Desde su composición genética hasta la capacidad de complejizar la realidad y desarrollar sociedades, la humanidad está hecha esencialmente de memoria.

Una palabra inmensa que contiene al universo entero y que nos distingue de las otras especies animales porque tal como plantea el teórico Tzvetan Todoroven 2012, “el ser humano es consciente de estar inscrito en el desarrollo del tiempo. Sabe que es mortal, sabe que su vida tendrá un día un fin y sabe también que tuvo un comienzo y un desarrollo, que tuvo un momento inicial y que llega el momento presente. Este desarrollo se presenta en su consciencia bajo la forma de un relato re escrito a lo largo de toda su existencia“.

Esa conciencia del tiempo que pasa, a la que llamamos memoria, es una aptitud propia de nuestra dimensión personal y colectiva como seres humanos. Eso significa que, al existir de modo análogo al individuo, las comunidades también son capaces de crear el relato de un pasado común, transmitirlo y revisar la dinámica selección de olvidos y recuerdos que componen ese conocimiento compartido. Dicho ejercicio de reelaboración del pasado en el presente, resulta indispensable para el proceso crítico mediante el cual podemos acceder al reverso de la historia oficial o subvertir sus inscripciones.

En ese sentido, la memoria colectiva emerge como una herramienta que relativiza verdades fijas, una lectura entre líneas, un comportamiento imposible de dominar. Debido a esa silenciosa capacidad, suele ser abordada en calidad de niebla, o sea, a la manera de lo que se encuentra disperso en ninguna parte.

Pero en realidad se halla en todas partes. Benedetti supo ser certero al decir que “el olvido está lleno de memoria”, porque ese ninguna parte neblinoso somos exactamente todas las personas. Es nuestra interioridad el territorio donde habita la memoria colectiva, tomando posición en las relaciones que como seres sociales somos capaces de desarrollar en convergencia con otras subjetividades, otredad con la que compartimos un pasado común. Evidencia de ello son los movimientos sociales, fuerzas que acercan al presente huellas de las luchas vividas antaño, ancestrales incluso, generación tras generación, durante el extenso camino reivindicatorio de la dignidad humana.

A partir de esas nociones en tensión con el actual suceso del negacionismo y crueldad que trae consigo la arremetida de la ultraderecha en América Latina, actualizar el pasado es una urgencia en cuenta regresiva. Sobre todo en contextos como “nuestra” democracia chilena, sometida a la inmutable constitución dictatorial de un Estado que vulnera intensamente los Derechos Humanos a tal velocidad, que rápidamente vamos olvidando todo lo que acontece. No es casual ese olvido. La borradura de la memoria en la cultura neoliberal del deshecho está modelada por estrategias conjuntas del poder político empresarial que persigue el objetivo de confinarnos a la soporífera ignorancia, porque separadas allí las personas nos convertimos en individuos maleables aun cuando, en esencia, somos seres conscientes.

Situando esos pensamientos en el campo cultural y los imaginarios que produce la representación artística, el programa de educación no formal “Activa tu Presente con Memoria” gesta su tercer ciclo testimonial de apreciación artística y memoria colectiva en Concepción, con el propósito de reunir a 18 artistas e investigadoras invitadas a reflexionar sobre ese constructo en resonancia con sus propias experiencias creativas ligadas a la danza, teatro, patrimonio, psicología, archivo, barrios, arte sonoro, entre otros ámbitos compartidos mediante la conversación abierta con la audiencia participante.

Así, el ciclo da paso a contenidos híbridos dispuestos para suscitar el interés en conocer el testimonio artístico, por ejemplo, de la dramaturga Gisel Sparza que cultiva un teatro documental con eco del pasado reciente en la región; voces de las comunidades que están creando sus propias representaciones sociales, como Pricila Hernández en Población Aurora de Chile; la protección del patrimonio de los barrios que impulsa la periodista Mimi Cavalerie; investigación etnohistórica como la desarrollada por Esperanza Rock en la ciudad de Lota; nuevos archivos para las artes visuales que genera desde el periodismo la investigadora Paulina Barrenechea; experimentación de arte medial, con la colectiva AOIR, Laboratorio Sonoro.