Alicia Vega reúne en su libro “Taller de cine para niños” un extenso y necesario trabajo poético. Me refiero, desde luego, a una poética con su propio hacer: el cine como experiencia en espacios que de manera progresiva, en cierto modo fatal, fueron profundizándose como lugares de una definida y definitiva exclusión. Zonas que de manera ascendente se erigen después de décadas como el reverso del mito de la prosperidad que anunciaba la progresiva intensificación del modelo neoliberal globalizado. Territorios en donde la extrema violencia simbólica del sistema, fundado en la desigualdad, fue promoviendo la violencia en cuerpos carentes de horizontes, sujetos producidos por la misma sociedad para destruir y autodestruirse.

Alicia Vega, una académica de gran trayectoria en las Universidad de Chile y en la Universidad Católica, amplió su campo de trabajo para ingresar justo en lugares abandonados, las poblaciones, con un trabajo cultural  cuidadosamente diseñado cuyos protagonistas fueron los niños habitantes de esos espacios. La imaginación del niño, vertiginosa, potente, incesante, fue el punto neurálgico de un proyecto que no se iba a detener a lo largo de treinta años.

Desde 1985 hasta el 2015, sus talleres siguieron su ruta por las periferias sociales respaldada por la certeza de que el cine,  como experiencia estética, movía y removía los imaginarios. Fue esa seguridad con la que ella ingresó en los espacios vigilados y hostilizados por la dictadura, solo apoyados por parte de la Iglesia Católica y su importante trabajo social durante ese tiempo. Esa Iglesia hoy, en gran parte, perdida precisamente por sus numerosos sacerdotes depredadores de menores. Pero esa Iglesia popular, hasta finales de los 80, fue un espacio de resistencia donde se originó un punto de partida para el trabajo de Alicia Vega. Ese tiempo en el que en millones de nosotros se alojaba la esperanza de que el fin de la dictadura iba a modificar la desigualdad, la exclusión y la segmentación. No fue así.

Pero Alicia Vega siguió con su trabajo. Atravesó el tiempo dictatorial y continuó su programa por el que pasaron miles de niños que pensaron la imagen, que consiguieron, mediante la adquisición de técnicas, saberes que los incrementaron su memoria. Niños pequeños que entendieron la forma y las formas que permitían el movimiento. Que produjeron ellos mismos movimiento. Niños que vieron a Charles Chaplin, protagonista indiscutible del cine mudo y siguieron atentos un relato que entendían perfectamente. Fue una hazaña cultural. Esa misma hazaña que movió a Ignacio Agüero a realizar una obra cinematográfica también legendaria para la memoria cinematográfica de los tiempos: “Cien niños esperando el tren”.

Porque Alicia Vega y sus niños, las familias,  a lo largo del taller, son los protagonistas de ese documental. Son todos ellos,  marcados y enmarcados por la pericia de Ignacio Agüero, los que quedan como signos, como dilemas, como épica, como un tiempo suspendido en una impactante circularidad.

Pienso que la reedición de este libro permite pensar la realidad. Ver como progresivamente a través de los años, filtrado entre el recuerdos de Alicia Vega, ese niño va modificándose,  porque el desvalor social lo cerca. La experiencia en la Casa Nacional del Niño, antecedente del Sename, muestra la dimensión del daño, la desagregación prematura, una forma de no pertenencia.

Pero el libro permite establecer preguntas al conjunto de las fuerzas políticas que han liderado esta extensa o interminable transición. Fuerzas que, desde sus dirigencias, se centraron en la administración de poder, en promover y asentar cúpulas políticas, en una valoración acrítica del sistema y su estela consumista generadora de un endeudamiento constante que anestesia y obliga. Y lo más sensible, la exclusión originada por la desigualdad.

El desplazamiento del sujeto obrero hacia mega países como  China o India, entre otros, despojó a los sectores populares de su impronta cultural como fue su cultura obrera traspasada por la certeza de una comunidad orgullosa de su pertenencia. Una cultura generadora de signos y símbolos. El holocausto obrero produjo un vacío, un blanco, una vez que desapareció hasta perder su aura.  El trabajo, como territorio productivo, fue afectado en su lógica y en parte de su sentido. El trabajo progresivamente fue entendido como una dádiva,  el trabajo hoy se “da” como un favor o un regalo y tiende así un velo de opacidad sobre los cuerpos que día a día sostienen el sistema.

Pero en este contexto, trabajando en lo medular de una sociedad –carencia e infancia– el proyecto de Alicia Vega siguió su curso imperturbable. Apostó al cine como herramienta para instalar en la mente de esos niños una particular cinematografía que no cabe duda ingresó en sus miradas y la acumuló en las memorias. Un trabajo que ella misma gestionó de modo incesante porque no existía un espacio estable para financiar sus talleres.

Movilizada por su deseo cultural ella, desde sus saberes cinematográficos, se propuso fusionar tiempos. Lo hizo porque la figura del niño contiene en sí los signos del futuro tejidos entre los pliegues de un presente que va a  marcar lo que será  todo su pasado. Esos son los tiempos incrustados en cuerpos a los que Alicia Vega se propuso incorporar una cinematografía, ficciones, imágenes, lecciones, juegos técnicos.

Habría que pensar que la larga trayectoria de Alicia Vega por los espacios de la carencia necesita replicarse y replicarse. Que la creación de una Fundación que lleva su nombre, como lo señala Ignacio Agüero en la presentación del texto, editado por Ocho Libros, pueda impulsar a ese necesario desplazamiento de la academia universitaria hacia los espacios sociales para incorporar, hacer visible y democratizar la cultura y el arte donde es verdaderamente crucial que circule para poblar de sentido la imaginación y romper los determinismos sociales.

Me sumo al necesario e incuestionable homenaje a Alicia Vega. Celebro su trabajo subterráneo que no ha conseguido todavía el reconocimiento que se merece. Ella quebró la lógica individualista mediante la fuerza de su perseverancia. Porque generó incesantes comunidades de niños. Unos niños tan necesarios y, a la vez, tan postergados. Ella no se equivoca cuando afirma: “me gusta pensar que luego de mirar imágenes, aprenden a mirarse a ellos mismos”.

Sí, Alicia Vega. Cada uno de los niños se miró.


Escritora y académica