Pocos actores han tenido una trayectoria tan significativa como la de Humberto Duvauchelle ( 1929- 2019). Desde sus inicios en Concepción, luego formando parte del teatro experimental de la Universidad de Chile, hasta convertirse en el fundador de una de las compañías más exitosas de la historia del teatro chileno “La Compañía de los Cuatro”. Su historia, relatada por él en esta entrevista, da cuenta de extensas giras que los mantuvieron en itinerancia por más de 40 años entre América, Europa y Estados Unidos. Un artista activo, creador y gestor que dedicó parte importante de su tiempo también a la grabación de LP`s -long play- de difusión poética, participó en radioteatro y observó con mirada crítica el paso del tiempo, la política y las artes.

 – ¿Cómo fueron tus inicios?

-Comenzamos en Concepción con mis hermanos, actuando el barrio para vecinos, más bien sketch. Obras escritas por curas y monjas. De ahí fuimos contratados por el Teatro Universitario de Concepción, el “TUC”. Ahí pudimos trabajar en un gran teatro, pero era muy de élite, por lo que nos marginamos y creamos un teatro distinto. Con el tiempo nos vinimos a Santiago. Y acá entramos al Teatro de la Universidad de Chile, pero era muy difícil, porque en la “categoría A” estaban los fundadores del teatro, en la “categoría B”, estábamos los disponibles. Y la “categoría C”, eran los alumnos. Entramos a la “categoría B” y teníamos un sueldo más o menos decente para vivir. Héctor -mi hermano- hizo una carrera brillante con Agustín Siré, con grandes figuras. Ahí hicimos un poco de carrera, claro que fuimos autodidactas, formados al amparo de las grandes figuras del Teatro de la Chile, como Roberto Parada, Manuela Maluenda, etc. Eran casi 30 o 40 actores de planta, había administrativos, técnicos, músicos, era el teatro más grande de América Latina.

-¿Cómo fue ser dirigido por Víctor Jara?

-Fue muy linda la experiencia con Víctor. Hicimos dos obras con el, “Dúo” de Raúl Ruiz, que en ese momento era un muchacho completamente desconocido, saliendo del colegio. Eran dos obras muy breves, muy cortitas, llamadas “La Maleta” -que después fue una película- y “El Cambio de Guardia”.

Trabajamos con Víctor también en “Entretengamos al señor Slown” que fue un gran éxito. Víctor era buen compañero, buen director, para nosotros Víctor era tan buen director de teatro como cantautor.

En esta obra nos dábamos el primer beso homosexual del teatro, era 1967. El público se quedaba helado, era 1967, el público nunca había visto semejante cosa en el teatro. Fue extraordinario el éxito de esa obra.

Era muy estimulante trabajar con Víctor Jara, llegaba con ganas, contagiaba al elenco, era muy perfeccionista, tenía una idea muy clara de las obras, desde el punto vista de la obra. Nosotros crecimos muchos como actores con Víctor. Hacíamos doce funciones semanales en la sala PetiRex.

-El Golpe del 73 afectó de manera muy directa a la cultura y en especial al Teatro. ¿Cómo lo vivieron Uds?

-Vivimos una época lindísima que se acabó con el Golpe de Estado. El golpe nos hizo huir de la sala. En octubre del 73 fuimos a Concepción, nuestra ciudad, pensando que ahí era posible trabajar sin la tensión tremenda de Santiago. Y llegamos a Concepción y era una fortaleza, había carabineros cada 30 o 40 metros, rodeados del ejército, con tanques, tanquetas. El público del teatro huyó, se escondió.

Hicimos una obra de teatro que se llamaba “Hagamos el amor” de Villarroel, cantábamos en el escenario “Gracias a la Vida” e invitábamos al público a cantar, teníamos 30, 40 personas en una platea de 600, fracaso total. Quedamos debiendo plata al teatro. Fueron momentos muy tensos. En vez de trabajar ahí cinco días, la Junta (Militar) nos permitió trabajar solamente dos y el día del debut nos pusieron a un representante del ejército en primera fila, para anotar cualquier cosa que nosotros dijéramos inconveniente u ofensiva a los militares. Invitábamos al público a cantar y nadie quería hacerlo porque estaban asustadísimos, no se podían comprometer con lo que veían en escena, pero igual se quedaban al final para saludarnos.

