“Expo Diversidad” se titula la expo a realizarse este 08 y 09 de diciembre en la Estación Mapocho. Así lo anuncia Alessia en su cuenta de Instagram, la trans que es ingeniera, que trabaja en Cencosud y que, una vez más, estará hablando sobre el camino que ha recorrido como trans. Sin embargo, esa situación me hace sospechar de cierto activismo que, por lo que se observa, se ha vuelto una oda a la yoidad. Al parecer, cualquiera que se ponga a contar sus historias y miserias, es considerado hoy en día un activista. Está lleno de libros autobiográficos porque resulta que ahora todos se saben interesantes y asumen que a todos nos interesa escuchar lo que sienten, dicen, cagan, etc. ¿Desde cuándo se volvió tan importante saber qué opina Alberto Plaza de la diversidad? Pero a la vez, ¿por qué es tan importante escuchar a una trans, jamás travesti, como Alessia, hablar sobre su proceso, sobre su historia, sobre su…su…su….?

Entiendo que el caso de Alessia en un principio haya sido relevante porque está ocupando un lugar no pensado para nosotras, las raras. Pero luego, creo que se pierde todo potencial político si justamente no politiza su biografía y se queda encerrada en lo anecdótico y “fantástico” de su historia. Lo que me hace sospechar de esos espacios que se dan en nombre de la diversidad, porque de hecho el discurso se centra en lo auténtico que podemos llegar a ser y se opone al griterío insoportable de fanáticos conservadores que nos acusan de propagar una “ideología de género”, diciendo que no se trata de ideología. Pero, si no se trata de ideología, entonces ¿de qué?, ¿se trata de una verdad?, ¿queremos instalar un nuevo fundamentalismo, el fundamentalismo de la diversidad? El asumir que la teoría de género es ideológica, no la invalida, ya que el tema es que el fundamentalismo religioso también lo es. No es una verdad natural como se trata de imponer, y es justamente eso lo que vienen a tensionar, por ejemplo, algunos feminismos o la teoría queer: la naturalización de los dogmas, de lo que se nos plantea como una y, por lo general, única verdad.

Pero lo que estamos presenciando, por cierto activismo, es el combate de los dogmas religiosos y patriarcales a través de la naturalización de la diversidad, que se plasma sobre todo en aquellos discursos que buscan demostrar, a toda costa, que se “nace” raro o rara. Pero ya conocemos las consecuencias nefastas de aquello que se instala como lo genuino y verdadero, muchas veces acompañado de datos científicos/biológicos que tanta importancia tienen en este tipo de sociedad, y que suelen dar paso a categorías que resultan inamovibles pero que, en la práctica, nunca consiguen capturar del todo la realidad del deseo y de la experiencia tanto subjetiva como material.

Pero ese loco afán naturalizador no actúa solo, ya que suele ir aparejado del blanqueamiento de estas identidades y corporalidades diversas. Es en este contexto en que se empiezan a invitar a algunas trans a televisión, pero suelen ser invitadas las aspirantes a la vida normal, las bien portadas, las que sobre todo reafirman el imaginario de la mujer cisgénero antes que cuestionarlo (en el caso de las trans femeninas). Por tanto, van cambiando los cuerpos y caretas de los invitados, pero portando el mismo discurso normalizador del que hemos sido testigos siempre. Sin ir más lejos, en agosto de este año fue invitada una trans al programa de TVN “No Culpes a la Noche”, Javiera Menares, que hacía una distinción llamativa entre el ser una persona transgénero y el ser una “mujer” transexual, en donde la primera categoría haría alusión al tránsito de género por el que pasa una persona, y es su decisión si quedarse pegada o avanzar a la transexualidad la cual, según ella, se genera cuando una persona está “hecha totalmente, cuando ya no tiene temas pendientes con nadie: ni psicológicos, ni psiquiátricos, ni físicos, ni con la sociedad”. En otras palabras, serían las personas resueltas, lo que me llevaría a especular que la imagen del progreso ahora es encarnada por la transexualidad, instalándose como un nuevo súper-yo; en donde las y los transgéneros pasarían a ser seres incompletos, mediocres, porque finalmente la decisión de llegar a ese súper-yo siempre termina siendo un tema de actitud, según el discurso popular que reduce todos los dilemas a un problema de seguridad personal.

