Actualmente, en casi todo el mundo, los jóvenes sueñan con crear una start-up que rápidamente valga un potosí. Los tiempos y las formas de socializar cambian y con ello se producen nuevos valores de intercambio en lugar de otros ya en desuso. Sería ingenuo pretender que las aspiraciones de un joven chileno sean hoy las mismas que las de aquellos que en los años treinta o cuarenta leían a Gonzalo Rojas dentro de un burdel. Ignorar que la sociedad es una reserva de pactos y garantías que rigen la vida en comunidad es equivalente a negar que las condiciones sociales en Chile han sido modificadas profundamente y de manera acelerada desde el advenimiento de la dictadura en 1973. El hombre, que en este caso es el ciudadano chileno, no solo es el autor, sino que el depositario de dichos cambios. Por esto es sorprendente que, frente a los últimos sucesos de violencia en diferentes comunidades escolares de Santiago, la ministra de educación haya dado prontamente con una solución de exclusión de los alumnos, mientras que en el discurso mediático tradicional algunas voces persisten en preguntarse cuál es el origen de esta violencia. Por un lado, tenemos la solución del gobierno como una atolondrada reacción excluyente de corto plazo; por otro lado, tenemos la interrogante del origen, como si los jóvenes de una sociedad fuesen producto de la lluvia o de la presión atmosférica que los arroja sobre el territorio.

No pretendo en estas breves líneas referirme al oportunismo partidista que en política desvía del diagnóstico con visión de estado. Tampoco creo que se pueda identificar en una columna breve de opinión la totalidad de sucesos y causas cuyo síntoma es la manifestación violenta de estos últimos meses. Por otro parte, mucho de lo que se pueda decir al respecto, ya ha sido identificado en análisis y libros como los del historiador Gabriel Salazar[1] o sugerido en el trabajo sobre identidad chilena realizado por Jorge Larraín[2]. Pero puedo asegurar que pretender que la violencia juvenil sea una fecundación in vitro, dentro de un ambiente regulado y aislado de todo tipo de pacto social, es lo que garantizará que nuestra sociedad siga enferma de lo que pretende curarse. La sociedad chilena actual es diversa y en lo que se refiere a la que habita en ciudades, se trata de comunidades altamente estratificadas que han evitado la violencia acomodándose al conflicto social que produce un modelo de exclusión y competencia.

Nuestro discurso mediático político ha intentado palear una realidad que violenta a los ciudadanos, maquillándola con conceptos como “progreso” y “clase media”, los cuales han sido vaciados de significado real. Obviamente, como dice una canción de Los Prisioneros, nadie quiere que lo llamen pobre. Menos aún una persona con título universitario. Aunque este ciudadano “de clase media y con estudios”, como suele decirse, deba pagar una deuda por su educación al banco y comprar a crédito con tasas de interés que impiden la movilidad social y acrecientan la frustración.

Se espera que la gente viva en esta fantasía del progreso, se abstraiga de su condición precaria, que se sienta menos pobre porque ha adquirido la vivienda económica: un diminuto departamento al que llega subiéndose a un ascensor con espejos, pero que cada día hace un poco más de ruido y se descompone más seguido. Este tipo de ciudadano inmerso en el mensaje mediático, se llama a sí mismo de “clase media”. Estos “clase media” llegan a casa medio sordos por el ruido de un largo trayecto dentro de un camión que llamamos “bus” y escucha o lee algo de noticias locales.

Supongamos que esta escena se vive en una gran mayoría de nuestra población y que incluso en los barrios periféricos, donde viven los “pobres”, se oye hablar y se discute de vez en cuando de lo que pasa en el país. Imaginemos que poco a poco esta ciudadanía marginada y segmentada por la planificación urbana de barrios según su valor comercial, es decir une ciudadanía sin posibilidades reales de integrarse orgánicamente al progreso urbano, comienza a escuchar hablar de “clases de ética” para delincuentes que han abusado de la confianza pública y engañado los propios principios de mercado que lograron imponer por la fuerza a todo Chile. Si estos ciudadanos “pobres de clase media” o derechamente “pobres” han escuchado o leído noticias, estarán al tanto a pesar del embrutecimiento televisivo al que se someten, del financiamiento ilegal de la política, de millonarios fraudes al estado y del grosero cinismo con que la elite acepta estos delitos sin que se sancione a los políticos y empresarios implicados.

Quizás esta población, infantilizada por el poder, no deja de sorprenderse al ver el grado de impunidad y el doble estándar con que la elite administra la justicia. Seguramente la sensación que dicha realidad no concuerda con aquella de “un Chile diferente y desarrollado” y que en realidad esta es la república del pilluelo prepotente, terminó por crear conciencia y un nuevo estándar de valores. Quizás también se cansaron de escuchar esto del “progreso” y de la “clase media”, mientras ven que incluso sus profesores son maltratados por un estado que no los valora ni invierte de manera seria en ellos, mintiéndolos en esta pobreza maquillada con tarjetas de crédito. Es factible que esta violencia, vestida de arrogancia, de impunidad, de un desarrollo urbano al servicio de las empresas inmobiliarias abandonando el bienestar social[3], haya terminado por introducir sus gases nauseabundos a las salas de clases. La ceguera de nuestros gobernantes, sedientos de poder económico y votos, parece impedirles calcular que una parte importante de la violencia que ellos han permitido y fomentado al seno de sus políticas públicas y prácticas privadas, terminaría expandiéndose hasta los lugares donde menos debería, aquellos que simbolizan los procesos críticos y socializadores y que permiten creer en el futuro de un país, como son las salas de clases.

[1] Toda la bibliografía de Gabriel Salazar sirve para distinguir causas del paso del conflicto social no resuelto a la violencia, pero recomiendo La historia desde habajo y desde adentro, ed. Taurus, Santiago, 2017.

[2] Jorge Larraín, Identidad Chilena, ed. Lom, Santaigo, (2001) 2014.

[3] Al respecto, un interesante estudio sobre el urbanismo de Santiago es el de Ernesto José López-Morales, Ivo Ricardo Gasic Klett y Daniel Alberto Meza Corvalán, « Urbanismo pro-empresarial en Chile : políticas y planificación de la producción residencial en altura en el pericentro del gran Santiago », Invi, nov. 2012, n° 76, vol. 27.


Fotógrafo, poeta, PhD en Sociedad y Literatura hispanoamericana de la Nouvelle Sorbonne y profesor en la Universidad de Caen.