Es artista, docente, activista y ensayista pero, por estos días, Marcelo Expósito es mejor conocido por sus cargos políticos como diputado de En Comú Podem en el Congreso de los Diputados de España, y además por ser el secretario tercero de la Mesa del Congreso, el órgano que gobierna la actividad del parlamento español. Es además militante de Barcelona En Comú, la plataforma ciudadana que gobierna actualmente Barcelona con la alcaldesa Ada Colau, organización de cuya Dirección Ejecutiva formó parte hasta hace pocos meses.

El parlamentario español visitó Chile a propósito del encuentro Ciudades sin miedo, que tuvo lugar en Valparaíso los pasados días 30 de noviembre y 1-2 de diciembre. Organizado por la Cooperativa de Ideas Vía Porteña, el Centro Cultural Playa Ancha y el Observatorio de Comunicación de la PUCV, junto con la organización Ciudad Futura, que tiene cuatro electos en el Consejo Municipal  de Rosario (Argentina), asistieron a este encuentro representantes de distintos países de Latinoamérica. Ciudades sin miedo tiene el propósito de promover el municipalismo como corriente electoral, política y social que propone un nuevo protagonismo ciudadano, una recuperación de la soberanía sobre los territorios que conduzca a la transformación democrática. En un contexto político latinoamericano y global marcado por la radicalización de las fuerzas antidemocráticas de derecha, el municipalismo es una fuerza democrática también en ascenso que pone el acento en el trabajo territorial, planteando que desde las administraciones locales se pueden abordar las problemáticas sociales cotidianas más urgentes. “Hacer la política parte de la vida de las personas”, es el lema.

En conversación con El Desconcierto, Expósito relató cómo ha sido la experiencia de aplicar esta propuesta en la ciudad de Barcelona, cuáles son las potencialidades y los límites de la participación ciudadana, cuál es el clima de la crisis democrática global y cómo ve al Frente Amplio en Chile y al municipio de Jorge Sharp.

Cuéntame sobre la experiencia de Barcelona en Común y cómo ha sido el proceso de instalación desde el enfoque municipalista del gobierno local de Ada Colau.

– Lo que desencadenó nuestro proceso político de salto institucional, fue la crisis financiera de 2008, que en España se tradujo en un estallido de la “burbuja inmobiliaria” que arrasó con la economía en general, y conllevó finalmente una crisis del sistema político que surge de la transición democrática española y de la Constitución de 1978. No es una historia única, habéis conocido ejemplos semejantes con las crisis del neoliberalismo en América Latina, salvando todas las distancias; y los sistemas políticos nacionales se están viendo también sacudidos en el conjunto de Europa como consecuencia de la crisis financiera.

Cuando sobrevino la crisis hipotecaria, no solamente entró en crisis todo el sistema financiero español, sino que también tuvo como resultado un golpe muy duro contra las capas medias y los sectores trabajadores y populares, que tuvo su imagen más impactante en una oleada de desahucios contra la que nadie tomó medidas. En cambio, se aplicaron estrictas políticas de austeridad en forma de recortes en los presupuestos públicos, en los servicios públicos y en los derechos sociales. Es por eso que se levantaron movimientos en forma de “mareas” protagonizadas por la ciudadanía, incontable gente común que, sin considerarse a sí misma activista, se vio comprometida en la simple y llana defensa de la sociedad y de la vida frente a la violencia neoliberal. El 15-M, el movimiento de las plazas de 2011, fue la eclosión más visible, pero formó parte de esta emergencia social más amplia de la ciudadanía contra las políticas de austeridad.

La izquierda institucional no hizo lo suficiente porque la socialdemocracia lleva arrastrando una crisis de décadas en Europa, y su matrimonio de conveniencia con el neoliberalismo la hacía corresponsable del estallido de la crisis y su impacto sobre la gente común. Entonces, esa marea ciudadana, que desborda con mucho lo que habitualmente conocemos por movimientos sociales de militantes o activistas, se constituyó como la verdadera oposición en las calles al Gobierno derechista del Partido Popular.

