Víctor Espinoza (35), está en el medio del mundo editorial, con un libro a punto de lanzarse sobre su obra, con un conjunto de dibujos para un libro sobre cine, y con los dibujos para una reedición del clásico Benito Cereno de Herman Melville.

Me recibe en su taller, adornado por telas que cuelgan de las murallas, por hilos y telas desparramadas por todo el lugar y por un retrato de Freddy Krueger. A Víctor lo conocí porque me vendía películas pirata, labor que desempeñaba más por gusto que por necesidad, hasta que fue detenido por la policía. Ahora, lo miro bordar con la calma y cariño de quien remenda las ropas de sus hijos.

 ¿Siempre tu trabajo ha estado relacionado con el bordado?

 –Yo siempre quise ser pintor, pero en la universidad ya me interesé por el bordado. Mi primer gran trabajo de bordado fue para una exposición colectiva que hice por el año 2008 en Matucana 100. Esa exposición se llama Cómo hacer de algo otra cosa.

Buen nombre de la exposición, ¿crees que tu trabajo consiste en, de alguna manera, hacer algo con otra cosa? ¿Crees que haces pintura, por ejemplo, con otra cosa, con hilo?

 –Sí, claro que sí. De hecho, como consumidor de arte, como consumidor de música que soy, trato siempre de buscar obras o artistas que sean un híbrido, que estén un paso adelante de aquello que están usando. Si voy a ver una película que se ofrece como comedia, me gusta que se le cruce un western y que termine siendo una película de terror. Me gusta que las obras pierdan el hilo… Aunque yo trabajo con hilos (risas). En lo híbrido se sitúa todo mi trabajo…

¿Dónde está ese híbrido en tu trabajo?

 –En los hilos. Porque de por sí los hilos son como una línea viviente. Yo partí por ahí, delineando los dibujos que hacía, delinear con hilos, hasta que pensé que podría pintar con esos hilos. Empecé a desplazarlo a la pintura, desde el dibujo, y luego terminé casi exclusivamente al bordado. Porque el bordado es un híbrido entre la pintura y el dibujo.

 Pero tu tradición del bordado es diferente de la tradición más clásica que uno puede hilar desde Penélope hasta Violeta Parra, ¿te sientes heredero de esa tradición del bordado más clásica?

 –Yo creo que mi obra es diferente, porque ese tipo de obras es más ordenado, sigue ciertos patrones y reglas más definidas por la misma tradición. Lo mío, en cambio, es mucho más cambiante, es menos académico, porque mis obras pueden parecer tapices, pero no siguen un sistema de puntos. Yo sólo me sé el punto cruz y el medio punto cruz: hago treinta líneas para la derecha, treinta para la izquierda, y luego decido hacer otra cosa, le pego un pedazo de género y después lo rayo.

 ¿Y crees que esa especie de rebeldía con la tradición te sitúe en un lugar que incomoda? ¿Sientes que tu obra incomoda a cierto espacio en el ámbito artístico?

 –No sé si mucho, porque yo no he dejado que me pongan mucho en tela de juicio (risas). Trabajo con telas e hilo, hago bordado, y con eso muchos no saben dónde encajar mi obra, si pintura, textil, instalación (porque mis obras son grandes), o incluso escultura, por la acumulación de material. Pero no me he expuesto mucho a ese tipo de juicios porque no postulo a fondos públicos, intento mantener mi independencia. Y eso tiene que ver con mi experiencia en la Universidad Arcis.

¿Qué tipo de críticas te hacían ahí?

 –Bueno, yo entré el 2004, con una prepotencia y una fuerza de convertirme en artista lo más rápido posible. Mis referentes eran Gerhard Richter, Egon Schiele y Luc Tuymans, y en Arcis me di cuenta que primero tenía que subir una gran montaña de conocimiento académico para luego hacer lo que me gustaba. En el fondo me gustaba el arte que parte desde la imagen, de esas imágenes mal sacadas, de esos errores, de esas imágenes fallidas, desde el cine. Me gusta la relación entre el cine y la pintura, que yo creo que se encuentra en lo que hago.