Quisimos quedarnos para hacer más funciones, pero al final el representante del ejército exigió que nos liquidaran (los dineros) esa misma noche de domingo y al día siguiente nos conminaron a que tomáramos el primer tren a Santiago y si no lo hacíamos nos íbamos detenidos a la Isla Quiriquina. Fue una situación muy tremenda.

Volvimos a Santiago muy fracasados, en todo orden, amenazados, vilipendiados, echados de nuestra ciudad, debiendo plata. Llegamos a Santiago y fue muy desastroso porque nos obligaron a volver a hacer teatro y nosotros no queríamos colaborar de ninguna manera con la Junta Militar, así que empezamos a idear como salir del país. Por supuesto nos rechazaron las visas, pero logramos irnos a Lima.

Ahí trabajamos muchísimo en una sala muy linda, muy apoyados por los artistas y el público de Perú, se portaron maravilloso. Éramos siete, Héctor Duvachelle, Orietta Escámez, Edmundo Villarroel -el dramaturgo-, Jorge Rebel -el músico, un escenógrafo y yo. La verdad es que llegamos a Perú y fue fantástica la temporada, pero al mismo tiempo era terrible ver a decenas, a cientos de chilenos que llegaban escapando, llegaban al teatro a ubicarnos como compatriotas, nos pedían dinero, apoyo. Terminábamos la función a las doce de la noche, salíamos al foyer a medio iluminar y ahí estaban esperándonos, gente durmiendo en los sillones, mamás con sus niños, todos chilenos que pedían apoyo. Abrimos una cuenta en una chifa de la esquina, unos chinos muy buena persona, comían ahí unas 25 personas, pagábamos unas cuentas kilométricas. Llegó un momento en que no alcanzábamos a pagar los gastos nuestros como compañía, pagar hotel y comida, más ayudar a los chilenos que llegaban a pedirnos apoyo. Pero pudimos hacerlo. Tuvimos que reunir plata para irnos. Llegamos finalmente, después de mucho tiempo, a Caracas. Esa fue nuestra salvación.

La prensa venezolana nos conocía, habíamos estado en Venezuela. El público venezolano fue cordial, cálido, generoso. Nos cambiaron de nombre, en vez de “Compañía de los Cuatro de Santiago de Chile” que era enorme, nos pusieron “Los Cuatrico de Chile”. Recorrimos todo el país, hasta la selva. A poco de llegar recibimos un llamado de la Armada de Venezuela y estábamos asustados, sobresaltados. Nos preocupó. Un almirante nos llamó a una entrevista y fuimos. Era para contratarnos para hacer unas funciones programadas por la Armada a puestos indígenas del Orinoco. Insólito. Fue una experiencia irrepetible, inmensa, bellísima. Nos presentaban a un público tan heterogéneo. Y claro que encontramos un chileno… un señor que vendía pequenes y empanadas, con un guardapolvo blanco, un chileno metido en la selva. Tenía un canasto de la ligua. Recorrimos Venezuela entera.

-Para ser una compañía itinerante, era necesario que fuera pequeña…

-Claro. Éramos una compañía pequeña. Antes del 73 en Chile, planificamos una gira desde Buenos Aires hasta Estocolmo, tremendo brinco que dimos. Recorrimos Estados Unidos, trabajamos en el Off Broadway en Nueva York, también en Francia, en la sala Richeliu de París, y actuamos como los únicos invitados del Festival de Strindberg dedicado a su gran dramaturgo August Strindberg en Estocolmo. Actuamos la obra “Los Acreedores”. Fue una experiencia muy linda. Treinta años de gira.

– ¿Qué pasó con Héctor, su hermano?