Hacia el año 2013, las mareas ciudadanas contra las políticas de austeridad se encontraban en su máximo apogeo. Pero muchas personas empezamos a pensar que ese ascenso de la movilización no se podría mantener mucho tiempo. En primer lugar, porque tú no puedes sostener una sociedad constantemente movilizada con esa intensidad durante periodos muy largos de tiempo. En segundo lugar, porque las condiciones de vida de la gente se estaban deteriorando con mucha celeridad. Lo que llamábamos “techo de cristal” de los movimientos contra la crisis, su máxima movilización pero con escasa capacidad de influencia en las políticas de un Gobierno muy endurecido, exigía que la gente común ensayara un salto a las instituciones, para tomar nosotros mismos las riendas de nuestros gobiernos.

Lo que sucede es que muchas experiencias históricas demuestran que un máximo de movilización no se traduce de manera directa en saltos electorales de suficiente envergadura. Tú puedes tener un apoyo social a ciertas reivindicaciones de un 80%, pero si formas un partido surgiendo de los movimientos, sociales puedes quedarte en un 2% de representación electoral. Esa constatación produjo un debate muy rico en diferentes lugares, sobre qué tipo de nuevos instrumentos políticos había que inventar para que un intento de salto electoral no se desmoronase, hundiendo la movilización social, generando frustación y finalmente favoreciendo una recomposición conservadora del sistema político que nos había llevado de cabeza a la crisis económica e institucional.

Ese salto a las instituciones tenía que darse de maneras diferentes a los viejos partidos, y yo diría, simplificando, que son dos las hipótesis que surgen simultáneamente. Por una parte aparece Podemos, que plantea por así decir una ruptura “por arriba”, entrando con fuerza en el escenario de las elecciones europeas de 2014, con la mirada puesta en las elecciones generales de 2015. Y por otra parte aparece el movimiento municipalista, que se propone una ruptura “por abajo”. En mayo de 2015, el municipalismo ciudadano obtiene victorias inesperadas en una parte importante de las principales ciudades: Barcelona, Madrid, Zaragoza, Coruña, Cádiz, Compostela… Hay que tener en cuenta no obstante que no se trata de dos corrientes totalmente separadas, y en la práctica se han ido interrelacionando de maneras muy fecundas en los últimos cuatro años. De hecho, nuestro Grupo Parlamentario Confederal, que constituye un quinto del Congreso de los Diputados, es seguramente hoy en día la expresión institucional más sintética del conjunto de todo este proceso complejo de una década que te estoy resumiendo.

¿Cómo es el salto de una plataforma ciudadana basada en el territorio a asumir el gobierno de una institución de la escala del Ayuntamiento de Barcelona?

– Complicado, claro. Por varios motivos. En primer lugar, porque fue un salto vertiginoso: en poco más de un año pasamos de tener las primeras reuniones de 50 personas a gobernar la ciudad. Ello supuso que numerosas personas clave de la organización saltaran casi inmediatamente a la institución, lo que tuvo consecuencias sobre una estructura muy incipiente. Por eso el trabajo de fortalecimiento de Barcelona En Comú como organización política ha sido más invisible que las tareas de gobierno, pero no menos esforzado ni menos importante. Sucede además que el mapa político se ha fragmentado, de tal manera que hoy día no se ganan elecciones por mayorías ni siquiera simples, lo que significa que somos un gobierno débil numéricamente. Pero no debemos achacarlo a nuestra debilidad política, sino a la propia transformación del sistema de partidos que nosotros mismos hemos provocado como consecuencia de la crisis, lo que exige un esfuerzo suplementario y permanente de negociación con el resto de las fuerzas municipales.

Todo lo que te estoy describiendo de manera muy superficial hace que las dinámicas de relación a varias bandas con las fuerzas institucionales, por un lado, y con las fuerzas sociales, por otro, sean enormemente costosas en algunos momentos. Pero resulta inevitable, porque nosotros hemos venido no solamente a gobernar con otro programa, sino también a ejercer la política institucional de otra manera. Se dice fácil, pero en la práctica no resulta nada sencillo, porque las instituciones están hechas para favorecer algunas cosas y dificultar o directamente impedir otras.

¿Para cuáles dices tú que está hecha?

