Los chistes del mexicano Cantinflas son reconocidos por adoptar la forma de intrincados juegos de palabras. Por ejemplo sobre el humor decía que “es cosa seria y la seriedad es cosa que hay que tomar con humor”. Tanta popularidad alcanzó su forma de hablar que de nombre propio pasó a verbo: “cantinflear” según la Real Academia Española es hablar de forma disparatada e incongruente, sin decir nada. Con algo más de sensibilidad, la lexicógrafa María Moliner lo define como la adopción de una actitud absurda o desparpajada. Esta segunda lectura es la que parece servir de influencia al estadounidense Tom Waits, quien reconoce que su estilo le debe mucho al cómico que era el preferido de su padre. Si de niño usaba un bastón y trataba de hablar ronco como los adultos, de más grande fue distinguido por usar una gorra que en diez años nunca lavó.

Fue su trabajo de portero en el club nocturno Heritage en San Diego el que lo ató por varias décadas al ambiente nocturno rodeándose de humo, música y alcohol. Cada noche era testigo de insólitas conversaciones de bar, de encendidas y mortuorias peleas, y de anécdotas que más tarde tendrían lugar en las canciones que grababa literalmente como si estuviera en un bar. Descubierto por el mánager de Frank Zappa tocando el piano prestado por un amigo en el mismo bar en el que trabajaba de portero, a Waits le dan la oportunidad de grabar su primer álbum con Asylum Récords. Era tanto el talento que desplegaba en su shows que el disco fue registrado en medio de un estudio transformado en club de striptease. El productor y el mánager le venden entradas a sus amigos quienes disfrutan primero de un número de una stripper llamada Dewana mientras toman tragos y picotean algo. De pronto irrumpe Waits, se sienta en el piano, y comienza a improvisar leyendo la sección de anuncios de un diario local mientras toca la banda. Desde aquel momento, sin importar la categoría en el que lo encasillaran, Waits compuso sus letras con una insólita soltura llegando a ser reconocido como uno de los mejores cuenta cuentos de la historia de la música.

Sus dotes de performer de estilo destartalado, y su voz carraspeada y profunda capaz de aullar furiosamente primero, y despertar el más tierno interés después, le hicieron trascender con creces la escena musical. De a poco sus composiciones llegaron a adoptar tintes cinematográficos, envolviendo cada relato en una atmósfera tal que parecía estar construido audiovisualmente. Tanto es así que en el exacto momento en el que rompe su relación amorosa y de múltiples excesos con Rickie Lee Jones, Waits pone su vida misma en pantalla al encarnar a personajes excéntricos y alcohólicos en filmes de directores tales como Sylvester Stallone, Ron Mann, y Francis Ford Coppola. Este último se interesó por la figura de Waits, especialmente por sus composiciones en las que la muerte, la decadencia, la desesperanza y el desamor ocupaban un lugar protagónico. Es así como le pide hacerse cargo de la banda sonora del musical One of the heart  (1982), participación que, actuando como si fuera un milagro, marcó su alejamiento del borde del abismo en el que se encontraba.

Habiendo colaborado estrechamente como actor o compositor de las bandas sonoras de los filmes de cineastas de la talla de Jim Jarmusch, Wim Wenders, Terry Gilliam, Robert Alman y Tim Robbins, sólo por nombrar algunos, Waits reaparece ahora en escena encarnando a uno de los personajes de los seis relatos que componen el reciente filme producido por Netflix, La balada de Buster Scruggs (2018) de los hermanos Coen. Como si fuera la síntesis de su trayectoria, Waits encarna a un viejo que parece haber pasado una vida en solitario haciendo de gambusino, esto es buscando literalmente una mina de oro mientras canta canciones dedicadas al yacimiento que imagina llamándolo Mr. Pocket. Sin embargo apartarse del aspecto y liberarse de los gestos que lo llevó a ser fuente de inspiración del guasón de Heath Ledger, Waits contribuye con su impronta a darle densidad a este nueva entrega de los Coen que, como declaran, es tanto un tributo al género de los westerns norteamericanos como a los filmes de antología italianos en el que varios directores trataban un tema en común.

En este filme el tema en común es nada menos que la muerte. Enfocándose en diversas figuras tradicionales del wéstern: el forajido más buscado, el forajido ladrón de bancos, el vendedor de entretenciones, el gambusino, el líder de caravanas, el trampero, el caza recompensas, los Coen toman el motivo trágico para invertirlo humorísticamente. De este modo, con la seriedad comprendida a lo Cantinflas, desdramatizan la muerte convirtiéndola no sólo en el destino banalmente natural de (casi) todos los protagonistas, sino que haciéndola participar en un pie de igualdad con todas las demás acciones que componen los relatos. Lo destacable es que la causa de todos los episodios fatales nunca es atribuida al azar o al designio de los dioses, sino que siempre está detrás una mano humana. Es así como el filme parece actualizar las primeras baladas de Tom Waits como si éste le hubiera repetido a los hermanos Coen durante el rodaje lo que le dijo alguna vez al guitarrista Marc Ribot: “toca como en un bar-mitzvah de enanos”, solo que con menos humo, menos alcohol, y en definitiva, sin correr el mínimo riesgo.


La mirada de los comunes