“El liberalismo, tal como yo lo entiendo, ese liberalismo que puede caracterizarse como el nuevo arte de gobierno conformado en el siglo XVIII, implica en su esencia una relación de producción/destrucción con respecto a la libertad. Es preciso por un lado producir la libertad pero ese mismo gesto implica que, por otro, se establezcan limitaciones, controles, coerciones, obligaciones apoyadas en amenazas, etcétera”. Michel Foucault, 1979.

La interpelación al ministro Chadwick por la muerte de Camilo Catrillanca se excede de su intención original. Los simbolismos de una estrategia marcadamente estética, coronada con llamados al “reconocimiento”, no sólo refuerzan nuestra versión occidental de la mapuchicidad (hacer de “lo Mapuche” una nuda vida, la ficción de una vida carente de cualificación, que justifique su representación institucional), sino que exhiben algo tal vez más dramático para “nosotros”: la bancarrota de la oposición. La iniciativa, pese al contexto, sigue pasando por el gobierno.

Ese estado general de debilidades cruzadas termina concatenándose para actuar como una fuerza funcional al orden. Frente a una derecha decididamente autoritaria, afirmando sin pudor la existencia de terrorismo en La Araucanía, apelando al caso Luchsinger-Mackay (por el cual rasgaron vestiduras, mientras que por Catrillanca se han limitado a pedir disculpas y fabricar chivos expiatorios para no asumir responsabilidades políticas) y conminándonos a “cuidar” a Carabineros dada su importancia para la vida de los chilenos (haciendo del crimen por el cual era interpelado Chadwick un asunto individual, aislado), la respuesta desplegada por la oposición se entrampa en el fango de la derecha, sosteniendo el grueso de la interpelación con argumentos morales, porque ¿de verdad estaba en juego si Chadwick o Carabineros mintieron o dijeron la verdad? Eso, en última instancia, lo debe resolver la investigación. Se trataba más bien de indisponerlo, desnudar su convicción punitiva, enredarlo en sus propias palabras, otra vez hacerlo errar desde el púlpito (no para tratarlo de mentiroso sino para desnudar su contradicción), en vez de indignarse ante su impudicia.

En ese reducto empañado de moralidad al que la derecha lleva el debate, cualquier disenso está de antemano perdido, en la medida que las visiones teológicas del poder en ascenso -un Chadwick invocando a dios, un diputado riéndose de la lengua Mapuche- no se combaten con deliberaciones como gusta a los liberales. Esas son robinsonadas porque, además, el interlocutor del discurso político no es un sujeto racional, en un contexto poshegemónico (en el sentido de Beasley-Murray) donde lo que prevalecen son las disposiciones afectivas. De ahí que un grupo de estudiantes rechacen, con rasgos atávicos, leer a Pedro Lemebel. Prueba de ello es que el capitalismo para funcionar no requiere de muy bien articulados relatos legitimadores, sino que de pura facticidad, es decir de que el discurso de la productividad total funcione eficazmente. Probablemente ese enfoque deliberativo sea una mirada que representa el modo en que las elites se conciben a sí mismas. Por lo demás, el discurso no es ajeno a la fuerza que lo posibilita: la violencia simbólica que permite a Chadwick neutralizar una interpelación novata e ingenua.

El avance de la ola reaccionaria que recorre el mundo no se ha ido transformando en una peligrosa alternativa para la sociedad porque ideológicamente haya logrado inculcar sus postulados. Lo que ha hecho es asumir hegemónicamente la tarea de defender a la sociedad trazando los contornos de un enemigo. La derecha administrará el miedo, pero la Concertación también lo hizo. El liberalismo irremediablemente lo hace desde hace siglos. Por lo demás ¿qué otra cosa puede ofrecer hoy un Estado?

Lo que azuza la derecha es el sentido de autoconservación de la vida que se arraiga culturalmente con el arribo de la modernidad. Crear un clima de caos y agitar las conductas más retardatarias de un país asolado por el miedo, favorece soluciones míticas, falsamente purificantes. La restauración de nuestra “esencia conservadora”, el oscurantismo cultural. Y eso, porque autoconservar la vida supone petrificarla-inmunizarla de algo externo que amenazaría con disolverla. La vacuna autoritaria es el antídoto que es a su vez veneno, ya sea contra un “criminal de nacimiento”, un ladrón de automóviles, un inmigrante laboral, contra el “cáncer marxista” o contra un terrorista que hace del miedo su instrumento para alcanzar fines políticos: ¿El Estado?

Por eso la pregunta a Chadwick es, al menos, poco inteligente: “¿cree usted que hay terrorismo en La Araucanía?” ¡Por supuesto que lo cree! El asunto es otro: en su respuesta, el terrorismo es definido proporcionalmente a la sensación de amenaza de los habitantes. Eso implica que la operación consiste en recoger ese miedo, hacerse cargo del mismo y volverlo una estrategia de seguridad. Y eso hacen los terroristas: obtener rendimiento a partir de las cuotas de miedo de los otros.

Ergo, la amenaza a la seguridad se incrementa por los agentes destinados a contrarrestarla. Así, con esa crudeza, había que acusar a Chadwick de liderar una estrategia basada en el terrorismo de Estado, rompiendo las gramáticas del orden. Eso se le exige, suponemos, a las fuerzas de cambio, porque las palabras de buena crianza enmudecen las resistencias y las sublevaciones.

La oposición no estudia a sus adversarios porque no hay oposición sino condescendencia barnizada con retórica moral. Tal vez, lisa y llanamente, los partidos todavía no saben para qué sirve la política. Allí podrían alojarse las causas de la bancarrota. La política tiene por finalidad modificar las relaciones de fuerza. De eso dependerá no sólo impedir el avance reaccionario sino imaginar otras posibilidades de la existencia humana.

La izquierda parece temer al conflicto y no puede hacerse cargo de hegemonizar la tarea de seguridad porque, en consenso con la derecha, el habitus es apelar al fortalecimiento del aparato policial para prevenir el delito y disminuir el miedo, cuando éste en realidad lo potencia. La ley no protege de la violencia porque la produce. Entonces ¿hay una seguridad por fuera del derecho penal? Pero además ¿Puede la izquierda hablar de delincuencia como consecuencia de la neoliberalización y no como el origen de un problema de seguridad?

Sabemos, en términos generales, que delito es cualquier hecho que rebase las categorías del derecho. La vida humana en sí misma es reconducida al delito: lo confirma el rechazo del gobierno en razón de los miserables motivos esgrimidos por Ubilla, al acuerdo global sobre migración. Esa vida, de donde paradójicamente emana el derecho, queda luego expuesta a la violencia soberana. Es la paradoja constitutiva del orden jurídico.

Un proyecto de izquierda capaz de disputar el paradigma de seguridad a la derecha autoritaria debe articularse a partir de un concepto de vida en que la norma coincida con los avatares múltiples de la existencia (no una norma trascendente que la vuelve su objeto), impulsando una política de la vida, de todas las vidas despreciadas que padecen el orden que dice protegerlas, una política que defienda la vida frente a quienes instrumentalmente administran el miedo para hacerlo el sustrato de un biopoder que toma la vida a su cargo sometiéndola a sobrevivir.


Periodista