– Para separar a quienes gobiernan de la gente, fundamentalmente. Eso es lo primero que te encuentras. La institución tiene dinámicas propias que están dirigidas a absorber las energías creativas y transformadoras por mucho que se tenga otra voluntad. Empezando por aspectos muy ordinarios: las agendas oficiales son vertiginosas, por ejemplo, y si además te obligas a sumar otras capas como son las interlocuciones con movimientos sociales, con los sectores organizados de la sociedad civil, rendir cuentas en los territorios, articular de una manera saludable el trabajo institucional con la organización… Ten en cuenta además que cualquier partido tradicional forma parte ya del sedimento de la administración pública, porque lleva años formando parte estructural de los gobiernos o de la oposición, de tal manera que la institución funciona mediante unas inercias que no son neutrales de ninguna manera. Y cuanto más arriba en la estructura de la institución, más escandalosa resulta la separación entre las élites y la gente común, y más evidente resulta que las altas esferas de las instituciones están diseñadas para funcionar bajo la influencia de las élites y no al servicio de las mayorías sociales.

Cualquiera que provenga de la política tradicional, al llegar a un gobierno, tiene una buena agenda de contactos entre las élites que ejercen el poder por dentro o por fuera de los mecanismos democráticos. Nosotros no, llegamos al gobierno simple y llanamente como un movimiento desde abajo. Y tenemos claro que se tiene que gobernar para los intereses de las mayorías sociales; pero que tú hayas accedido democráticamente al gobierno no significa que tengas todo el poder de la ciudad, ni mucho menos. Todo esto que solamente te estoy apuntando de manera impresionista, ya sólo para empezar, hace complicada la tarea de gobernar de otra manera porque tienes que modificar estructuras y mecanismos como condición previa para poder aplicar un programa de rescate ciudadano. Pero creo que después de tres años de gobierno, el balance en este sentido resulta muy bueno.

El municipalismo promueve especialmente la participación ciudadana, pero una de las críticas podría ser que las consultas pueden volver demasiado lentos los proceso. ¿Cuáles crees que son los límites?

– Tiene que haber una multiplicidad de mecanismos para que la relación entre gobierno y ciudadanía sea fluida, sea permanente, sea compleja, y no meramente testimonial o demagógica. Por eso se debe tener en cuenta que las consultas son un mecanismo importante, pero no es lo único. Se tienen que implementar “relaciones consultivas” y participativas más constantes: es necesario que la alcaldesa rinda cuentas y escuche directamente a la gente de manera regular, al igual que lo tienen que hacer los miembros del gobierno, bajando a los territorios. Por ponerte sólo un ejemplo, y te daré otro. Por motivos evidentes, es una máxima prioridad de nuestro gobierno paliar la emergencia habitacional, por eso se ha multiplicado la inversión pública para construir vivienda social en la ciudad. Pero como construir vivienda suele llevar tiempo, hubo que habilitar otros mecanismos para afrontar esta necesidad. Al poco tiempo de formar gobierno, convocamos una mesa de diálogo entre organizaciones sociales implicadas en la lucha por el derecho a la vivienda, entidades bancarias y asociaciones vecinales. El Gobierno, en un caso como éste, se instituye como un mediador para que diferentes agentes de la sociedad civil intenten ponerse de acuerdo para solucionar un problema que nos compete a todos. Ahí tienes un ejemplo no solamente de cómo tú tienes que habilitar instancias de discusión y negociación permanente con la sociedad civil, sino también de lo que antes te comentaba, cómo tienes que modificar las inercias del funcionamiento institucional. En este caso, el mero hecho de que tú sitúes en una mesa de diálogo, en una relación horizontal, a los bancos y a las organizaciones ciudadanas que han surgido de la crisis, es una forma de transformar las relaciones de autoridad habituales.

En este sentido, nuestro Gobierno municipal ha planteado una manera de concebir las consultas ciudadanas que tenga más que ver con un proceso de empoderamiento social que con la mera consulta puntual y plebiscitaria. Se aprobó un reglamento municipal que regula la organización de consultas en la ciudad, de tal manera que, por darte un dato, las preguntas que se proponen son elevadas a la institución por parte de la ciudadanía, lo que requiere una movilización previa. Es un proceso complicado de implementar, y estamos intentando que se pueda llevar a cabo por primera vez incluso antes de que se acabe nuestro primer mandato en 2019.

¿Cómo ves el proceso de restauración conservadora de Latinoamérica? 

