Es el 2019 y la masificación de plataformas para compartir imágenes ha cambiado la relación que tienen los más pequeños consigo mismos y las representaciones del yo. El acceso a dichos medios ya no es un problema. Sin embargo, la cuestión sobre el sentido de estos discursos visuales todavía está en disputa. En la crónica roja, uno de los lugares favoritos para realizar anuncios sobre seguridad ciudadana, combate al narcotráfico y los peligros de la delincuencia es La Legua. Hace sólo un mes, el gobierno celebró, en compañía de otras autoridades, el derrumbe de los muros y la creación de una oficina comunitaria de la PDI en la población. “No solamente estamos botando los muros físicos, sino que también estamos empezando a botar los muros de la pobreza, de la estigmatización, muros que durante tanto tiempo han afectado la calidad de vida de los habitantes de La Legua”, declaró el presidente.

La re-edición de “Taller de cine para niños” llega en el momento adecuado. No solo para cristalizar el importante legado de Alicia Vega en el desarrollo de metodologías participativas para educar a los más pequeños en la apreciación cinematográfica, sino también para confrontar la visión hegemónica que se tiene sobre las realidades más vulnerables de este país, en la que predomina el sensacionalismo de los balazos y los allanamientos. Para oponerse, justamente, a la estigmatización a la que alude el discurso presidencial, que no emana desde los vecinos, sino desde la prensa y las mismas autoridades.

En 116 páginas, se desglosa la experiencia de la ejecución del taller de cine en distintas poblaciones de Chile, en las regiones Metropolitana y de Los Ríos. El libro se divide en tres secciones. La primera aborda las técnicas desarrolladas por la autora para acercar el cine a los niños en contextos donde prima el abandono y la violencia, desde 1985 en adelante. En plena dictadura, el ingenio de Alicia Vega resolvió estas dificultades a través de la elaboración de materiales y programaciones atractivas que apelan a la curiosidad de los más pequeños. De este modo, y con muy poco financiamiento, la confluencia entre el juego, la emoción y el arte resultó en “el aumento de la autoestima, el desarrollo de la creatividad y el aprendizaje de ciertos valores fundamentales para trabajar en equipo”.

El segundo apartado es la evaluación de la propia Alicia Vega del taller realizado en La Legua, en el año 2007. La autora describe cada parte del proceso con mucho detalle, ofreciendo antecedentes históricos del territorio, el contenido del programa de 22 sesiones (una por semana), las características de los participantes, las películas exhibidas y, las impresiones posteriores de los niños y sus familias después de finalizado el taller. En esta última parte, los niños cuentan que la experiencia les pareció “muy buena. Aprendí a estudiar”, “es divertido y también nos enseñan mucho”, “es muy bueno porque aprendemos cosas de cine y lo pasas bien haciendo cosas y creando cosas también lo pasamos bien”. Todos ellos entre los 6 y los 10 años de edad.

La edición del libro procura conservar la integridad de las notas mecanografiadas de la autora, a la vez que combina texto e imágenes de archivo que dan cuenta de la realidad social en las que se llevó a cabo el taller. Las anotaciones de los niños con letra manuscrita, casi ilegibles al inicio de las clases, se contraponen con la escritura de ellos mismos en las últimas sesiones, donde la mejora en la claridad al escribir sus nombres, por ejemplo, es evidente. Lo mismo ocurre con los dibujos y su impacto en el trabajo en equipo: “Y cuando dibujaron, entre todos, una película, eligieron democráticamente como tema el mar. Cada uno se hizo cargo de un fotograma” (p. 35).

En “Homo Ludens”, una historia social del juego escrita por el holandés Johan Huizinga, se afirma que el juego, como actividad humana, crea orden y “lleva al mundo imperfecto y a la vida confusa una perfección provisional y limitada”. Alicia Vega logra la confluencia entre juego y aprendizaje mediante métodos de bajo costo y, en apariencia sencillos, para abrir la sensibilidad de los niños a esta experiencia. Ella sostiene que “El cine, al igual que la literatura, nos entrega por un momento la posibilidad de salirnos de nosotros mismos, de ver el mundo a través de los ojos de esos personajes, de experimentar las emociones que nos faltan en la vida. Los grandes directores nos piden que entendamos a los personajes —nunca que los juzguemos—, incluso que nos identifiquemos con ellos”.

La última sección es una entrevista a la autora hecha por Álvaro Matus. En ella, la autora insiste en la ventaja que tiene el cine por sobre otras formas del arte, en tanto es un espectáculo colectivo. Su vocación social se refleja, también, en la voluntad de realizar el taller con escasos aportes económicos: “Pensé que, si iba a estar sola, ni siquiera con sueldo, al menos podía elegir lo que quería: (…) dedicarme exclusivamente a niños que tuvieran entre cinco y once años, y que fueran pobres. Me propuse elaborar un taller que fuera una ventana para los chicos que no tienen acceso a ninguna otra cosa”. Considera que el taller no es pedagógico, pues la palabra comporta un carácter paternalista. Habla sobre cómo la población se ha vuelto más dura y difícil con el paso de los años, a la vez que culpa a la sociedad de consumo por generar una “cultura del comercial”, de la inmediatez de la imagen que impide a los niños la atención prolongada que requiere ver una película. A modo de cierre de la entrevista (y el libro), Matus le pregunta sobre qué es lo que la motiva a seguir haciendo talleres, considerando las dificultades de financiamiento y de los cambios tecnológicos y sociales. Ella responde: “La fe que tengo en el progreso de los niños”.

Alicia Vega

Taller de cine para niños

Ocho Libros

116 páginas

Precio de referencia: $20.000