Paulina Varas despliega en este libro Luz Donoso. El arte y la acción en el presente las sutiles configuraciones de una memoria vinculante, asociativa y conectiva que se inmiscuye en materiales de archivos con el tacto de quien se deja guiar por una sensible política de los afectos. Su rescate de la figura de la artista (una figura que siempre estuvo tentada de sumergirse en lo indiscernible), rompe ejemplarmente con “esta especie de anonimato en que la obra de Luz ha transcurrido para el mundo del arte chileno” (P. Varas).

La calidez de este encuentro entre P. Varas y L. Donoso transmite la sensación de que la obra fragmentaria e intermitente de Luz se mantuvo desde siempre en la paciente espera de este rescate magistral que opera P. Varas por la vía del diferimiento. Al nombrar la palabra “diferimiento”, no puedo evitar recordar la asombrosa relación que L. Donoso sostenía con el tiempo y con los tiempos. Amante de las pausas y los intervalos, se tomaba todo el tiempo del mundo para librarse al éxtasis de lo singular y, también, de lo ínfimo. Pero si bien parecía tener la eternidad por delante cuando se trataba de sopesar una determinación, vivía internamente la contradicción del sentirse apremiada por las urgencias políticas de una lucha contra la dictadura que, desde el miedo y la desesperación, instaba a diversas formas de resistencia activa.

Luz Donoso ejerció durante toda una vida la técnica del grabado como si se tratara de una religión. Satisfacía en el grabado la vocación artística de un lenguaje inspirado por la magia del emblema, del talismán, de la heráldica. En el perímetro del grabado, luchaban entre sí la geometría (el control lineal de formas recortadas) y el caos (el abismo insondable de la mancha negra). En los grabados asomaban manos y piernas separadas de los torsos humanos. Parecían las partes sueltas de figurines de moda arrancadas de un catálogo de manualidades, corte y confección. Pero en rigor estos cuerpos amputados en sus extremidades alegorizaban -con sus trozos- el destrozo de la mutilación y la tortura en el Chile de la dictadura militar. Si bien L. Donoso era intensamente comprometida con una militancia política (comunista), su arte nunca fue ilustrativo ni pedagógico. No le gustaba dejarse adiestrar por los contenidos de un mensaje concientizador al ser alguien que desconfiaba íntimamente de la rigidez del dogma.

Pese a su amor por el grabado, se quejaba a menudo de que la mecánica serial de multiplicación de las copias impresas no lograba romper con el mito burgués –fetichista- de la unicidad de la obra de arte. El goce del oficio que la llevaba a deleitarse con la técnica de impresión del grabado coexistía en ella con la frustración del saber que los tirajes no iban a cumplir con el imperativo democratizador de un “arte del pueblo para el pueblo”. Esta inquietud llevó la artista a querer desacralizar la obra gráfica usando las copias del grabado como si se tratara, simplemente, de afiches o panfletos. Pasó a imprimir en afiches y panfletos sus mismos cuerpos recortados (manos, brazos, piernas, torsos) para advertirles disimuladamente a los transeúntes de la ciudad, en muros y esquinas, que esta iconografía del cuerpo roto remitía a la tragedia de seccionamientos clandestinos.

Luego el afiche y el panfleto tampoco le fueron suficientes y trabajó con soportes de aluminio. El molde calado de sus dibujos de siempre (manos, brazos, piernas, torsos) se desplazó –metálicamente- del papel impreso al lenguaje callejero de los letreros públicos. Sus Calados para marcar fechas y lugares en la ciudad pretendían alertar sobre el hecho de que cualquier lugar de la ciudad, por anodino que pareciese, podía estar encubriendo algo siniestro y que esta sospecha debía quedar marcada como señal de advertencia pública. Al poco andar, tampoco le bastaron los letreros callejeros y se le hizo necesario sumergirse en las dinámicas grupales de los colectivos artísticos, sociales y políticos que luchaban diariamente contra el cerco de la dictadura reivindicando la defensa de los derechos humanos. Entró en alianzas creativas con otros artistas (Hernán Parada, Elías Adasme, Patricia Saavedra) para formular Acciones de apoyo que colocaban sus estrategias visuales al servicio de la protesta ciudadana. La culminación de este proceso fusional se dio emblemáticamente en el trabajo titulado Una acción hecha por otro es una obra de Luz Donoso: una obra que no debía ser propiedad exclusiva de nadie y cuyo transcurso incompleto se multiplicaba en lo comunitario. Otra obra –Huincha sin fin … hasta que nos digan donde están– es el producto de cómo la autora recogía obsesivamente en cada uno de sus recorridos por la ciudad impresos vinculados a la actividad política de grupos de derechos humanos para integrarlos como materiales residuales de resistencia gráfica a sus montajes inconclusos. Lo del “sin fin” y del “hasta que” se comprometían solidariamente con el duelo inconcluso por los cuerpos y la verdad sin encontrar, por la deuda y la falta, por el hueco de lo irreparable.

¿En qué radica, según yo, el valor muy especial que tiene este libro? Desde ya le agradecemos a P. Varas que, junto con constatar “una ausencia de localización espacial” de la figura de L. Donoso en el trazado de la Escena de Avanzada, se haya propuesto correr las marcas de este trazado (un trazado quizás demasiado enfático en su declamatividad polémica que, por lo mismo, le dejaba poco espacio a lo difuso), para darle ahora “luz” a lo semi-borroso de una presencia tan entrañable. Pero, además, este libro compone ejemplarmente una memoria multiestratificada. L. Donoso se paseaba siempre con su grabadora al hombro. Archivaba infinitas cintas grabadas (“200 casetes de audio de una hora de duración cada una”) para luego escucharlas una y otra vez en el silencio de su habitación con la concentración máxima de quien siente que se le va a ir la vida (que se le va a cortar la respiración o bien la inspiración) al perderse una mínima inflexión de voz.

La exactitud conceptual y vivencial del trabajo aquí publicado no sólo se debe a que P. Varas rescata un transcurso de obra, el de L. Donoso, insuficientemente documentado por la historia del arte de los ochenta en Chile. Se debe, además, a que la investigadora se fija en una artista que actuó -precursoramente- de documentalista y testimonialista de su tiempo cuando los tiempos -los de la dictadura- estaban tan conmocionados que nada -ni la historia, ni el arte, ni la propia vida- se escribía en línea recta. P. Varas hace remontar el archivismo de hoy (un archivismo hiperprofesionalzado por la historiografía y la museografía contemporáneos) a los tiempos de la dictadura (inseguros, peligrosos) en los que una artista visual documentó la contingencia como zona de riesgo y desventura. Flota en el libro lo precario y lo evanescente del recuerdo de cómo L. Donoso quería recordarlo todo, hasta el más ínfimo detalle, cuando solo la confianza en una memoria futura podía ofrecer resguardo contra las borraduras y tachaduras de la persecución militar. Es este un archivo de archivos cuyo valor metacrítico no descuida la fragilidad de las huellas originales. Más bien P. Varas sabe resucitar el temblor del residuo memorial activándolo en tiempo presente y en cuerpo presente, configurando así una hermosa genealogía de las huellas que, entre mujeres, mezcla lo subjetivo, lo estético y lo político.

Paulina Varas

Luz Donoso El arte y la acción en el presente

Ocho Libros

236 páginas

Precio de referencia: $24.000  

 

 

 

 

 

 

 

 


Crítica y Ensayista