-En 1983 mataron a mi hermano la noche de navidad, como a las dos de la madrugada. Una desgracia muy grande que no logramos olvidar todavía. Extrañamos tanto a Héctor, con toda el alma. Héctor era un personaje insólito, además de un gran actor, era el diseñador de escenografía, con una habilidad manual enorme. Construyó todos los instrumentos para la obra “Orquesta de Señoritas”, contrabajos, flautas traversa, las sillas de la época, en los talleres del Ateneo (teatro en Venezuela). ¡Era extraordinario! Nunca tuvimos que arrendar ninguno de los ocho instrumentos de la obra, los construyó en cinco meses. Era un lutier y eso el público no lo sabe. Lindos momentos vividos en aquella Venezuela democrática. El público nos quiso mucho.

-Muchos actores pudieron volver a Chile a mediados de los 80, en una época muy dura en términos de represión ¿Cómo fue ese retorno?

-Volvimos en 1984 y a mí me contrataron de la Universidad de Chile mientras estaba en Venezuela. Tuve la suerte de volver a Chile contratado como actor, pero todo había cambiado, los grandes actores habían muerto, desaparecido, hablo de María Cánepa, Roberto Parada. Era otra atmósfera distinta que no me gustó mucho. Seguí como profesor en la Chile, pero renuncié como actor. Entremedio me separé de Orietta y nos reencontramos para rehacer la “Compañía de los Cuatro”. Fue extraordinario hacerlo porque incluso hoy estamos en varios proyectos, uno de Neruda que tenemos aprobado por el Consejo Nacional de las Artes, Culturas y el Patrimonio, se llama “Neruda y sus Musas”. Hemos hecho “Borges frente a Borges, “Una mujer llamada Gabriel”, hicimos un espectáculo sobre el Quijote de la Mancha, desapareciendo un poco de la cartelera de Santiago -nadie nos ve-, pero estamos trabajando constantemente en la Quinta Región. Estamos trabajando duramente. Además, sigo como profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y en la USACH. Eso me evita hacer televisión.

– ¿Qué cátedra hace en la Universidad de Chile?

– Hago expresión oral para los alumnos de Derecho, en grupos de 30 o 40, en la Usach tengo 107 alumnos. ¡Me fascina la docencia! Y lo demás ha sido dedicarme en los últimos 40 años a la difusión de la poesía con “La noche de los poetas”, con Mario Lorca, con Juan Carlos Leal.

-La noche de los poetas es un clásico…

-Sí y la haremos pronto en Concepción, invitados por la Universidad Católica. La difusión de la poesía nos satisface, nos justifica como actores. Es un programa que ideamos hace mucho tiempo y que funciona. No sólo desde el punto de vista de la entretención, sino desde el contenido. Tocamos a varios poetas y contamos historias divertidas, graciosas y se crea una comunión muy linda con el espectador.

-¿Cómo es la relación de Chile con el teatro?

-El teatro tuvo una importancia muy grande en el momento de la dictadura, se producía una complicidad entre los actores que no podían decir algo muy comprometedor y el público que entendía de todas maneras, cómplices. El teatro se mostró distinto, en su más amplia concepción didáctico-pedagógica, con un compromiso político muy fuerte contra la dictadura. El teatro de hoy se ha dispersado, se ha abierto a la comedia fácil, el chiste fácil, se ha vuelto muy superficial, un poco banal.

-¿En los últimos años han aparecido obras de autores primerizos, pero que ha pasado con los clásicos o los nuevos clásicos?

-Exacto… el teatro de Arthur Miller, Chejov, que es el gran teatro que ha estado ausente y que era la base esencial del teatro experimental de la Universidad de Chile durante muchos años. Aquella experiencia de Víctor Jara y mía con la Universidad de Chile, aparte de lo formativo, fue fundamental porque fuimos partícipes del momento más importante, más brillante del teatro chileno y éramos actores jóvenes de ese teatro. Fue vital, en definitiva. Logramos tocar el cielo con las manos.

-¿Y qué sigue ahora?

-Pienso volver al teatro. Estoy buscando una obra que me lo permita. Cuando uno envejece no es fácil encontrar personajes que a uno le ajusten. Hasta los 40 o 50 años se puede, pero más mayor es más complicado. Espero encontrar la obra, estoy visualizando. Pero seguiré en la poesía. Eso sin duda.