En sólo un día nos enteramos de carabineros reprimiendo, golpeando brutalmente, a unas tías de jardín infantil que se estaban manifestando en Osorno, el mismo día en que vimos cómo carabineros eran condenados por maltratar, torturando y rociando gas lacrimógeno en su cuerpo, a un joven discapacitado y homosexual. No se trata solamente de Camilo Catrillanca, del accidente -como dijo Kast- de su homicidio y su posterior ocultamiento y montaje. No se trata solamente de los episodios semanales de represión tipo bélica en espacios denominados zonas rojas de conflicto. Se trata de despropósitos, de desapegos a la Ley, de abusos y atropellos a los derechos humanos que se dan en la cotidianeidad, en la vereda de nuestros barrios. Abusos y atropellos que todos hemos sufrido de alguna manera o que por lo menos hemos escuchado, de las bocas de amigos o familia, que han ocurrido. De las voces de señoras que venden sopaipillas y bebidas y que cuentan cómo un carabinero se fue tomando la bebida que le requisó. De las voces que en los noticieros cuentan que tres funcionarios están siendo investigados por quedarse con la carne de un camión decomisado.

Es también la cotidianeidad de detenciones que no se basan en ninguna Ley, de controles de identidad con posteriores detenciones injustificadas por tu color de piel, porque les preguntas qué hacen aquí, por la forma en que te vistes o porque simplemente al cabo o capitán no le pareciste visualmente respetable en medio de una plaza o una carretera. ¿Cuántos no hemos preguntado a un carabinero por qué me lleva detenido sin recibir nada como respuesta más que un agarrón y un garabato?

Todo esto nos lleva a preguntarnos de manera seria y responsable, en pos del resguardo de una democracia ¿Se trata verdaderamente de casos aislados, como lo dice el Gobierno y Carabineros cada vez que tiene que enfrentarse diariamente a una situación irregular dentro de su institución? lo concreto es que el día de hoy estamos asistiendo a una invasión de acusaciones contra carabineros a causa de una cultura interna que los lleva a creerse más de lo que son, una cultura que los hace sentir desapegados, superiores a lo que regla la Ley para relacionarse con los civiles. Una cultura de abusos, de pasar a llevar a quienes enfrente no tienen un arma y la potestad de la aplicación de la fuerza.

Hoy estamos asistiendo a un cúmulo de denuncias ciudadanas, libres y espontáneas, a toda hora, porque existe la posibilidad de hacer videos con el celular, y porque el mismo descrédito a la policía, a partir del conocimiento de sus múltiples montajes y actos de corrupción como parte de su normalidad, lleva a la gente a perder el miedo de hacer denuncias. La gente siente que hoy puede enfrentar a Carabineros. La gente, las alumnas del Carmela Carvajal reprimidas por el sólo hecho de estar sentadas en una plaza, sienten que la autoridad de verde ya no está cubierta de un manto sagrado e inquebrantable. Su protección divina se quebró, y los abusados del día a día no sólo sienten que pueden acusar: sienten la necesidad de mostrar al país que “miren, yo también soy un caso aislado”.

Todo esto nos lleva, insisto, a preguntarnos de forma seria y responsable ¿Se trata solamente de casos aislados? La respuesta la dan los propios antecedentes de denuncias de torturas, detenciones ilegales y robos que se reproducen exponencialmente: no. No es una broma cuando en redes sociales se anuncia el 817263547 caso aislado. Es la cultura arraigada desde la dictadura, del sentirse superiores a quienes no portan una gorra. Es la formación que te lleva a detener a una periodista en una manifestación por sólo sacar fotos, como le pasó a Javiera en Temuco, golpearla y estrangularla y luego obligarla a desnudarse. Es la formación que te lleva a golpear a una mujer embarazada en Quintero para obligarla a subirse a un carro y luego llevarla a un calabozo para permanecer por horas de pie sin recibir agua ni comida. Es la formación que les indica a carabineros que pueden quitarte un celular, una cámara, pegarte combos cortos sin que nadie se dé cuenta, amenazarte y garabatearte para callado cuando te agarran mala en una marcha o un control de identidad casi como un acto de diversión, de siniestro entretenimiento en una tarde de primavera. Es la formación que los lleva a lanzar el agua del guanaco y las bombas lacrimógenas al interior de un departamento en el centro de Santiago porque pueden hacerlo, porque las armas disuasivas están ahí y es más entretenido y poderoso usarlas que dejarlas fuera de la acción. Y son tantas las veces que lo hacen, y son tan pocas las veces que se conocen semejantes barbaridades.

Pero ya no es tiempo de dejarlo pasar como hechos de la normalidad. Porque hoy todos los que lo dejaban pasar quieren decir en sus redes: “Señor carabinero, yo también soy un caso aislado”. Todos los afectados, que son miles, quieren salir de la burda diferenciación que dice que “hay carabineros buenos y carabineros malos”, diferenciación que se convierte en burda cuando sirve para blanquear la institución enalteciendo el mero cumplimiento de funciones que no son más que el deber de su trabajo; y por otro lado permite a Kast y Piñera decir que los crímenes y golpes son accidentes que este lujo de institución no se puede permitir. Hoy son miles los que quieren decir que basta de la normalidad del avasallamiento, del desapego a lo sensato y lo correcto, a lo legal.

Hacernos la pregunta sobre si lo de nuestro entorno es un caso aislado es una vía que tenemos que tomar para el cuidado y seguridad de nuestra sociedad. Cuidar el correcto trabajo de carabineros es cuidar la correcta convivencia de nuestra sociedad democrática. Si no lo hacemos, si seguimos amparando la tesis de los casos aislados, corremos el riesgo de en cualquier momento seguir recibiendo la noticia de la muerte de nuevos Camilo Catrillanca. Pero Chile está diciendo que no. El país que tanta cancha le dio a la violencia y el descontrol policial, y que tras la muerte de Camilo bajó en casi treinta puntos la aprobación al trabajo de la policía, sorpresivamente está diciendo que no. Chile está diciendo, con fuerza: señor carabinero, yo también soy un caso aislado, yo también conozco un caso aislado, y yo no quiero que aparezcan más Camilo pintados en la calle. Yo lo acuso y pido un cambio.