Simplemente, hoy me reconozco inepto, incapaz de hilvanar buenas ideas o expresar conceptos precisos. Hoy solo escribo desde la duda, sin poder salir de ella. Estoy definitivamente atontado y solo puedo compartir con ustedes mi asombro, mi dolor, mi pena y mi impotencia frente a la maldad humana, que para el propio Kant era un misterio insondable. Me asombra el diputado Ignacio Urrutia tratando a las víctimas de violaciones a los derechos humanos de “terroristas con aguinaldo”; o José Antonio Kast sugiriendo más violencia estatal para la Araucanía; o Camila Flores declarándose orgullosa de ser pinochetista, que significa admirar y apoyar a un genocida que alguna vez declaró que dos desaparecidos y ejecutados que aparecieron acurrucados en una tumba eran “una gran economía (de espacio)”. No puedo aun resolver la duda de si este tipo de gente que propugna la violencia, que la justifica y que insiste en tratar de convencernos de que los derechos humanos no importan tiene derecho al espacio público o si debemos callarlos y castigarlos penalmente si hablan en estos sentidos. Estoy dudoso. Al menos, Sócrates no se molestaría conmigo, porque preguntarse es el comienzo de responderse.

Hay excelentes argumentos a favor y en contra de sancionar penalmente el negacionismo de las violaciones a los derechos humanos cometidos por Pinochet, sus servidores directos de las Fuerzas Armadas, sus cómplices civiles y los ministros y jueces de un Poder Judicial colaboracionista y cuyas responsabilidades habrán de pedirse en algún momento. Y me refiero a sancionar el negacionismo en los términos precisos y acotados que una mujer lúcida, valiente y admirable, como Carmen Hertz, ha propuesto. Esta vez, solo expongo por qué, a pesar de que mi naturaleza me empuje al debate abierto y a ser partidario de una libertad de expresión sin restricciones, creo que Carmen Hertz ha hecho una propuesta sensata. La próxima vez haré el contrapunto.

De esta manera, no puedo negar que tengo serias dudas acerca de si es legítimo decir cualquier cosa y contar con el espacio público para ello. ¿Sería legítimo que se publiquen libros a favor de la pedofilia, sugiriendo estrategias para lograr la impunidad? ¿Que circule un diario que promueva una guerra “preventiva” contra Bolivia, buscando su destrucción? ¿Que una nueva revista sugiriera la necesidad de concluir con el trabajo de exterminio del comunismo que quedó pendiente tras la dictadura? ¿Sería admisible un texto pro nazi que exalte al Tercer Reich y proponga que persigamos a los judíos en Chile? Si su respuesta es no, estamos del mismo lado y, al menos, deberemos admitir que no es legítimo decir o publicar cualquier cosa. Es pacífico que la censura previa es inaceptable, pero la controversia surge después: ¿qué sería ilegítimo publicar o decir y (establecido ese catálogo) cómo deberíamos castigar esas conductas ilegítimas?

Hay quienes tienen gran fe en el poder del debate y en la inteligencia de los oyentes para que las malas ideas fracasen en un su intento de supervivencia. Por ejemplo, la académica de la Universidad Católica y doctora en filosofía, María Alejandra Carrasco, dijo en una entrevista para EMOL  que “las personas son en general seres inteligentes y que reconocen buenos argumentos y los aceptan”. Por otro lado, cuando le preguntaron a Tim Robbins, tras su actuación en la película “La guerra de los mundos”, si creía que hubiese vida inteligente fuera de la Tierra, contestó que él tenía serias dudas de que la hubiese en la Tierra.

No es popular lo que diré, pero tiendo a estar más de acuerdo con Robbins que con Carrasco.

Yo creo, por ejemplo, que haber dado ese soporte eleccionario a un megalómano al borde de la esquizofrenia, como era Hitler, fue una demostración palmaria de estupidez colectiva. Elegir a Trump, otro. Y en un país donde la desigualdad económica es extrema, elegir a Piñera es el tercer ejemplo que se me viene a mente. ¿Habrá que hablar de Bolsonaro? Pinochet, después de un gobierno económicamente desastroso, concluyendo con una pobreza enorme y, por sobre todo, habiendo sido un gobierno completamente inmoral y dedicado sistemáticamente a la muerte y tortura de chilenos, todavía contaba con un 44% de chilenos que lo querían otros 8 años al frente del Estado. Decía Einstein que hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana. Si una persona puede comportarse estúpidamente y pensar sin el más mínimo rigor intelectual, también pueden hacerlo mu chas personas al mismo tiempo. Como dice el filósofo político Jonathan Swift, la democracia no elimina el riesgo de que tomemos decisiones tontas, pero lo disminuye. Si esto es así, no podemos creer que la circulación libre de ideas estúpidas o perversas (suelen ir de la mano) no entrañen un serio riesgo para la democracia y los derechos humanos.

Ya que no necesito sus votos, no tengo por qué adular a un electorado o a una masa humana cuando toma decisiones abiertamente erradas, tontas o, peor, inmorales. Seamos honestos: en Chile se lee muy poco y, de lo que se lee, se comprende aún menos; las personas aman los matinales y, por ejemplo, dentro de ellos siguen con atención las ridículas profecías que Kathy Zsabo tiene para el 2019, las que son recibidas con asombro por Tonka Tomicic; gran cantidad de personas le creen a Salfate y sus teorías conspirativas; una amiga me comentaba hace poco que en una entrevista de trabajo le preguntaron por su signo zodiacal, para tomar la decisión final; una encuesta reciente demostró que nada menos que el 61% de los chilenos cree en el “mal de ojo”. Soy escéptico de la inteligencia de la masa, lo siento.

Es demasiada gente la que prefiere un slogan a una cifra y los clichés a las evidencias; son demasiados los que escuchan a Lucho Jara o Paty Maldonado en lugar de leer a Agustín Squella o a Carlos Peña; son muchos los que prestan atención a la alarmante ignorancia y tontería de discursos como los de Camila Flores o José Antonio Kast. La argumentación racional y el debate basado en evidencia no son prácticas comunes. Así que la difusión de este pensamiento pinochetista que entiende a la violación de los DDHH como algo tolerable, entendible y acaso justificable por un imaginario desarrollo económico, puede triunfar. No podemos subestimar el riesgo.

La pregunta que sigue no es si combatimos el pensamiento perverso o estúpido públicamente expresado, sino solo cómo lo hacemos con mayor eficacia. Por ahora, y sin desconocer la posibilidad del recurso al derecho penal, concuerdo con la profesora Carrasco, en el sentido de que por todos los medios debemos buscar cómo profundizar la vida intelectual de chilenos y chilenas, porque solo así podremos distinguir la peluca y la nariz roja de algunos payasos que pasan por intelectuales o líderes de opinión.