La autodenominada “centroderecha” siempre se ufana de vivir en un espacio desideologizado, neutral, como si todo lo que pronunciaran jamás tuviera contenido ideológico y que aquello sólo perteneciera a la izquierda. Incluso, mucha gente con ideas largamente ideologizadas y de derecha suelen etiquetarse como “apartidistas” o “apolíticas”, también porque entienden que lo que vocean pertenece al deber ser de la sociedad, casi como paladines del progreso creciente de la humanidad.

Sebastián Piñera, presidente de derecha, empresario, ubicado en el puesto 859 del ranking Forbes de los billonarios del mundo, señaló que “la izquierda chilena quiere prometer el paraíso pero va a entregar el infierno ya que no comprende la naturaleza humana”. Esta enunciación se da en la celebración del sexto versario de Evópoli, partido de “centroderecha” fundado por ex ministros y funcionarios de su gobierno, hoy presidido por Hernán Larraín Matte, hijo de la ex ministra de Vivienda y Urbanismo del primer gobierno y de Hernán Larraín, ministro de Justicia, ambos de la UDI.

Hace un tiempo ya había abordado la necesidad de poner atención al lugar de enunciación, así como al enunciador de los discursos y las palabras que utiliza cuando me referí al bingo del ex ministro Varela; hoy corresponde hacer un ejercicio semejante, no sobre Piñera en sí sino en abstracto.

Chile, país neoliberal por excelencia, vivió una intensa y extensa dictadura, con muertos, torturados y desaparecidos, que permitió la consolidación de una visión geopolítica e ideológica del territorio y la sociedad que condicionaron y entumecieron la conciencia del país, imprimiendo el miedo en la médula de toda una generación que durante largo tiempo vivió mirando la proyección ideológica de un régimen en televisión, en periódicos, en la escuela, en la academia, en los actos simbólicos y en toda la trama de experiencias que puedan envolver una sociedad.

Esta generación desarrolló miedo y rechazo a la protesta, al marxismo y a la izquierda ya que esto se asoció con caricaturas, en extremo hiperbolizadas, de un periodo político que pudo haber marcado a favor de la historia de un país. Proyecto que además estaba en línea con el modelo de desarrollo que por esos años empujaba la región: nacionalización de recursos, reformas agrarias y la creación de un mercado regional, entre otras, sin el amén de Estados Unidos, sino desde el sur mismo. Producto de esta relativa independencia y la resistencia hegemónica, Latinoamérica vivió dictaduras, opresión y represión de toda expresión de lo social en el Estado, por tanto, el fenómeno también tiene un acervo regional, pero con graduación producto de los proyectos políticos locales.

Lo que Chile vivió fue más intenso que en otros países: fue dispuesto como laboratorio para el ensayo de políticas liberales ortodoxas que cooptaron todo espacio de representación y expresión política de/en el Estado y en lo social, permeando capas subliminales, liminales y supraliminales de los habitantes del país, subsumiéndolos en una pasividad y receptividad de políticas y discursos neoliberales cada vez más intensos, desplazando el centro político cada vez más hacia la derecha, estableciendo lo neoliberal como norma social, apoyados además con partidos nacidos en la izquierda, pero que, producto de la condicionalidad para transitar de la dictadura a la elección presidencial, se sumaron a la administración del proyecto neoliberal con políticas sociales en la medida de lo posible.

La Concertación –otrora coalición compuesta por el Partido Socialista, del cual era Allende, la Democracia Cristiana, auspiciante del golpe, el PPD, con figuras políticas que potenciaron el modelo neoliberal, el Partido Radical, de ambiguo tránsito en las últimas décadas, y otros de menor tamaño– jamás hizo o transformó el modelo neoliberal desarrollista ni apuntó hacia un nuevo horizonte político, a lo sumo intentó repartir migajas del progreso macroeconómico del país. Sin embargo, el último gobierno de Bachelet medio intentó modificar o maquillar partes del sistema, por lo cual toda la maquinaria ideológica de la derecha comenzó a operar y demonizó su gobierno, empatando incluso el abuso de poder e influencia del hijo de la presidenta para un negocio particular con la corrupción y financiamiento ilícito estructural de partidos de derecha y de la concertación, con lo cual encontraron una forma efectiva de deslegitimar cualquier acción de la expresidenta, aún éstas no modificasen la esencia del modelo chileno.

Así, desde una de las terrazas más favorables de la plaza, Piñera tiene la desfachatez de señalar que la izquierda chilena quiere prometer el paraíso, pero va a entregar el infierno ya que no comprende la naturaleza humana. Claro, el mensaje es para desmarcarse de Bachelet, pero en verdad es para el Frente Amplio, Beatriz Sánchez, Gael Yeomans, Gabriel Boric, Diego Ibáñez, también para el PC y los demás representantes de una nueva izquierda que levanta un discurso contrahegemónico que por primera vez en la historia contemporánea tiene espacios de representación política significativos como para difundir un discurso alternativo, mediante el cual defienden derechos que debiesen estar consagrados hace cuánto tiempo atrás, pero que recién 30 años después, con el centro cada vez más a la derecha.

Caricaturizar la izquierda tal como lo hizo la dictadura resulta tentador y sencillo, sobre todo porque encuentra receptividad en un país que aún adolece los años de tiranía, impunidad y manipulación que permiten a la derecha instalarse como si fuese lo neutral, el centro, o descaradamente lo desideologizado, como si hablar de lucro, empresa privada, privatización, desarticulación del estado, asociaciones público-privadas, concesiones, ISAPRE, AFP, sociedades anónimas en el fútbol, y así otras, no fuera ideológico de por sí. O como si su instauración no guardase historia y proyecto político; como si los muertos en dictadura y posdictadura no existieran y la única crisis humanitaria la viviese Venezuela; como si el bloqueo de este país, el de Cuba y del gobierno de Allende no confluyeran en los resultados de un país; como si la hegemonía de Estados Unidos o del Banco Mundial y las otras instituciones financieras internacionales en favor del mercado no existiese, y nada tuviera que ver el acudir al financiamiento más grande de la historia del FMI que adelanta Macri en Argentina a modo de “pedir disculpas” porque Cristina Fernández pagó la deuda (y por tanto ahora busquen dejarla como la peor argentina de la historia).

Para la derecha chilena, encarnada hoy en el gobierno de Piñera, hablar de paraíso es más neoliberalismo, más privatización, más empresas, más desarticulación del Estado, más asociaciones público-privadas, entre otras que han instalado desigualdad, precarización, criminalización de la protesta social, asesinatos y desaparecidos, concentración de la riqueza, territorios que para tener recursos deben articularse al modelo neoliberal porque si no, no hay forma de progresar. En cambio, el infierno fuera la educación gratuita, distribución equitativa de la riqueza, protección del medio ambiente, seguridad y estabilidad laboral, un sistema de pensiones favorable para quienes se pensionen; como si aspirar a la autonomía del sur global fuera el infierno y el único camino sea seguir el camino al paraíso fuese seguir el del norte-global.


Ingeniero Constructor, Universidad de Valparaíso, Chile. Tesista de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Colombia. Miembro del Grupo de Investigación en Desarrollo Territorial, Paz y Posconflicto (GIDETPP) – Universidad Nacional de Colombia.