Todos tenemos un nombre y apellido. El apellido es algo que nuestros padres no pudieron elegir darnos, ya que ellos también lo recibieron con cierta imposición. No pueden hacer más que transmitirnos esa marca que establece un linaje.

El apellido siempre produce algún efecto en quien lo porta. A veces se lo padece, otras se le responde irónicamente, como algunos casos graciosos lo demuestran: por ejemplo, hace unos años hubo un prestigioso pediatra de apellido Garrote, como también existió un abogado llamado Travieso. En fin, el apellido es una marca simbólica –a veces parecida a las marcas comerciales– que implica pertenencia, cierto estatus (o pérdida del mismo), honor o vergüenza. Una especie de sello que nos inscribe en una genealogía.

Muchas escenas cotidianas de la Casa del Encuentro sirven para ejemplificar el efecto del apellido. Es parte del encuadre que, al llegar a la Casa del Encuentro, los nombres de niños y niñas son escritos en una pizarra, junto al del adulto que los acompaña. Una mujer que asiste con sus dos hijos a la Casa del Encuentro desde que estaba embarazada del menor nos relataba que pensaba en inscribir bajo su apellido a sus dos hijos, y no usar los de sus respectivos padres, para que no quedara duda de que eran hermanos. Una vez que nació el bebé que esperaba, nos pidió que pusiéramos el nombre de cada niño y sólo la inicial de cada apellido, ya que ambos comenzaban con la misma letra, como una forma de cancelar esta diferencia. Otras veces son los mismos niños y niñas que dicen el apellido de sus hermanos, y sus madres los corrigen.

La pizarra ha sido entonces la fuente de diversas conversaciones en torno a diferentes tipos de filiaciones. Algunas cuidadoras que dicen ser abuelas o madres aparecen, al escribir el apellido, con una filiación diferente, incluso con algunas que van más allá del apellido: las “madres del corazón”, como ellas se nombran. Y así como este vínculo es vivido con orgullo, hay diferencias que son planteadas, casi en secreto, con una cierta vergüenza y temor. Y es que en Chile el fantasma los huachos sigue acechando. Con dicho término se apela a los hijos sin padres conocidos. La palabra proveniente del quechua “huak’cho”, que significa animal que ha salido de su rebaño, fue también utilizada para denominar a quienes no poseían bienes. Ser huacho en Chile, se tornó un problema de identidad y de abandono, situación que tuvo una honda repercusión en todos los sectores sociales. Lo “huacho” es lo ilegítimo, lo desprotegido de las instituciones sociales tradicionales y de la ley civil, es decir, de un apellido.

Por otro lado, algo diferente ocurre con el nombre propio, no hay “huachos” de nombre, porque el nombre es la forma en que adquirimos cierta singularidad. Incluso es lo que sí pueden elegir los padres para recibir al hijo que llega.

Hay mil formas de pensar el nombre de un hijo. Hay quienes ya en su propia infancia pensaron que, cuando tuvieran un hijo, se llamaría de un modo u otro. Incluso entre jóvenes es común que, lejos todavía de planificar una descendencia, uno de los primeros juegos de quienes están de novios sea pensar nombres de hijos potenciales.

También es posible que el nombre surja como homenaje circunstancial a un miembro de la familia: están quienes llevan el nombre de los padres de los padres, el de un hermano, el un hijo que no pudo vivir, etc., y en todos estos casos se trata de que, a pesar de la transitoriedad, algo pueda permanecer. Otra vía habitual es la de los padres que a través del nombre proyectan en el hijo alguna referencia simbólica que quizá fue más importante que el propio apellido. Por ejemplo, uno de los hijos del músico Kevin Johansen se llama Tom Atahualpa en clara alusión a Tom Jobim y Atahualpa Yupanki.

Ahora bien, independientemente de las vías por las cuales se llega al nombre de un hijo, hay algo que es evidente: con ese nombre esperamos darle a nuestro hijo una identidad especial, queremos que ese nombre signifique algo que impacte en su destino, ya sea porque describa su forma de ser, un rasgo de su carácter, etc. Sin embargo, lo más hermoso es que el destino siempre juega a su favor y nos confronta con que a veces esos nombres son rechazados por los hijos, aunque también por nosotros mismos cuando surge el verdadero nombre de un hijo, que nunca es el que está en documento nacional o en el pasaporte.

Expliquémonos. Hace poco una mujer por la calle perseguía a su hijo (de alrededor de 6 años) que se iba detrás de un globo. Lo llamaba “Héctor”, hasta que por fin le dio alcance. Cuál no fue la sorpresa cuando, al llegar hasta su lado y tomarlo del brazo, le dijo “¡Ay Martincito, mi vida!” ¿Cuál era el nombre del niño? Esta secuencia recuerda otra, mucho más graciosa y divertida: la de una niña que se perdió en la playa  y cuando el guarda-vida le preguntó su nombre, ella respondió: “María Teresa, pero mis papás me dicen Lita”.

Estas dos anécdotas muestran que incluso junto al nombre oficial, poco a poco se empieza a desplegar, con llegada del hijo, un nuevo nombre, que ya no fue pensado, sino que nace del encuentro entre padres e hijos. Este nombre muchas veces tiene una primera aparición con el recurso al diminutivo (como en el caso de “Martincito” que, por lo visto, ni siquiera se llamaba Martín), aunque puede provenir de cualquier otro tipo de acontecimiento; no sólo cuando a un niño que nació más oscuro se lo llama –por ejemplo– “Negrito” (aunque con el tiempo su piel se ponga blanca como la leche), sino porque quizá hubo un día en que ocurrió cierta coyuntura y de ahí resultó el nombre que lo acompañará toda la vida. Es el caso de ese muchacho al que todos llamaban “Lío” no porque se llamara “Lionel” sino porque, de niño, en cierta ocasión, se mostró revoltoso en un restorán, a pesar de que –paradójicamente– después de ese día fue un niño de los más obedientes.

El nombre infantil, ese que surge entre padres e hijos, que desborda la marca del apellido, pero también el significado que los padres quisieron atribuirle con sus ideales, es el que más determina la vida de alguien. Es un nombre que nace un poco de la ternura y otro poco del azar. O como dice la canción de Jorge Drexler: “De amor y de casualidad”. Es el nombre que se jugará en los vínculos íntimos a partir de cierta edad. Al ser un nombre que nace en el seno de la familia, sin duda sufrirá una transformación con la búsqueda adolescente de la exogamia. Por ejemplo, muchos jóvenes sienten vergüenza del modo en que sus padres los nombran públicamente; por cierto, no pocos chistes suelen hacerse cuando se descubre la forma en que una madre (o un padre) en la intimidad del lazo filial.

Por eso, con el tiempo es preciso que también los hijos se separen (nos separemos) de ese nombre infantil, ya sea para transformarlo o incluirlo en otra serie de sobrenombres, nombres entre el grupo de pares o nombres amorosos. Así es como los jóvenes inventan todas esas nominaciones que exaltan algún rasgo físico (“Pailón”, “Cabezón”, etc.) y las parejas, esas tan cursis como encantadoras (“Bichi”, “Chuchi”, “Gordi”), que si un extraterrestre viniese a la tierra, es factible que se pregunte por qué en una relación erótica (nos) nombramos con términos tan horribles. Es porque, al igual que los animales que cambian la piel para poder crecer, necesitamos desprendernos de nuestros nombres infantiles.