Se abre la temporada de vacaciones, las vitrinas abandonan los adornos navideños y el cotillón tan habitual de fin de año. Los escaparates comienzan a llenarse de uniformes, para dar inicio a un nuevo año escolar apelando a una homogenización en una cultura donde el orden y la disciplina parecen clamar su lugar con políticas como aula segura. Yo, por mi parte como docente, no puedo dejar de cuestionarme si esa es la educación que queremos.

A inicios de diciembre del 2018, en el Dínamo, se publicaba la noticia de una escuela de varones en la comuna de Independencia, donde los estudiantes se negaban a realizar la lectura domiciliaria estipulada por su docente de Lenguaje y visada por la Unidad Técnico Pedagógica del establecimiento San Francisco de Quito bajo el argumento de que el autor les resultaba “asqueroso”, por ser homosexual. En palabras del director del establecimiento, Don Enrique White, la situación fue un hecho aislado y fue zanjada de manera democrática en una votación a mano alzada.

Como espectadora del asunto y dejando de lado la “anécdota” de la lectura domiciliaria, creo que el debate debe centrarse en aspectos más profundos y medulares en relación a los comentarios emitidos por padres, apoderados, estudiantes y un muy mal manejo de la situación por parte de los directivos del Liceo en cuestión. Es por este motivo que no puedo dejar de preguntarme ¿Cómo esa democracia de la que habla el señor White, considera la diversidad? ¿Qué ocurre en ese espacio con los niños y jóvenes homosexuales que son víctimas de comentarios de ese tipo de manera directa o indirecta como ocurrió en este caso? ¿Es posible que la libertad de expresión este por sobre las emocionalidades, intereses o identidades de quienes conviven en ese espacio? ¿Está la escuela pública en Chile preparada para trabajar una educación no sexista? ¿Se puede seguir financiando proyectos de educación pública que promuevan la educación segmentada por sexos?

Según las Bases Curriculares de Educación Básica del año 2012, uno de los principales objetivos de la educación es buscar “oportunidades para que los estudiantes adquieran un sentido de identidad y pertenencia a la sociedad (…), adquieran valores y normas de convivencia pacífica, reconozcan sus derechos y los de los demás, adquieran habilidades que permitan conocer y comprender a los otros…”. Entonces, ¿Cuáles son los límites de la tolerancia para esos jóvenes que saldrán de las cuatro paredes de su liceo de varones y no son capaces de convivir con la existencia de una lectura que habla del amor entre dos personas de un mismo sexo? ¿Qué acciones serían capaces ellos de realizar al encontrarse en la calle con homosexuales caminar de la mano o besarse?

Si bien en Chile, se ha iniciado un trabajo por legislar en torno a la necesidad de reconocer y respetar las diversidades a través de la Ley General de Educación (20.370), Ley de No Discriminación (20.609), y más recientemente la promoción en las escuelas del decreto 83, que fomenta la diversificación de enseñanza en los planteles educacionales para dar cobertura a todas las necesidades educativas presentes en las aulas, como también la Ley de Inclusión (20.845), estas parecen ser solo un saludo a la bandera en espacios como el Liceo San Francisco de Quito, donde lo distinto resulta asqueroso y motivo de votación para excluir.

De manera apresurada, podríamos pensar que la escuela apunta a un modelo educativo centrado en el cumplimiento de objetivos, donde su fin era que los estudiantes leyeran, sin importar el aporte que esta lectura podría significar para su formación como ciudadanos. Dentro de la lógica de oferta y demanda, ellos podrían haber tenido la libertad de elegir qué leer y cuándo realizarlo, para promover el goce de la lectura como mencionó en su momento la Ministra de Educación Marcela Cubillos.

Sin embargo la imagen del docente a cargo, sus estudios y la intencionalidad a la hora de elegir las lecturas para  aportar al bagaje cultural de esos muchachos parece quedar relegada al silencio, cuestionamiento  y a poner la calificación que pone punto de termino a un proceso cotidiano y carente de sentido, abandonando por completo aquella idea promovida entre los propósitos de los Programas de Estudio de Lenguaje y Comunicación de tercer año medio, promulgados el año 2009, donde se enuncia con especial énfasis la necesidad de promover la lectura de manera abundante y variada, debido a que esta “…permite desarrollar el lenguaje, ya que proporciona oportunidades de conocer realidades distintas a la experiencia directa de la y el estudiante y aprender nuevos conceptos…”.

¿Es acaso ésta la educación a la cual apuestan en las escuelas públicas?

Según el Plan de Aseguramiento de la calidad, publicado el año 2016, las escuelas son espacios destinados a promover “…un proceso formativo integral que pone en el centro al ser humano en su totalidad, (…) y que se orienta a proveer oportunidades de desarrollo e integración social al conjunto de los niños, niñas, jóvenes y adultos de manera equitativa e inclusiva, previniendo la discriminación y la segregación garantizando que todos puedan ser ciudadanos autónomos, responsables, proactivos y críticos”.

¿Cómo podemos comprender entonces los hechos ocurridos? ¿Cómo podemos responder a los dichos de la ministra Cubillos? ¿Cómo le hacemos entender a ese director que su medida “democrática” atenta contra los principios que establece la normativa legal educativa del país? ¿Cómo integramos a las comunidades educativas a conversar y educarse sobre una educación inclusiva, no discriminadora y no sexista?

De este modo,  no podemos más que asentir a la veracidad de Giroux, quien en su texto Teorías de la reproducción y resistencia en la nueva sociología de la educación: Un análisis crítico, señala que   “…las escuelas representan terrenos de impugnación marcados no sólo por contradicciones estructurales e ideológicas sino también por una resistencia estudiantil moldeada colectivamente” (Giroux, 1985, p.5).  A su vez, no podemos dejar de sentir el llamado de Paulo Freire y seguir apelando por la necesidad de valorar el rol de enseñar en los márgenes que exige la ética, pues “…transformar la experiencia educativa en puro adiestramiento técnico es despreciar lo que hay de fundamentalmente humano en el ejercicio educativo: su carácter formador”.