El 26 de diciembre se entregarán los resultados de la Prueba de Selección Universitaria (PSU) y con ello se desata una maratón por ingresar a la educación superior; ya sea por elección propia, porque la familia tiene esa expectativa en sus hijos, porque los amigos también lo harán, o una serie de factores externos que presionan la decisión de ser parte de este grupo de jóvenes que se mantendrá por un periodo de 5 años en el estatus “universitario”.

Con puntaje en mano y según el resultado que hayan alcanzado, tienen que evaluar las posibilidades a las que pueden acceder; ya sea una universidad tradicional con gratuidad, una privada sin gratuidad, un instituto profesional, o un centro de formación técnica.

Aún así, existen opciones de acceso y ya no es un problema tan complejo de resolver. Está todo para satisfacer la necesidad del círculo social.

Pero ¿por qué todos los jóvenes tienen que estudiar una carrera universitaria? Y quizás más importante ¿por qué juzgar a los jóvenes que no lo hacen?

Si probablemente escuchamos las razones de los jóvenes que no quieren ingresar a la educación superior, encontraremos argumentos fundados respecto a su decisión; no hay nada de su interés en la oferta académica de su ciudad; desplazarse a otra supone un gasto que no está dentro de sus posibilidades; tienen talentos prácticos que podrán desarrollar de forma independiente a través de oficios o emprendimientos; no quieren ser una carga económica para sus familias durante 5 años y prefieren trabajar para aportar al presupuesto del hogar; quieren viajar a países que los reciban con mejores oportunidades a cambio de una inversión menor, sólo por nombrar algunas.

En un análisis rápido, el arancel anual de una carrera universitaria está entre los 2 y 5 millones de pesos, dependiendo del área y la casa de estudios. La duración formal de una carrera es de entre 4 a 5 años, con variables para cada estudiante; por reprobación de asignaturas, por ejemplo, lo que repercute en el tiempo de egreso, por lo que es conveniente sumar un año más de holgura.

La pregunta es ¿cuánto tiempo demora un profesional en recuperar esa inversión, desde que egresó de la universidad?

Mifuturo.cl da cuenta que en general, recién al cuarto año después de haber egresado, un profesional alcanza o supera el millón de pesos como renta. Por lo que, sacando cuentas, hubo un gasto en tiempo de aproximadamente 5 años y de dinero de aproximadamente 15 millones, como mínimo, para lograr alcanzar ese sueldo.

Por otra parte, un joven que aprende un oficio, o inicia un emprendimiento, puede alcanzar esa renta en menos tiempo y con una inversión mucho menor en tiempo y recursos. Se convierte en un ingreso inmediato para el hogar al primer año de haber egresado de la enseñanza media, lo que permite mejorar sus condiciones de vida y las de su familia.

Entonces, no sólo existen argumentos económicos suficientes para que ese joven no quiera entrar a la universidad, sino que también es necesario deconstruir la forma en que se ve el desarrollo personal y extenderlo a otros proyectos afines con los intereses de los jóvenes.

No se trata de una opción contra a la otra, sino de validar socialmente la importancia de ambas, valorando a quien hace carrera en una empresa, al que emprende con un negocio, al que tiene ganas de aprender creando sus propias oportunidades y a quien por vocación ingresó a la universidad en búsqueda del conocimiento estudiando una carrera.

Dar la oportunidad a los jóvenes de liberarse de ese cumplimiento familiar-social para decidir a conciencia, sin duda constituye una toma de decisión más robusta en el tiempo, que evita situaciones dolorosas y frustrantes; como la deserción en medio de una carrera que no les gustó, la búsqueda constante por la verdadera vocación, o un gasto de recursos familiares que con esfuerzo se reúnen para cumplir con la tradicional escala de movilidad social.

Por descanso emocional de los jóvenes y las familias, es imperativo dejar de proyectar en los hijos, las aspiraciones que el círculo social construyó para él.