Puede resultar ligeramente cursi, pero es fin de año y es imposible resistirse a la tentación del balance, el vistazo a lo que nos deja este 2018 desde una perspectiva educativa. Sin el ánimo ni la pretensión de hacer una revisión profunda, hay más tareas que pendientes para el próximo año.

Como antecedente de contexto, el desmoronamiento de dos instituciones, que para parte importante de la población representaban pilares de confianza, resultó fatal para el espíritu nacional: la maraña de delitos, intrigas y encubrimientos vividos por la Iglesia Católica y Carabineros de Chile no dejó indiferente a nadie. Y ya sea como sostenedores de escuelas o como referentes del cuidado del bien común, esta caída tiene sí o sí efectos sobre lo educativo.

Tampoco resultó indiferente el concepto de ‘zona de sacrificio’ que tendió a olvidarse cuando se retomaron las clases en Quintero y cuando la ciudad decide subirse el ánimo adjudicándose el récord de elaborar el sandwich de pescado frito más grande del mundo. Somos muchos quienes tenemos presente la necesidad de cuidar a nuestra tierra y su gente, de trabajar por políticas ambientales que no sean pan para hoy y hambre para mañana.

Y si de gente de tierra se trata, el pueblo mapuche resultó nuevamente golpeado por políticas erradas que, en vez de voces de diálogo, levantaron pólvora y fuego, llevándose la vida de un comunero y la dignidad de cientos de niños y niñas que tratan de vivir su infancia en un territorio militarizado en el que cada día se hacen más difíciles la justicia y la paz.

La violencia se tomó la agenda educativa en no pocos meses del año porque —a propósito de las manifestaciones de ciertos grupos de estudiantes de algunos liceos emblemáticos de la capital— se instaló comunicacionalmente un debate que desperdició la oportunidad de pensar en serio la seguridad y el bienestar de estudiantes, docentes y asistentes de la educación en contextos donde la convivencia es un desafío cada día más grande.

Se radicalizaron los discursos en esos temas y también en torno al movimiento estudiantil por una educación no sexista: si bien nadie puede estar a favor de la impunidad frente al acoso y la discriminación, hay quienes consideran que existe una ‘ideología de género’ que busca imponer ciertos modos de ser y hacer cultura. Lo mismo con la migración: si migrar es o no un derecho, si se aplica ‘humanidad’ o ‘responsabilidad democrática’ dependiendo del país que se trate, si ‘ordenar la casa’ se traduce en hacer de Chile una franja de tierra hermética para lo humano, pero al mismo tiempo muy promiscua en lo comercial.

Mientras en comunidades diversas a lo largo de todo el territorio se vive la inclusión y se valora la diversidad, en otros lados algunas universidades se van a la quiebra, algunos colegios buscan resquicios para seguir seleccionando y otros viven con indiferencia la creación de un nuevo sistema de administración de la educación pública que puede ser, por lejos, el cambio más radical en la educación chilena de las últimas décadas.

Estas pinceladas de lo que nos dejó el 2018 son algunos de los temas en los que necesitaremos echar mano a la tecnología social más barata y efectiva que existe: la conversación. Requeriremos horas de diálogo y espacios propicios para disponernos a hablar, despojándonos de antiguas creencias, prejuicios y estereotipos, tres elementos que, hoy por hoy, están obstaculizando cualquier posibilidad de comprensión mutua y reconstrucción de un tejido social que, aparente y lamentablemente, es mucho más frágil de lo que pensamos.

De muestra, un botón: a propósito de las crónicas de Lemebel, surgió una polémica en torno a si el estudiantado puede decidir o no qué libros leer. Se trataba de una interesante oportunidad para instalar lo pedagógico en el debate, pero la tentación natural fue responder con una vehemencia que, tanto en esta como en otras ocasiones, resultó demasiado rabiosa. Cada polémica de esta naturaleza debe ser una oportunidad para promover pensamiento crítico y propositivo; para atrevernos a disfrutar y aprender de la diversidad, a mirar este mundo desde una perspectiva empática a la vez que histórica. Corren tiempos difíciles y quienes trabajamos por el derecho a la educación sabemos que todas las tareas que nos dejó el 2018 son cualquier cosa, menos fáciles.


Profesora e investigadora de Política Educativa de Educación 2020