No era de extrañar que pusiéramos el grito en el cielo al enterarnos de un anteproyecto de ley que pretendía rebajar la edad de consentimiento sexual a tan solo los doce años. Inevitable fue recordar los patriarcados más crudos, aquellos en los que aún existen “las niñas novias”, cuya noche de bodas consiste en una brutal violación legal. Sobre una niña palestina de ocho años, forzada a contraer nupcias con un despiadado hombre de 40, escribe Victoria Herreros en su poema “Rawan”: “Y para cuando termine la noche/ despertará a su lado/ una mujer sangrando la infancia/ herida, desnuda y niña/ que querrá morir/ si es que sobrevive”.

Geográficamente más cercano, se me vino también a la mente el caso de Belén, niña de tan sólo once años de edad, embarazada producto de reiteradas violaciones de su padrastro. Reviví la pantalla del televisor reproduciendo a Sebastián Piñera, en su primer mandato, orgulloso ante esa niña que hubo “decidido” tener al bebé. Me impactó tanto la noticia que anoté una cita textual de la niña: “Será una muñequita/ la acunaré en mis brazos”. Y añadí por mi parte: “Si es que me vuelven a crecer/ jugará bajo el agua con las niñitas muertas que dejaron los abortos clandestinos/ o los partos auspiciados por el ministerio/ o el sacerdoci (…)”.

Esos versos serían parte del poema “País de Incestos”, incluido en el libro Esperpéntica, recién salido de imprenta. Discúlpenme la autorreferencia, pero no puedo evitar mencionarlo, porque ese libro inicia con ese poema escrito el año 2013, justamente a raíz de esta noticia que quiero evocar acá, porque creo que tal vez nos dé luces sobre el escenario actual (no justificar, sino simplemente entender el razonamiento que podría haber detrás de la mencionada idea de rebaja del consentimiento sexual, que atenta contra toda lógica de protección de la infancia).

Cuando la violación genera un embarazo y la sociedad obliga a esa mujer, adolescente o incluso niña, a parir, la violencia cobra todavía más fuerza y dramatismo, como en el mencionado caso de Belén. Entonces no existía aún la denominada “ley de las tres causales” y no se podía ni pensar en aplicar la causal de violación para permitirle el aborto, en el supuesto de que ella así lo hubiera querido. Hoy las cosas podrían ser diferentes. No obstante, conforme a la idea de rebaja del consentimiento, en un futuro hipotético podríamos tener a una Belén de 12 años, a la que no se le podría permitir un aborto, porque la justicia no entendería como “violada” por su padrastro, sino solo “abusada por su falta de madurez”, madurez que paradójicamente algunos alaban (solo si “decide” parir). De ahí que resultara tan sospechoso el referido anteproyecto, ya que podría haber generado que a las menores de entre 12-14 años se les dificultara, en la práctica, invocar la causal de violación para abortar, y se vieran obligadas a parir a causa de la violencia institucional, estatal, normativa. Afortunadamente, desde ya, el propio gobierno ha debido quitarle el piso a la idea, ante el firme grito en contra de la ciudadanía.

En el crudo poema “Misterios Dolorosos” del libro Hijos de la poeta chilota Rosabetty Muñoz, sobre un doloroso caso de embarazo producto de una violación, podemos leer estos impactantes versos: “La oímos gritar que la dejen morir/ la oímos repetir con gesto agrio/ que no es suyo eso que le crece dentro”. Sobre las violaciones que se cometen específicamente contra las niñas por parte de sus progenitores, existen poemas en casi todas las antologías de poesía antipatriarcal a las que he podido acceder; pues, al parecer, lamentablemente, es más común de lo que nos gusta pensar. Así, Karen Devia, en su poema “Obis pacem peccata mundi (…)”, escribe: “En el nombre del padre incestuoso, el hijo huacho, y cada uno de mis clavos/ amén (…) porque el padre de mi madre es mi padre/ porque hay un espectáculo/ en la pater pupila infecta”; y Amanda Durán, en el poema Misa para señoritas”: “Perdida -como su madre-/ huele a baño y cloro huele/ a reina de bastos placer/ de callecita oscura/ hija ilegítima/ error perfecto/ en el nombre del padre/ y en tu vientre”.

Ambas poetas evocan a las hijas guachas de las hijas ilegítimas, una eterna cadena de mujeres abusadas por sus padres; cadena que las hablantes se disponen a romper con sus vidas. A través de los poemas citados, se da cuenta de casos reales en los que se ha obligado a niñas y adolescentes —violadas por sus padres, abuelos o padrastros—, a parir a sus hermanastros predestinados al Sename, donde probablemente continuará la cadena de abusos y violencia de todo tipo.

Desde la ley de las tres causales, al menos, estos casos encuentran una salida al horror vivido por estas mujeres a tan temprana edad, y el infortunio y precariedad que, de lo contrario, muy probablemente les esperaría a sus bebés. No obstante, falta mucho. Y mientras no exista pleno respeto a la autonomía sexual y reproductiva de las mujeres, miraremos con legítima desconfianza cualquier proyecto que pretenda restringir la tipificación de la violación; más aún si el sujeto pasivo es menor de edad. Máxime, si tal texto proviene de comisiones integradas exclusivamente por varones, obviando que la temática afecta mayoritariamente a la población femenina. No es nuestro lo que quieran que nos nazca por fuerza.


Poeta, abogada y editora