Pónganse una mano en el corazón, o donde mejor les parezca, y díganme, ¿alguien realmente cree que Gabriel Boric, el diputado Gabriel Boric, la persona Gabriel Boric, avala el asesinato como estilo de resolución de conflictos, como modo de lucha, como escarmiento, o como lo que sea? Estoy hablando del Gabriel Boric que conocimos durante las protestas estudiantiles: un muchacho perseverante, coherente, corajudo, como los dirigentes y todos los que integraron el movimiento estudiantil que reivindicaba su derecho a la educación. Hablo del Gabriel Boric que, consistente con sus convicciones, al terminar la educación por la que seguramente tuvo que pagar hasta las ganas, como establecía y sigue estableciendo este sistema opresor y podrido, decidió perseverar en el afán de impulsar el cambio social que había comenzado siendo estudiante universitario. Es decir, hablo de un hombre que decidió vivir en consecuencia con el compromiso político que había asumido en una etapa de su vida, ahora trabajando desde otro ámbito.

No quiero ni imaginar la constante tensión que significa para un político consecuente moverse dentro de la podredumbre que reina en la mayor parte del parlamento y de la llamada “clase política” en general. Significa moverse en un entorno más adverso que ningún otro, intentando cumplir con honestidad una labor que, en tal caso, implica desempeñar el rol de pulga en la oreja para esa pila de viejos politiqueros duchos que ocupan un asiento en el Congreso ─y otros no tan viejos, pero igualmente duchos, por herencia─, y de piedra en el zapato para los frescos (omito frase adjetiva para evitar grosería) que sólo van a calentar el asiento o, simplemente, prefieren dejarlo desocupado, mientras se van a disfrutar dietas, viáticos y todo lo que tenga olor a billete.

¡Ay, qué horror! El diputado se ríe del estampado de una polera. ¿Con qué cara le condenan una instancia de merecida distensión a ese hombre, que lo único que ha hecho es comprobar su coherencia política? Poco atinada su reacción a la polera desde un punto de vista estratégico, sí; dado el contexto que describo, por aquello de que “la mujer del César etcétera”. Efectivamente, desafortunadamente, torpemente, el diputado Boric cometió un error, causado por su honestidad, la invitación a un momento lúdico, y su falta de experiencia en las normas que rigen el desempeño en laberintos de cloaca. Pecó de inexperto. Se le salió una reacción humana: la risa. No supo desenvolverse con suficiente destreza en un ámbito que requiere la máxima de las cautelas, donde todos están al cateo’e la laucha, a ver si le pillan una yayita al que no tiene pelos en la lengua, para sacarlo del medio. Porque allí la honestidad no tiene cabida, la humanidad no es pertinente; sólo lo es la estrategia.

Pero Gabriel Boric, como cualquier persona comprometida con la sociedad, respetuosa de los otros seres humanos, y en proceso de crecimiento, asume los desproporcionados costos de su metida de pata, reconoce su error y extrae de allí un aprendizaje. No ocurre lo mismo con otros parlamentarios, como el diputado Urrutia, que tiene la desfachatez de hacer una apología de la dictadura, tildar de terroristas a los exiliados y denostar a Salvador Allende. Y más encima se vanagloria de sus comentarios desatinados. ¿Acaso eso no es, mínimo, una extrema falta de respeto? En todo caso, hay que concederle que al menos es honesto; a diferencia de muchos otros, que apoyaron la dictadura y hoy “reniegan de su pasado”, como dice.  En eso coincidimos: muchas veces he llegado casi al vómito al ver ciertas caras contritas pidiendo perdón.

Que no me venga a decir la vocera de gobierno que ellos, eso que llama “centro derecha”, siempre han defendido, “donde sea y en toda circunstancia” (algo así fue lo que dijo), los derechos humanos. ¡Con qué ropa! Y lo más indignante, sale un PPD y se agrega a la condena ¿tiene algún tipo de Alzheimer o demencia senil la centro “izquierda”? ¿Es que todos esos “centrales” se pusieron de acuerdo para, entre otros asuntos rentables, perder la memoria? ¡Cómo tan caraduras! (Como dije, no quiero incurrir en lenguaje soez; aunque ganas no me faltan). ¿Olvidaron, todos juntitos como hermanitos que son, el irrestricto apoyo de la derecha ─centrada o no─ a Pinochet y su dictadura? ¿Tan viejos están que olvidaron también quién impulsó el golpe de estado? ¿Olvidaron los asesinatos? ¿Olvidaron la tortura? ¿O creen que los torturados y los asesinados de la izquierda anterior a la denominación de “centro” no son humanos? ¿O es que su humanidad es distinta de la que cabe en su concepto de “derechos humanos”?

¿Dónde queda nuestro “ni perdón ni olvido”, señor PPD? ¿En su demencia senil?

Si hablamos de falta de respeto a los muertos y su familia, ¿no es más irrespetuoso aprobar medidas que redundan en la impunidad de asesinos y de responsables de hacer desaparecer a miles de personas? ¿No es irreverente referirse a Salvador Allende como “un cobarde que se suicidó”? ¿O acaso  Jaime Guzmán y familia merecen más respeto que los familiares de detenidos desaparecidos? Acaso se deba a su estatus de ideólogo de la constitución de la dictadura que aún nos rige, ésa que cambian con toda rimbombancia y “en la medida de lo posible”.

De nuevo pónganse la mano donde mejor les plazca y piensen, ¿nunca se han reído al ver una caricatura o un meme de tal o cual personaje, vivo o muerto? ¿No encuentran que provoca en el ánimo humano una cierta levedad, necesaria? Claro que lo han hecho, estoy segura, y también todos los gubernamentales, los dizque opositores, y los de todos los centros, de más allá o de más acá; sólo que tras bambalinas. Porque en el escenario hay que mostrar otra cara; esa cara solemne, pletórica de respeto al prójimo y a todos los caídos sin distinción, con la boca llena de palabras manoseadas con manos indignas, que chorrean “conciencia social” y “respeto a los derechos humanos”.

Creo que, en este contexto político, la única esperanza, si es que hay alguna, está en los jóvenes. Y por otra parte, soy una convencida de que lo único que salva en esta vida es el humor. ¿Qué sería de nosotros sin juego ni risa?