Porque es sábado, camino por Duranguito y no tengo que intentar ignorar el ruido de las máquinas que en estos momentos trabajan en la demolición del barrio. Es invierno y no llueve. En El Paso el invierno es como el otoño imperceptible de Santiago de Chile, cielos despejados la mayor parte del tiempo, y a esta hora de la tarde la brisa te deja probar la cocina de los residentes que quedan. Olor a aliño, fritura o estofado, y a Nescafé con leche.

A esta misma hora otros lugares de El Paso huelen distinto. Pero Duranguito es un barrio chicano, uno de los primeros de El Paso. Me causa gracia pensar en un “barrio chicano de El Paso”, como si en esta ciudad los chicanos, que comprenden más del 80% de la población, solo estuviesen circunscritos a un barrio, y a un barrio humilde, pero mientras camino y me paseo por sus calles, veo los murales y grafitis que han ido apareciendo en sus paredes, veo las bancas que invitan a tomar asiento, a las palomas a acercarse, los faroles que lo rescatan de la invisibilidad en la noche, y siento que no me tengo que disculpar por mi falacia.

A solo pasos de la frontera con Juárez, hasta hace un par años se preservaba más o menos intacto. El edificio cuyas primeras habitaciones funcionaban en los 60como prostíbulo, “La Mansión”, ya estaba construido cuando Kennedy salió electo y el sueldo mínimo de la clase obrera subió, y se crearon las estampillasde comida (food stamps). Las mismas construcciones vieron aparecer la primera reja en este punto de la frontera de Estados Unidos y México; la institución de la migra en los 70’; y a los temporeros saltarse la reja y ser recogidos por camiones rumbo a la “pizca”, el nombre que se le da a la cosecha en la frontera; y presenciaron la transformación de esa reja en otra más alta, la de ahora, que llamamos “muro”.

En los dos últimos años ha sido un foco de atención mediática, desde que la ciudad informó a sus residentes que el barrio sería demolido para construir un centro deportivo y de eventos, justo detrás del estadio de béisbol. Un grupo de residentes y activistas locales se organizó para intentar revocar este decreto, aludiendo a su valor histórico.

Sentada en una de las bancas de Duranguito, prefiero mirar mis zapatos rojos que las fachadas a medio destruir. En el suelo, junto a mis zapatos, migajas de pan siguen esperando a las palomas. “Los pichones andan asustados” me explicó Toñita (Antonia Morales), residente por más de 50 años. Desde que la demolición comenzó en serio, precisamente el día después de las elecciones, las palomas no han venido a comer. Aludiendo a 14 edificios elegibles para ser registrados como lugares históricos nacionales, los residentes habían logrado aplazar la demolición. Pero en el juicio se argumentó que el valor histórico solo aplica para bienes arqueológicos que deben ser evaluados mediante una excavación, eufemismo legal que dio paso a la destrucción que está teniendo lugar ahora.

Me pregunto si a alguien se le ocurrirá poner una placa con la leyenda “Aquí, bajo este centro deportivo estaba Duranguito, uno de los primeros barrios de El Paso. Duranguito desapareció durante la presidencia de Donald Trump. Me pregunto si esa placa podrá cifrar el valor de lo perdido.

Visité y entrevisté a Toñita, intentando sopesar ese valor. Me habló de días y vidas que se organizaban por los ritmos de las meriendas, los horarios de las escuelas, las idas y venidas de los hombres desde y al trabajo. Los hombres salían temprano a trabajar y las mujeres se quedaban en casa encargadas de la comida, los niños, y todo lo otro. La calle es el lugar de juego para una clase que creció sin jardín, pero hubo una época en que el barrio no fue siempre lindo, los chicos tenían prohibido ir a los callejones de día, y menos aún de noche. Tenían prohibido recoger las jeringas abandonadas después del uso, prohibido hablar con los hombres y mujeres de la calle vestidas como si fuesen a una boda, o a medio vestir como si fuese su noche de bodas. Y me contó cómo cuando Clinton salió de presidente recibieron apoyo para limpiar el barrio, y que fueron siempre mujeres las que cuidaron de ese espacio que no es el propio, pero que habitamos con otros.

Un barrio sin jardines y sin perros, pero en el que siempre hubo suficientes gatos, y muchas palomas. Pero ahora las palomas andan asustadas. Desaparecidas. Es probable que vuelvan para alimentarse de restos de pan de hot dog (a $5 dólares cada uno) y palomitas de maíz (a $7 dólares la bolsa) cuando el centro deportivo y de eventos inaugure, pero un cosa es segura: no será de la mano de los residentes.


Doctora en Literatura Comparada. Académica, traductora y poeta. Actualmente enseña Creación Literaria en la Universidad de Texas, EEUU.