Si me preguntaran quién es el personaje central de esta novela diría que es el lenguaje, junto con esa voz narrativa que mantiene sigilosamente una distancia, pero que a ratos es luminosa u ominosa, pues la familia como lugar es una bruma, una familia en crisis de lo no dicho, el deseo que se cuela por abajo como un hilo de luz que no deja ver más.

Un paisaje masculino donde Adrián y su hijo Lucas presentan cierto eje que va dando cuenta de un un espacio profesional-burgués que se vuelve opaco en sus redes no dichas. César del otro lado, su hija en el mismo colegio que Lucas, los dos hombres unidos por una epistemología del clóset, donde todo aparecerá cifrado. Hay cierta economía en Cuando los hijos duermen, la economía del deseo que se muestra como correlato a la crisis política del Perú, a los lugares que tenuemente van destellando en esta novela de crisis masculina, donde se advierte una contención, una tensión que no quiere salir. Quizás la política de comportamiento de una clase que se fuga o se permea en lo no resuelto. Cuando los hijos duermen es la metáfora perfecta, pues el silencio, la noche, lo no público, explican ese forado que hace movilizar a los personajes como Adrián o César. Lo mismo pasa con la ciudad, con Lima, con las biografías, los padres, los hijos, los amigos, ciertas epifanías que dan cuenta de una ciudad que vuelve a sus habitantes filigranas que transitan. La bruma no pasa por la idea del deseo, o de una homosexualidad en el clóset, sino más bien por la economía del habitar, la forma en que se narra, la forma en que no se dice, señas que el narrador o la gran voz prepara para su venganza con el paisaje.

Aquí lo excesivo no se ve, el neobarroco de la ciudad desaparece en Miraflores todo pulcro, limpio, el horror vacui se presenta sin barroco, aunque la ciudad tenga esa biografía amorosa y arquitectónica; los personajes transitan por una ciudad ordenada, correcta, limpia, pero donde el deseo se fuga en su mueca, en su deterioro de apariencias. José Donoso retrata de una forma notable esa ruina de la burguesía chilena con huella oligárquica en varios de sus libros, El obsceno pájaro de la nocheCasa de campo, etc. La ciudad acá tiene cierta nostalgia que convive con la modernidad eficiente. El entorno familiar siempre aparenta una crisis que se maneja, que se administra sin explosión. En ese camino, el final de la novela revela quizás la liquidez de los sentimientos, la economía de lo afectivo cruzado con una masculinidad que espejea en el gimnasio sin una salida. Hay señas, hay violencia simbólica como huella de la violencia política, pero también está la violencia de lo no dicho. Pienso en No se lo digas a nadie de Jaime Bayly, donde la clase como política de ordenamiento social marca el mundo. En este caso, la transparencia del mall, la liquidez de las relaciones, es expuesta en una densidad que se desvanece en el aire. El escritor peruano Juan Carlos Cortázar ha logrado poner en escena a través de su operación narrativa una forma de habitar, donde los personajes son expresiones también de un tiempo, de un ánimo del tiempo, y me parece que la forma de narrar tiene una belleza líquida, contemplativa. La elipsis funciona precisamente por el espacio de ausencia. Me interesa esta novela por la forma en que la tensión y los afectos están marcados por una economía espacial, una economía del lenguaje, una economía del afecto y la contradicción, con la explosión siempre al filo de una crisis, de un atisbo. La escena en la que Adrián va en el auto y pasa abiertamente observando a César en su propio espacio, devela una contención máxima, una camisa de fuerza que presenta una ruina visualizada, una ruina de lo emotivo no dibujada, no exhibida. A pesar de las transparencias de los espacios, el deseo está enclaustrado. En ese sentido, esta novela se presenta como un catálogo de la fragilidad diseñada en el confort de lo familiar. Me interesa ese lugar ominoso de lo no dicho, que finalmente expone la brutalidad de los formatos familiares en diferentes lugares sociales.

Esta novela de Juan Carlos Cortázar presenta paisajes superpuestos donde la tensión de lo micro es un punto de fuga de un correlato mayor, la crisis de legitimidad en el orden político, como si también nos quisiera espejear que uno y otro espacio representan territorios donde los personajes enfrentan sus propios devenires con la única posibilidad de no alterar ese silencio que los mantiene a flote en medio de las tormentas ocultas de sus afectos. Novela de clausuras afectivas que exhiben la crisis de una utopía que no se resuelve ni en lo cotidiano ni en lo público.

Cuando los hijos duermen,

Juan Carlos Cortázar

Los perros románticos

175 páginas

Precio de referencia: $8.000