De esta manera, cualquier abismo que se pueda habitar en la experiencia trans, termina siendo un problema de autoestima antes que de reconocimiento, aunque esa lógica no se reduce solo a la experiencia trans. Es por esto que digo que no por ser trans se es disidente, no por identificarse con una categoría no hegemónica se es disidente. Pedro Lemebel ya se lo cuestionaba al decir: “Por eso siempre pregunto: ¿Mujer y qué más?, ¿homosexual y qué más?, ¿joven y qué más? Ninguna condición basta por sí sola”.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, alega sobre esta pretensión de autenticidad que lleva a que todos quieren ser distintos a los demás, pero que a la búsqueda de ser distinto le sigue lo igual, quedándose entrampadas esas pretensiones en diferencias comerciales dentro del marco permitido por el sistema. Así lo podemos ver con la inclusión de cierto tipo de homosexualidad que ha logrado ser incorporada en esta sociedad en la medida en que los homosexuales demuestran llevarse muy bien con el consumismo; con demandas por ser “iguales” a la sociedad opresora de la otredad; por aspirar a los modos de relaciones heterosexuales, porque los raros se hacen más digeribles cuando se asemejan a la cultura dominante, lo que al final de cuentas termina siendo bastante funcional para el sistema imperante porque mientras más iguales sean las personas, más aumenta la producción. De esta manera, aquellas demandas travestidas de revolución, terminan yendo de la mano de lógicas neoliberales en la medida en que se levanten desde la individualidad y borren todo rasgo de diferencia porque, como dice Byung-Chul Han, lo igual no duele. Panorama contradictorio en un país que supuestamente se está abriendo a la diversidad, pero ahí está la trampa, porque es una diversidad homogenizada, lavada con harto cloro, porque la suciedad sigue incomodando y lo podemos ver con todas esas identidades que resisten, quedando abajo de este tren del progreso: travestis, putas, mapuche, discapacitados, pobres, inmigrantes, niños y niñas del Sename.

Es así como en la Expo Diversidad se aprecian puros invitados amorosos, seguramente con discursos esperanzadores y que le llevan mucha buena onda. Dentro de las mesas que habrán, no se lee ninguna sobre prostitución, no están las travestis históricas invitadas que han dado la lucha durante todos estos años. En definitiva, está la gente que usa perfume, no las hediondas a semen ajeno como diría la activista travesti Claudia Rodriguez. Y así se va higienizando la demanda y su población, en nombre de la diversidad y no la disidencia. Porque ahora es la Gay Pride, una fiesta multicolores donde hay mucha celebración y poca protesta. En consecuencia, me parece que la diversidad se está volviendo cada vez más en algo tedioso: gente que se sabe especial y que buscan ser reconocidos desde su individualidad y de lo bien portados y almas bellas que son, desconociendo la experiencia de quienes no habitan los lugares de privilegio e ignorando la pelea que se viene dando por generaciones antecesoras, porque lo trans no surgió con Una Mujer Fantástica. De esta manera, se ubica en el centro de la demanda al propio yo, sin referencias, sin historia; un yo empresario que se explota a sí mismo para cumplir con las metas de la autorrealización, ojalá sin la ayuda de nadie. Pero como dice la Agrado, un personaje de Almodóvar en la película “Todo sobre mi madre”: “Una es más auténtica, cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. Es decir, el yo no se puede construir sin mirar al otro, como tampoco puede generar el sentimiento de autoestima por sí solo. Pobre Agrado, ahora sería juzgada por pasarse la vida buscando agradar a los demás.