– La crisis de la democracia sigue vigente en todo el mundo, lo que significa que sufrimos un grado muy alto de desafección ciudadana hacia la política tradicional. Existen índices muy elevados de corrupción política, que es un problema estructural que no tiene que ver solamente con el dinero, sino de manera más general con el tráfico de relaciones entre las élites y las instituciones. En este clima, las relaciones de identificación tradicionales de la gente con sus representantes políticos son muy inestables, lo que genera no solamente una indeterminación enorme en la orientación del voto, sino también índices altísimos de abstencionismo electoral. Ese vacío de legitimidad lo vienen ocupando nuevas formas de hacer política. Y por eso el ascenso de las nuevas derechas radicales no solamente tenemos que interpretarlo en un sentido restaurador. Debemos observar también cómo las derechas con diferentes rostros más o menos agresivos, están también experimentando en el vacío de la crisis democrática, como lo hacemos nosotros. Lo que está en disputa es ni más ni menos que el futuro de la democracia. Por eso, más allá de valorar qué significado tienen Trump, Bolsonaro, Macri y Salvini, esta idea de recuperar la democracia nos sitúa en una posición paradójica a las fuerzas sociales y políticas que siempre fuimos críticas con la democracia tal y como ha venido existiendo en las últimas décadas. No podemos dejar de pensar críticamente frente al funcionamiento del Estado, pero al mismo tiempo tenemos que defender las instituciones públicas del asalto antidemocrático de las derechas radicales.

A mi me parece muy relevante en este momento el ejemplo de México, no solamente porque la victoria de López Obrador parece haber sucedido de una manera contracíclica frente al conjunto de América Latina, sino también por la manera en que esa victoria se ha dado. Ha conseguido un resultado electoral espectacular promoviendo una corriente social y política desbordante más allá de las organizaciones partidarias tradicionales, más allá incluso de Morena (Movimiento Regeneración Nacional). En este tipo de resonancias tenemos que implicarnos para disputar los gobiernos a las fuerzas antidemocráticas.

– ¿Cómo ves el Frente Amplio en Chile, y el proceso de la alcaldía de Valparaíso?

– El proceso del Frente Amplio chileno tiene semejanzas con nuestro proceso en España, no solamente porque se trata de un movimiento político contra el neoliberalismo, sino también que proviene directamente, más en concreto, de las luchas democráticas globales que tuvieron lugar entre los años 2011-2013. En el caso chileno, el Frente Amplio tiene su origen en los movimientos estudiantiles; en nuestro caso, la plazas del 15-M. Se trata de construir un proceso político de salto institucional que aplique una nueva agenda postneoliberal, siendo conscientes de que eso significa ni más ni menos que la reconstrucción de la democracia en términos absolutos.

A nosotros nos gusta mucho cómo Jorge Sharp, dentro del Frente Amplio, entiende muy bien que este proceso de construcción política requiere incorporar una diversidad que vaya más allá de las fuerzas que somos más o menos semejantes, y que además requiere articular varias escalas del salto institucional, incluyendo de manera muy destacada el plano municipal. Nosotros nos dimos cuenta muy pronto de que los ayuntamientos son imprescindibles porque, ya que los procesos de toma del poder a escala nacional requieren por lo general de manera inevitable recorridos muy largos, tú necesitas empezar a gobernar lo antes posible en la escala local, que es donde se aplican políticas públicas de inmediatez. Pero también caímos en la cuenta de que con los ayuntamientos, por supuesto, no basta. Primero, obviamente, por sus limitaciones competenciales. Segundo, porque en las tensiones políticas que se están dando en la crisis global de la democracia, los gobiernos locales aislados no aguantarían. Es por eso que Barcelona En Comú nos implicamos muy pronto en las elecciones generales de España colaborando con Podemos, y también promovimos el primer encuentro municipalista internacional Ciudades sin miedo, que tuvo lugar poco después de la victoria de Trump. El municipalismo es imprescindible para recuperar la democracia, pero no debe significar un fetichismo de las instituciones locales ni puede compensar el shock del ascenso de las nuevas derechas a los gobiernos de varios países. Creo que esta idea constituye un sentido común en este encuentro de Valparaíso, y por eso nos sentimos además especialmente hermanados con las formas de hacer política que se están llevando a cabo a través de la figura del alcalde Jorge Sharp.

Puedes revisar aquí el discurso de Marcelo Expósito en el Encuentro Internacional Ciudades Sin Miedo, Valparaíso.