Las administraciones municipales son la puerta de entrada de vecinas y vecinos al funcionamiento del Estado. Algunas veces son grandes puertas que evocan la diferencia de poder entre la elite política y el ciudadano. Otras veces son estrechas y frías ventanillas en la oficina de partes, donde se pierde todo intento de acercarse a la gestión municipal.

Algunos alcaldes enfocan sus esfuerzos en recursos, subsidios y ayuda material, para mantener contento a cierto y selecto grupo de votantes para que lo acompañen a todas las actividades, donde actúan prácticamente como un círculo de hierro que, en tiempo de campaña, saldrá a la cacería de votos para mantener y proteger a la administración que los ampara. ¿Cómo se manifiesta esta situación?  Veamos.

Estos “elegidos del alcalde” siempre son invitados a reuniones, cócteles, paseos y caterings. En un nivel más alto, les inventan “cargos sociales”, simulando que son líderes locales. Así, les financian actividades y entregan juguetes que la municipalidad compra en Navidad para que los repartan en sus poblaciones o simplemente llegan con una torta para el cumpleaños. También colaboran en los servicios fúnebres de un deudo o se dejan caer en algún matrimonio. En todos los casos, siempre se dirige a los mismos, su grupo selecto.

Este conjunto de gente cooptada son quienes defienden a los alcaldes, incluso ante la evidencia irrefutable de las malas prácticas. Pues bien: esto lo podemos ver en comunas como San Ramón, Lo Espejo o Pedro Aguirre Cerda.

En San Ramón, por ejemplo, tenemos a Miguel Ángel Aguilar (P.S.), un alcalde que probablemente no sea capaz de terminar su periodo edilicio por faltas a la probidad y situaciones que constituyen derechamente delito. Sin embargo, ahí sigue, blindado en ese apoyo que compró en base a malas prácticas, con la amenazadora certeza de que podría ser electo nuevamente.

En Lo Espejo, tenemos al Alcalde Miguel Ángel Bruna, símbolo del nepotismo y el abandono a la salud y educación, que ha ocupado todas sus malas prácticas para lavar su imagen luego del programa de TVN Informe Especial. Entre otras cosas, ha creado una serie de perfiles falsos en redes sociales para difamar públicamente al concejal Juan Zambrano y al dirigente social Rodrigo Tapia, quizás para jugar al empate o para restar credibilidad a las acusaciones en su contra. También ha interpuesto una serie de querellas en contra del mencionado Juan Zambrano, claramente a través de los abogados de la Municipalidad, afectando con ello el correcto funcionamiento de la Asesoría Jurídica de Lo Espejo. Por último, pero no por eso menos importante, pagó $16.518.000 al diario La Cuarta por una publicación de una plana para lavar su imagen. Muy de acuerdo con sus reprochables hábitos, lo hizo con fondos municipales.

En Pedro Aguirre Cerda, tenemos al alcalde Juan Evangelísta Rozas, con una situación un tanto diferente. Y es que las faltas a la probidad están en las licitaciones, en específico en las del Departamento de Cultura, donde se adjudican proyectos prácticamente a dedo. Allí se producen situaciones tan cuestionables como que el dueño de la empresa adjudicada es empleado del encargado de Cultura Municipal en una escuela de Teatro, situación de la cual tiene conocimiento el alcalde. Aún así, por meses hizo vista gorda hasta que el tema se socializó entre los vecinos de la comuna.

Para las vecinas y vecinos, la transparencia y la probidad son palabras lejanas y carentes de sentido. Les interesa que las cosas se hagan, que se construya la plaza, no importa si quien la construye es el primo del alcalde; que se haga la fiesta, no importa si quien la organiza es el empleado de quien debe adjudicar; que se limpien las calles, no importa que se pague sobreprecio en los contratos. Es la cara oscura de la pulsión por “hacer cosas”, ese lugar común del populismo alcaldicio.

Pero la realidad no tiene porqué ser así. ¡No da lo mismo! Cada peso que el municipio gasta mal, es un peso que falta para cubrir otras necesidades. Donde el primo construyó la plaza, otra empresa podría haberlo hecho en menos tiempo, más barato y de mejor calidad. Donde se hizo la fiesta, en vez de pagar $5.700.500, se podrían haber gastado $4.000.000 y con el $1.700.500 pesos que sobraban del presupuesto comprar un jugo y dulces a todos los niños que llegaron. Donde se pagó sobreprecio para limpiar la basura de las calles, se podría haber contratado aparte un servicio de retiro de escombros o de cuidado de las plazas y parques de la comuna.

La probidad y la transparencia en la administración municipal sirve para que los municipios gasten y gasten bien. Pero no hay ley que valga cuando los propios vecinos que son líderes sociales, se miran el ombligo y prefieren la torta de cumpleaños, aparecer en la foto con el alcalde y quedar como que ellos regalaron juguetes a los niños. Cuando se busca esto en vez de buscar un bienestar generalizado de toda la población, no hay ley ni fiscalización que valga.

Esta columna es una invitación a ver la administración municipal no como una bolsa de favores o de empleo, sino que como la puerta de entrada del vecino a la gestión y gobierno del Estado. Si tenemos administraciones municipales eficientes, eficaces, probas y transparentes, podremos transformar el país y mejorar sustancialmente la calidad de vida de millones de vecinos en nuestras comunas. La probidad no puede ser una especie de ruleta, donde por mero azar el alcalde puede o no ser honesto. Se trata de que sea la ciudadanía quien debe empoderarse para asegurar que probidad, transparencia y apoyo popular vayan de la mano. Las próximas elecciones municipales pondrán a prueba esta posibilidad, con candidaturas que sean capaces de “romper el estancamiento”, junto a vecinas y vecinos que acompañen el proceso activamente.