Alguna vez pensamos que el derecho internacional sería el marco para establecer relaciones duraderas y cimentadas en el respeto mutuo, en un mundo de normas mínimas de convivencia que nos permitiría resolver las diferencias por medio de la negociación y el dialogo, pero ello se ha está desmoronando frente a nosotros.

Por cierto, nunca ha existido evidencia de que a través del derecho internacional de post Segunda Guerra Mundial, creado por los propios Estados y sus normas de Jus Cogens, viviríamos tiempos sin conflictos cruentos o en una sociedad internacional como sinónimo de paz mundial, sin embargo, sí se aspiró a un mundo más centrado en la defensa de la persona humana a través de regímenes internacionales que permitirían a ellas contar con ciertas garantías respecto a la protección de sus derechos más fundamentales. No obstante, pareciera evidenciarse en distintos países un aburrimiento con lo “políticamente correcto”, y una reivindicación insaciable de derechos individuales que empujan a levantar políticas excluyentes que forjan paradigmas relativistas respecto a la comprensión y protección de los derechos humanos.

Un mundo que en general responde a lógicas materialistas y reivindicativas de los instintos más elementales de sobrevivencia como individuo, que están cada vez más lejos de la empatía con los demás y en donde la solidaridad es percibida como una amenaza. Esa forma de hacer y entender la política no es sólo contraria al espíritu fundacional de la Carta de Naciones Unidas, sino que una causa para la movilización de la desconfianza, la refundación de una identidad sectaria y la ausencia de fraternidad. Es decir, el constructo del derecho internacional basado en la dignidad humana es cuestionado e intentado enmendar desde la perspectiva de mis intereses individuales entendidos como derechos.

Algunos mal versados en teoría de las relaciones internacionales comprenden el fenómeno de sospecha ante el derecho internacional como un paso hacia el fin de la ideología voluntarista que pone en riesgo el interés nacional. En tal sentido, manifiestan esperanza en líderes que se atrevan a decir lo que sus almas nacionales desean, aunque sea “duro” y no amparado en lo que era “políticamente correcto”, con ello proclaman el fin de la hipocresía y falsedades de una diplomacia que hablaba desde el idealismo no representativo del interés nacional.

Ese tipo de líderes los encarna hasta hoy de manera excepcional el Presidente Trump, que sin “tapujos” manifiesta sus desconfianzas con el régimen internacional, desde el sistema de Naciones Unidas hasta los tratados nucleares con Rusia. Para algunos ha sido un portavoz de la verdad del sentimiento patriótico.

Esa falta de empatía con el otro ha quedado de manifiesto en varios de sus polémicas declaraciones y twists, pero una que resulta especialmente reveladora de su alma es la conversación que tuvo con el niño de apellido Coleman de siete años, quien habló con el Presidente en el marco de la tradición que viene desde 1955, en la cual la Fuerza Aérea de Estados Unidos entrega reportes del desplazamiento de Santa Claus en noche buena y así conocer el avance en la entrega de regalos. En esta ocasión, Trump le señaló a Coleman “¿aún crees en Santa Claus? Porque a los siete no es habitual, ¿cierto?, diviértete”. A través de un golpe de honestidad le comunicó que Santa Claus no existe, en un rasgo psicológico que lo desnuda en su atributo más aplaudido por sus seguidores, decir las cosas como son, y no como quisiéramos que fueran.

De alguna manera, ello se puede análogar con el derecho internacional a ojos de Trump. Al respecto, me pregunto qué les diría a los dos niños centro americanos que han muerto por intentar ingresar a Estados Unidos tras el sueño “americano”. Sabemos que cada Estado tiene derecho sobre su territorio a elaborar sus políticas migratorias y que cada Estado tiene la facultad de construir el muro que estime conveniente dentro de su territorio, sin embargo, el paradigma que presentan líderes como Trump y otros exhiben falta de interés o afecto por el otro.

Ese cambio paradigmático impacta en el espíritu que permita la creación de un mundo más fraterno, el cual anteponga sus intereses a los derechos de toda persona humana como condición necesaria para buscar la solución a las controversias o problemas políticos. No significa que Estados Unidos tenga el deber u obligación de abrir sus fronteras a quien no quiera hacerlo, pero se trata de entender que hay personas que sufren, que sueñan y que es el dialogo el camino para buscar soluciones entre los actores incúmbentes.

Ante esta nueva actitud que comienza a predominar las relaciones entre los Estados, la pregunta es simple, los niños que viven el azote del cambio climático en lugares como Asia y África tienen esperanza en que serán los acuerdos internacionales una respuesta a sus amenazas vitales; los niños de Palestina tendrán alguna respuesta desde la Convenciones de Ginebra y tantas otras existentes a sus demandas por protección a sus derechos fundamentales; los niños migrantes de Siria tendrán albergue o refugio luego de que se ha violado el Pacto para los Refugiados; los niños de centro américa tendrán alguna posibilidad de esperanzarse luego de leer los derechos del niño “custodiados” por la UNICEF; y la lista es extensa y poco auspiciosa. En efecto, que les diremos a los niños de Yemen, Nicaragua, Venezuela, Mali, Sahara Occidental, República del Congo, Libia, y tantos otros que con la desilusión de la inexistencia de un compromiso con el derecho internacional no tendrán esperanza y sentirán, que al igual que con Santa Claus, que todo ha sido una ilusión.

El final para estos niños está abierto, porque el derecho internacional morirá o sobreviviría en su espíritu fraterno según nuestra propia voluntad. Ojalá exista en el futuro una noche buena para todos esos niños, lo que en último término depende de nosotros mismos y de los líderes a los cuales apoyemos.