I

Rumbo a París por el lado este de Francia, la normalidad se rompe a 400 kilómetros de una de las ciudades más importantes del mundo. Son las 7:00 am, llueve intensamente y dos patrullas cruzadas bloquean el acceso a una autopista que acorta camino hasta la capital francesa.

El primer control policial llega en un peaje a 60 km de París. A mano izquierda policías. A mano derecha gente con chaquetas amarilla.

En estas zonas provinciales de París comenzó la sublevación. Los chaquetas amarillas levantaron pequeños campamentos al costado de algunos peajes y rotondas importantes para cortar el tránsito, informar a la gente y alterar el funcionamiento del país. Eso, sin interrupción hasta hoy, el día del acto IV.

Aquí, a cada manifestación convocada los últimos tres sábados se le llama acto, como si se tratara de una obra de teatro. Y todas tienen su propia identidad: El acto I fueron las protestas espontáneas en desaprobación al alza de los combustibles anunciado por Emmanuel Macron, presidente de Francia; en el acto II por primera vez hubo una gran movilización en París; el acto III fue la diversificación de demandas y la llegada de nuevas agrupaciones a las protestas.

Camino al acto IV, el que se espera sea la consolidación del descontento profundo, 9:00 am, policías piden bajar el vidrio del auto.

-¿Van a París?

-Sí

-¿A la manifestación?

-Sí

-¿Llevan armas, mascarillas, palos?

El trato es amable. Echan un rápido vistazo al auto y autorizan continuar.

Son las 9:10 am. En la radio anuncian que a esta hora hay 32 detenidos y 278 personas que pasaron por control de identidad. Las primeras manifestaciones estaban convocadas a las 10:00 am.

II

A la salida de un servicentro, diez policías esperan en un sitio de poca visibilidad. Están cruzados en la calle, haciendo señas para que los autos se detengan. La prepotencia de los oficiales deja en claro que la capital francesa está cerca.

-Buenos días, ¿van a París?

-Sí

-¿A la manifestación?

-Sí

-¿Llevan armas, mascarillas, palos?

Este grupo de policías son parte de la Compañía Republicana de Seguridad (CRS), entrenados especialmente para mantener el orden. En Francia, durante las marchas hay tres grupos policiales: CRS, Gendarmería- quienes fiscalizaron en el primer peaje-, y la Brigada Anticriminal, que en las manifestaciones visten de civil, con un pañuelo rojo en un brazo. Se caracterizan por ser los más agresivos.

La violencia policial ha protagonizado los tres actos anteriores. En la primera manifestación, el 17 de noviembre, hubo dos muertos y más de 600 heridos. Si bien en la segunda, el 24 de noviembre, el número de heridos bajó considerablemente (menos de 50), en la tercera, el 1 de diciembre, fueron alrededor de 150.

Las policías francesas son conocidas en Europa por el nivel de violencia al reprimir y por lo potente de sus armas. Quizás la más dañina de todas es la granada “Désencerclement”, que al explotar dispara esquirlas de caucho o metal a su alrededor, las que se incrustan en la piel de los manifestantes.

El 5 de diciembre pasado Macron había intentado apagar la chispa que encendió la ira en los chaquetas amarilla, prometiendo no subir los intereses de los combustibles. Para la cuarta jornada de protestas, entonces, el Ministerio del Interior anunció que no aceptaría nuevos disturbios: Si en los anteriores actos el número de oficiales en París no superó los cinco mil efectivos, hoy se anuncian ocho mil desplegados en las calles. En todo el país serán 89 mil.

Los oficiales que detuvieron el vehículo hacen bajar al conductor para que muestre lo que lleva en el portamaletas. Cuatro policías revisan profundamente los bolsos. “Esta mañana hemos encontrado tantos palos de béisbol que podríamos llenar una tienda de deportes”, dice uno.

Pocos kilómetros después de superado el control, la Torre Eiffel se asoma a lo lejos.

III

Una pareja comiendo al lado del ventanal de un restaurante en el centro de París, observa cómo un grupo de tres personas con chaquetas amarilla camina hacia el sur, al mismo tiempo que otro grupo de cinco se dirige hacia el norte. En la calle casi no circulan autos. Las tiendas aledañas están cerradas. Son las 12:15 en la tercera ciudad más visitada del mundo y faltan casi dos semanas para navidad.

Un par de metros hacia el sur, una mascarilla ensangrentada tirada en la vereda hace intuir que aquí hubo manifestaciones hace pocos minutos. Metros más allá, cerca de cincuenta furgones policiales desplegados por toda la calle confirman la teoría.

Una estudiante francesa de 22 años explica que es difícil saber hacia dónde caminar para encontrar las manifestaciones. “La gente se junta en un punto, llega la policía a disolver, se dispersan y se generan nuevos grupos en otros lados”, describe.

París no vive una manifestación. Vive un ambiente de manifestación. Una atmósfera. Un estado. Son sirenas policiales sonando cada cinco minutos en distintas direcciones, un helicóptero casi en constante vuelo, esquinas con barricadas humeantes, tiendas comerciales tapizadas con grandes planchas de madera, chaquetas amarillas sumergiéndose en las calles que sí respiran navidad y que disimulan normalidad.

El sitio web www.Paris.demosphere.net se encargó de recopilar las diversas convocatorias para este día, aunque advierte: “Esta página está cambiando constantemente”. Fueron por lo menos cinco agrupaciones que citaron a las 10:00 am en distintos puntos simbólicos de la ciudad, y un par más convocó en otros horarios.

No hay información centralizada, ni solo un evento en Facebook, ni una marcha con principio y fin. No hay grandes líderes, ni agrupaciones políticas que articulen el movimiento, ni consignas unificadas. Ni siquiera hay autorización para las manifestaciones.

