El 25 de noviembre, conmemoramos una vez más el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La fecha recuerda el día en que fueron asesinadas las hermanas Mirabal por la dictadura de República Dominicana, en el año 1960. Al respecto, hace unos pocos años atrás, un 25 de noviembre, confeccioné un poema objeto al cual, en diálogo con la obra “Los durmientes del valle” del poeta Juan Luis Martínez, titulé Las durmientes del valle”. Encerrados en sendos cuadrados, puse las fotos de los dictadores de República Dominicana y de Chile (Trujillo y Pinochet), y debajo de cada uno de esos cuadros, en círculos, por un lado, las caras de las hermanas Mirabal; y por otro, las de las múltiples mujeres embarazadas torturadas en la dictadura militar chilena, una veintena de círculos ultrajados. En la siguiente hoja, pegué los recortes del El Mercurio de ese día 25 de noviembre de 2015, con saludos “In memoria” a Pinochet, en el que se le agradecía cariñosamente “todo lo que hizo por la patria” ¿Escalofriante, no?

Mientras escribo esto, me entero que el poemario 11 del poeta Carlos Soto Román, acaba de ganar del Premio Municipal de Santiago. Y justamente estaba por citar acá algunos versos de ese libro que tratan de la violencia sufrida por las mujeres en dictadura:

“Me hicieron simulacros de fusilamiento y violación…

Me arrancaron las uñas de los dedos chicos de los pies…

Me hacían escuchar un casete con la grabación de quejidos de niños

y me decían que eran mis hijos…”

Otro excelente poema sobre esta temática es Abortos de Pinochet de las poetas coquimbanas Nina Qucha y Anais Lua, la más joven de las participantes del ciclo Poesía en Toma. El largo texto trata de las embarazas que fueron torturadas en dictadura, y de cómo, en la actualidad, los denominados “pro-vida”, paradójicamente no se pronuncian sobre esos brutales “abortos de Pinochet”. Les recomiendo su escucha en Youtube.

Hasta acá la dictadura de Pinochet, de heridas aún abiertas, pero al menos, pasada. No obstante, las violaciones a los derechos humanos nunca han cesado, desde entonces —además de que no se ha hecho justicia como debiera— continúan ocurriendo torturas y muertes en manos estatales, o bajo sus negligentes narices, a dirigentes sociales y/o activistas ambientalistas que causen “molestia” a grandes empresas contaminantes, en extrañas circunstancias que no se investigan mayormente. La dictadura del capital y el patriarcado jamás ha cesado, solo se encuentra desde los noventas un poco más encubierta, por reglas cuyas bases fueron sentadas justamente en la época dictatorial.

El horror continúa, la dictadura continúa”, escribe recientemente el poeta Raúl Zurita, interpelando al presidente Sebastián Piñera, al ministro Alfredo Moreno y a los efectivos policiales del “Comando Jungla”. Emociona ese poema proyectado en las últimas protestas. Es cierto que la dictadura nunca se ha acabado; por ende, no hay que olvidar interpelar también a los gobiernos de la interminable transición, desde Patricio Aylwin en adelante, en los que han caído otros muchos mártires de las luchas sociales.

De muestra algunos otros versos-casos: por Edmundo Alex Lemunao, joven mapuche de 17 años, asesinado por un carabinero en el Fundo de la Forestal Mininco, en noviembre de 2002, durante el mandato de Ricardo Lagos, escribe el joven poeta Absalón Opazo, en la plaquette colectiva Usurpaestado (Editorial Conunhueno,Valparaíso): “Ahora el idioma de los siglos/ hablará por él” (poema “Lemunao”). “Muerta se fue de sus tierras cordilleranas/ Quintremán flotando Butalevo abajo”, escribe la joven poeta Amanda Varín, en Concepción, en su poema “Diciembre Veinticuatro”, sobre el caso de Nicolassa Quintremán, férrea opositora al proyecto Ralco, en el Alto Bío Bío. “Ni muerta me sacarán de mis tierras”, solía vociferar. Se dijo que cayó al río por un accidente en diciembre de 2013 (durante el primer mandato de Piñera). A Macarena le temían/ le temían los inversionistas, los accionistas, los gobernantes/ porque respiraba como los árboles”, escribió desde Valparaíso, la poeta Victoria Herreros, sobre el caso de Macarena Valdés (en su poema del mismo nombre), activista medioambiental e incasable luchadora contra el proyecto hidroeléctrico de la compañía austríaca RP Global y la empresa chilena de distribución eléctrica Saesa, encontrada muerta el 2016 (durante el gobierno de Michelle Bachelet). Se dijo que fue un suicidio. Se dicen tantas cosas, lo cierto es que desde la dictadura no dejamos de oír mentiras oficiales, de todos los colores, incluso del engañoso color arcoiris. Hemos vuelto a revivir la manoseada palabra “enfrentamiento” con el caso del joven comunero mapuche Camilo Catrillanca, asesinado cobardemente por el Comando Jungla, sin haber mediado provocación alguna.

Sé que el consuelo tal vez sea algo irrisorio ante tamaño dolor, pero al menos, tenemos la certeza absoluta de que cada mártir de las luchas sociales y ambientales, mientras exista poesía, vivirá, transformado en poema e indeleble memoria colectiva. Catrillanca no podrá morir jamás; porque parafraseando a la poeta mapuche María Teresa Panchillo: “nunca han podido dispararnos en la boca” y seguiremos tirando versos, que son las únicas balas capaces de regalar vida.


Poeta, abogada y editora