que trabajan en forma relajada desde marzo, intensa desde junio y casi sin poder ni respirar a contar de diciembre. “Ahora viene la parte más cabrona de producir todo lo que está pasando”, dice Ghigliotto.

Los autores que vienen