En una esquina, alrededor de 100 policías están parados con sus escudos a unos setenta metros de un grupo de 500 manifestantes. Una barricada arde delante de los chaquetas amarillas. Turistas sonrientes y parisinos curiosos graban la escena desde las espaldas de las fuerzas especiales. Un policía ordena avanzar. El grupo corre hacia los manifestantes.

Son las 12:20 y hay 272 arrestados en París.

/ Getty Images

IV

Los manifestantes proyectaban el acto IV como la demostración de que el alza de los combustibles había dejado de ser el motor de estas movilizaciones. Según varios analistas, en Francia existe un rechazo principalmente a las “élites arrogantes” que dominan medios de comunicación, partidos políticos, las artes y la cultura oficial.

Sin embargo, los principales medios de comunicación en el mundo, incluyendo Chile, apuntan su información hacia la violencia de los manifestantes, despreocupándose de las causas profundas. Un día antes del acto IV, La Tercera puso su foco en los problemas turísticos que la manifestación generaría en París, mientras que El Mercurio se centró en las posibles armas que utilizarían los manifestantes y cómo el movimiento estaba siendo secuestrado por extremistas.

Como en tantas otras sublevaciones sociales en los últimos años, los indignados han demostrado que la información para organizarse la pueden administrar independiente de los medios y las instituciones, con las redes sociales como herramienta principal.

Pero en París, las redes no solo cumplen este rol, sino que ante la ausencia de convocantes, son el canal más efectivo para saber en tiempo real hacia dónde dirigirse para protestar. Los nuevos focos de manifestación, que se disuelven rápidamente, son anunciados por personas individuales principalmente en Twitter o Facebook, en cuentas como Cortège de Tête. Si no, simplemente la gente llama o mensajea a conocidos para consultar cuál es la situación en su sector.

Mismas redes sociales donde nació este movimiento, que en primera instancia convocó a aquellos automovilistas descontentos con el alza de los combustibles, pero que después, sobre todo en el acto III, sumó con fuerza a una amplia diversidad de agrupaciones.

Por ejemplo, un conjunto de colectivos convocó a una asamblea abierta la semana previa al acto IV, a la que asistieron grupos contra la violencia policial en las poblaciones, antirracistas, feministas, Queer, trabajadores, entre otros. Ahí redactaron una declaración conjunta pidiendo la dimisión del presidente Macron. Se posicionaban desde su reivindicación, nutriendo de diversidad al movimiento.

El geógrafo francés Chistophe Guilluy ha centrado su trabajo en analizar la Francia periférica. Sus conceptos, finalmente, no solo explican su propio país sino que lo que está pasando en las democracias occidentales:

-La sorpresa del Brexit o de la elección de Trump fue el descubrimiento de la tribu perdida. Nos damos cuenta de que estas personas están ahí y potencialmente son mayoritarias. No decidieron estar en contra de la mundialización, al contrario: siguieron el juego. Y 20 o 30 años después constatan que el modelo no les benefició. Hoy han dejado de escuchar al mundo de arriba y usarán todos los pretextos para expresar el descontento-, dijo Guilluy en una reciente entrevista con el diario El País.

Y explica el descontento francés apuntando a la poca representación democrática de las clases populares, que no se sienten reflejadas en la política ni respetados culturalmente. “Los chalecos amarillos sienten que una elite financiera no elegida en las urnas decide su futuro”, afirma.

V

“¿De quién es la calle? ¡La calle es de nosotros!”.

A pocas cuadras del Museo del Louvre, los manifestantes se concentran en una esquina. Llegan desde todas las direcciones posibles. Más que una increíble decisión espontánea, pareciera que la policía guío a la gente hasta este punto.

Los grandes monumentos históricos y turísticos que simbolizan el Estado-nación, están cerrados. Si al Louvre lo bordea una treintena de camionetas policiales, al Arco del Triunfo prácticamente no se puede llegar. La París oficial pareciera gritar: ¡La República es de nosotros!

Entre las miles de personas reunidas, se pueden recibir flyers de extrema izquierda y otro de extrema derecha en una cuadra de distancia. Se puede observar a dos mujeres adultas mayores entonando con orgullo La Marsellesa mientras que unos jóvenes a su lado las miran con una sonrisa irónica de rechazo.

No hay grandes carteles ni lienzos que sirvan como referencia de reunión. Algunas consignas se leen en las mismas espaldas de las chaquetas amarillas: Macron off. Otras en carteles pegados en bancos o trasnacionales: Paga tus impuestos.

Dos grandes explosiones a distancia provocan la excitación de los manifestantes, y el canto más escuchado en París suena con fuerza: “¡Macron dimisión, Macron dimisión!”. La policía lanza lacrimógenas y comienzan los enfrentamientos.

Son las 17:00 y en la capital de Francia hay 673 detenidos.

Una hora después, en un sector de París donde la mayoría de las tiendas están abiertas y la vida pareciera transcurrir con normalidad, un grupo de casi cien jóvenes irrumpe en la intersección de dos estrechos pasajes reventando botellas de vidrio en el suelo.

Toman un basurero y le prenden fuego. Aquí, en el corazón de la “elite arrogante” que mira temerosa desde los grandes ventanales de restaurantes y centros comerciales, el grupo estalla en un grito sin palabras, de satisfacción y conquista. Y Luego: “¿De quién es la calle? ¡La calle es de nosotros!”.

******

El día terminó con 1.700 detenidos en todo el país, el mayor número de los cuatro actos realizados hasta el momento.

En toda Francia participaron 125 mil manifestantes, según cifras del gobierno.

Se registraron 135 heridos, de ellos 17 son policías.

En Facebook, ya se crearon varios eventos convocando al acto V para el 15 de diciembre.