Un alcalde de la Nueva Mayoría, un activista histórico homosexual y un director de liceo, al parecer son el perfecto círculo poco virtuoso de la ineptitud, cada uno con sus propias responsabilidades y ejercicios éticos. Hablamos del caso del profesor despedido recientemente en la comuna de Independencia por haber dado de lectura complementaria un texto del escritor Pedro Lemebel, autor y figura indiscutible para la literatura nacional y latinoamericana a estas alturas.

Seguimos la saga luego que se conociera el triste espectáculo del Liceo San Francisco de Quito de la comuna de Independencia que no supo manejar educativamente la situación. Conocimos por los medios la “supuesta” negativa de un grupo de alumnos que no quisieron leer los textos de Lemebel que un profesor de lenguaje dispuso como lectura complementaria. Desde el inicio de la polémica llamó la atención la ausencia de enfoque y manejo del tema de fondo. Es decir, hablamos de autoridades que debiesen entender los procesos de lectura, los objetivos educativos de los programas que proponen nociones básicas respecto al ejercicio lector, al proceso de aprendizaje de los alumnxs y lo que significa el mundo literario de cada autor. Eso provoca además que la literatura puede también ser un vehículo para volver a discutir cuestiones que están a la base de las comunidades, sus legitimidades y ejercicios, además de la reinvención simbólica del mundo, por cierto, pero también sus efectos materiales en las comunidades, es decir los efectos de violencia y segregación que se visibilizaron cuando se habló de leer o no a Lemebel.

La poética neo-fascista de la derecha argumentando “lo democrático” de la decisión de leer o no leer solo demuestra la falacia de su argumento, y la falta de pudor cuando argumentan la noción de lo “democrático”. ¿Ellos poniéndose como jueces de lo democrático cuando nunca defendieron la democracia en Chile? A quienes estudiamos en plena dictadura como papeluchos maricas, que recibíamos órdenes para leer estrictamente lo que teníamos que leer y ajustarnos a la ortopedia del sistema cívico-militar escolar con sus brigadas de tránsito y el ordenamiento de filas y tomas de distancia los días lunes para cantar marcialmente el himno nacional, no nos pueden contar el cuento de lo “democrático”, cuadro que nos recuerda lo absurdo de esos argumentos ahora. Junto a esta bruma o perversión del discurso, se presenta a la comunidad educativa sin la posibilidad de discutir en su fuero interno la provocación por estigmatizar a un autor como Lemebel y el peligroso ejercicio, efecto Bolsonaro en Chile, que ya comenzó en Brasil por la ultraderecha contra los modelos educativos que promueven la diferencia y legitimidad de las minorías.

La perversión de la discusión fue poner en escena por la propia ministra de Educación, la sra. Cubillos, el argumento que los estudiantes “decidían”. Es curioso esa forma de articularlo tan desvergonzadamente pues eso significa que la educación pública siempre estará atrapada por un sector político y su inflexión. Eso nos recuerda además pensar cómo las hegemonías culturales trabajan sus maquinarias de reapropiación de sentidos.

El alcalde Gonzalo Durán ha despedido al profesor que dispuso la lectura complementaria, además simultáneamente se saca fotos con poleras y afiches con la figura de Lemebel y con el visible dirigente homosexual Rolando Jímenez junto a él, como gesto de legitimidad y de respeto por la obra de Lemebel. ¿Aquí hay una incoherencia? Si viajamos por el tiempo, Jiménez en los inicios del Movilh histórico siempre fue el personaje autoritario y mañoso que conocimos los años 90 y que las organizaciones odiaron per se y soportaron estoicamente por sus contactos con los dinosaurios de la Concertación y luego la Nueva Mayoría. “Elegido” para ir a palacio siempre ha sido un ambicioso, obviamente el mismo formato político burocrático que representa el edil de Independencia y su coalición política. Jiménez quizás en este círculo representa ese ejercicio político acomodaticio, que por conseguir dividendos políticos ha jugado con el lado oscuro de la fuerza siempre. Odiaba en los 90 a las travestis argumentando que eran una mala imagen para el movimiento. Por otra parte a Enrique White, director del establecimiento, lo conocí en los años 80 en Chillán, me sorprendió verlo ejerciendo como director de un liceo, pero quizás su mayor deuda tiene que ver con sus competencias y manejo educativo. Es decir, el círculo poco virtuoso en escena.

Mientras escribo este texto circula una carta del MUMS (Movimiento por la diversidad sexual) que señala lo siguiente:

“Las organizaciones y activistas abajo firmantes, expresamos nuestro rechazo y repudio a la decisión tomada por el alcalde de Independencia, Gonzalo Durán y la Dirección de Educación de esta Comuna al despedir al profesor de lenguaje del Liceo San Francisco de Quito quien durante el año recién pasado dio a leer a sus estudiantes un libro del escritor homosexual Pedro Lemebel. Queremos recalcar el hecho de que el hostigamiento y despido de este profesor es un acto de violencia no solo hacia él, sino hacia todas las personas LTGB o de otras identidades de género y orientaciones sexuales diversas ya que silencia e invisibiliza a una parte importante de la población censurando a sus artistas, sus voces y experiencia. Priva, además, a toda la sociedad de la oportunidad de enriquecerse en el reconocimiento de la diversidad”.

Estamos en el siglo XXI y volvemos a discutir qué leer o no leer, lo que es casi como quemar libros, volvemos a presenciar el intento por domesticar a los autores, ejecución de Mistral con sus textos y la construcción de su imagen como una Medea de la nación. 17 años atrás publicando A corazón abierto, geografía literaria de la homosexualidad en Chile en Editorial Sudamericana, me prohibieron incluir tres textos de Gabriela Mistral (en Tala y Lagar) pues dicha publicación podría provocar un daño a su honra y un “malentendido” con su sexualidad. Hace 25 años atrás también cuestionaban mi primer libro de cuentos por mi orientación sexual en el diario La Segunda. ¿Esto es un déjà vu?

Lo que ha pasado con el profesor de lenguaje que mantiene su anonimato, es una señal que la batalla cultural de la nación sigue siendo una secuencia que Walter Benjamín ya pronosticaba hace mucho tiempo: todo documento de cultura es un documento de barbarie.