Y bueno, esta relación entre el cine y la pintura no la podía explotar con las exigencias de la academia, porque lo que yo hago es calcar las imágenes. Yo calco y luego bordo, entonces el dibujo más clásico y con mediciones de varas, de dibujar con reglas, no se me daba.

 Esa relación entre el cine y la imagen, ¿crees que tenga algo de política, que sea una relación que levante algo en el plano de lo político?

 –Sí. De hecho eso es lo que me decían en la Arcis, porque yo estuve ahí en un período súper político de esa universidad, fue el período en el que vino Derrida, incluso. Y claro, el bordado en relación con el cine se presenta como una cuestión política porque cuestiona las maneras en que uno hace lo que hace. Por eso me gusta el cine de Michael Haneke, de Lars von Trier, o incluso de Martin Scorsese. En esta película, El rey de la comedia (1982), Scorsese muestra la locura de un comediante frustrado que quiere a toda costa hacer algo con Jerry Lewis, entonces lo secuestra a cambio de que aparezca en su programa animando. Esas rupturas entre violencia y comedia me gustan mucho, y es lo que intento hacer con mi obra: cómo algo tan hermoso como el tejido, puede ser violento.

¿Y el hacer bordados no te ha producido algún tipo de discriminación en la industria del arte? Me imagino que pueden ser discriminaciones de tipo académico, pero también desde un punto de vista patriarcal porque el bordado se asocia a lo femenino

 –Sí, o sea a mí no me consideran un artista tradicional, porque no pinto. Pero sobre lo otro, sí, de hecho un profesor alguna vez me dijo que haciendo bordados me estaba convirtiendo en una vieja, que lo que hago es arte hecho por viejas. Pero bueno, yo entiendo que eso proviene de un espacio súper estructurado y cerrado que trata de impedir lo nuevo y lo híbrido, y que era fuertemente machista.

Ahora, esto que es novedoso termina convirtiéndose en algo mainstream, en algo que es parte de la industria, como lo que hace Thom Yorke con Radiohead, que escucha cosas underground para luego él convertirlas en algo comercializable. Espero que el bordado sea mainstream en algún momento (risas).

Ahora se lanzará un libro que se hace cargo de reunir tu obra. Este libro, titulado It’s Alive (Pólvora Editorial, 2019) escrito por Felipe Baeza contiene imágenes de tus obras. ¿Cuál es el lugar de tu obra en este libro?

 –Bueno, yo conocí a Felipe porque le gusta el cine de terror y alguna vez entré a su pieza y él tenía una garra de Freddy Krueger original. Yo cuando chico me intenté hacer una garra de Freddy con plástico, pero me terminé rompiendo la mano con plástico. Y bueno, con Felipe compartimos eso, además que nacimos el mismo año, entonces compartimos mucha cultura pop. Entonces, lo que hace Felipe con el libro es relatar de manera biográfica el Chile de los 80 y 90, a partir de la cultura pop y la TV, para ir analizando mis obras. Relata el Chile que nace con la llegada del neoliberalismo, para luego llegar a la sociedad más cercana a la nuestra, todo de la mano de mis obras.

¿Y qué te parece que haya un libro que rescate tu obra? ¿Crees que el libro pueda influir en tu obra?

 –Claro, las obras se relacionan entre ellas. Lo bacán de la escritura de Felipe es que hace constantes referencias a la cultura de masas y la historia del arte, a fin de analizar mi obra, pero no usa mi obra como ejemplo, o como simple ilustración.Eso es lo que me gusta de la relación entre el arte y los libros, ¿cómo pensar el arte más allá de la simple ilustración? Que eso es algo que estoy trabajando también para otro libro que será publicado por El Desconcierto, donde hago 30 dibujos para relacionarlos con 30 textos sobre cine. En ese caso, mis dibujos no refuerzan los textos, sino que producen una obra aparte, una especie de película aparte. Será un año de libros, entonces. (Risas) Hay que perder el hilo a veces.

Gracias, Víctor. 

-A ti.