Un nuevo espectro recorre Chile. El espectro de Kast. El progresismo quiere detener su avance, y, por un lado se obsesiona con sus declaraciones prestándoles oídos para “horrorizarse” y confirmar su supuesta fortaleza moral o bien asumiendo un silencio, nuevamente para confirmar tal ilusoria fortaleza. O bien hablar indiscriminadamente de Kast o no hablar de él, o el grito del escándalo o el silencio forzado. El progresismo no sabe qué hacer con su espectro que, hable de él o se niegue a hacerlo parece que éste último siempre triunfa. He aquí el síntoma de la cuestión: afirmarlo y negarlo parecen ser dos movimientos de una misma actitud: que, más allá de su moralismo rampante, el progresismo agotó enteramente su proyecto político.

El espectro de Kast acompaña al progresismo como su sombra. Al mirarse al espejo el progresismo ve a Kast, cuando come traga Kast, cuando bebe toma Kast, cuando va al baño, caga Kast. Kast se ha convertido en su espectro preferido. Monstruo contra el que puede jugar a ser el defensor del mundo, gracias al cual aún puede ilusionarse con ser el “bueno” de la película.

Más allá de la persona Kast, se trata de su espectro. Y en él, la condensación de aquello que el progresismo no quiere ver: que el consenso liberal de corte finisecular en el que convergió la derecha y la izquierda está exhausto. Agotado en sus posibilidades experimenta el hundimiento sin retorno de su relato. No hay más fábula que contar, ni optimismo con el que despertar. Al abrir los ojos, sólo Kast espera con su sonrisa. Y lo hace porque en el vaciamiento de las narrativas el “kastismo” surge como el síntoma de tal vacío, el relato en medio del fin de todo relato. En la suspensión de toda narrativa, el “kastismo” dejó de pertenecer a Kast. Es la implosión de todo relato, sobre todo, la diseminación de aquél relato transitológico en el que convergieron el conservadurismo y el progresismo neoliberal desde fines de los años 80, gracias al pacto consensual cupular. Tal convergencia destruyó la democracia y, en ello, abrió el campo –fue su condición de producción- para el “kastismo”.

Pues mientras el conservadurismo neoliberal decía defender los valores morales blindando a Pinochet y su legado, el devenir del capital financiero le impulsó a ir más allá de sí mismo, matando a la figura de Pinochet en preciso momento en que su “modelo” se profundizaba. Y, mientras el progresismo neoliberal defendía la democracia, la igualdad y los derechos humanos, abrió las condiciones del capital financiero que terminó potenciando a los mismos poderes fácticos que él mismo –ilusoriamente o no- pretendía neutralizar. Ambas coaliciones fueron pinochetistas a su modo: la modernización neoliberal fue la réplica infinita del Golpe de Estado de 1973. Como tal, dicha modernización –para llamar con la elegancia sociológica aquello que debiera denominarse simplemente “catástrofe”- llamó “democracia” a la consolidación de un nuevo Pacto Oligárquico. Como tal, dicho orden no hizo más que horadar la posibilidad misma de la democracia, articulándose en la ficción de una fábula que decía: si se transgrede esta democracia “en la medida de lo posible” –tal como habría sucedido en la Unidad Popular- pueden volver lo militares o pueden huir los empresarios. Ambas coaliciones tuvieron el mismo discurso, contaron la misma fábula. Para ambas el verdadero enemigo habría sido la Unidad Popular. Un movimiento de verdadera transformación histórica y política frente al que el nuevo Pacto Oligárquico firmado en el plebiscito de 1988 y consolidado en las reformas constitucionales de 2005- pretendía poner a raya. Por eso, lo que se llamó “democracia” no fue más que un Pacto Oligárquico que terminó beneficiando a los mismos grupos económicos impulsados durante la dictadura. La “democracia” se volvió cada vez más securitaria, cada vez más una técnica de gobierno que producía temor, en orden a favorecer a la oligarquía militar-financiera que, repartiendo el botín entre tres o cuatro familias, horadó la idea y posibilidad misma de democracia. Ambas coaliciones consolidaron el poder de dicha oligarquía y, por tanto, ambas coaliciones impidieron a toda costa la posibilidad de la democracia que, de realizarse, podría reeditar el mito de la Unidad Popular, verdadero enemigo de la “responsabilidad”, “seriedad” y “gobernanza” neoliberales característicos del Chile actual.

Tanto el conservadurismo neoliberal como el progresismo destruyeron lo que profesaron y, en ello, destruyeron la “posibilidad” en tanto promesa de futuro: en el fondo destruyeron la futurabilidad, a la posibilidad de proyectar un futuro. Frente al vaciamiento del Pacto Oligárquico de la transición, sólo ha quedado el kastismo. Y el kastismo no es una política definida por un personaje en particular, sino la situación política en la nos encontramos.

Por eso el gobierno de Piñera pretendió realizar una “segunda transición”, según la cual, así como Aylwin dio curso a la transición “política” que iría desde la dictadura a la democracia, Piñera pretende dar curso a la transición “económica” que tendría que transitar desde el estancamiento (Bachelet) hacia el crecimiento económico (Piñera). Pero tal “transición” no es más que la puesta a punto de las técnicas de gobernanza global del capitalismo neoliberal consistente no en fundar un nuevo pacto oligárquico (una nueva hegemonía), sino en no fundar ninguno y gestionar el caos, administrar vía excepción, gobernar el vacío (como diría Peter Maier). El neoliberalismo 2.0 no necesita discurso para implantarse. Puede adaptarse al “populismo” (la Argentina de Macri con su apuesta por lo “neoliberal popular”), al “militarismo” (Bolsonaro en Brasil con la idea de “Mi partido es Brasil”) o al “institucionalismo” chilensis (con la propuesta de una “segunda transición”).

Frente al carácter “posthegemónico” del presente, el progresismo no sabe qué hacer. Habla desenfrenadamente de Kast como su chivo expiatorio para su pobre tribunal moral, otras intentan silenciarle como la campaña que ha puesto en circulación el actor Pablo Schwarz. En cualquiera de los dos casos, el progresismo –así como el conservadurismo neoliberal tipo UDI- no tiene nada que hacer porque su proyecto político –si alguna vez lo tuvo- yace enteramente agotado. Esto explica que en las fauces del conservadurismo neoliberal el kastismo haya penetrado transversalmente a los dos partidos políticos, y esto también explica por qué el progresismo no sabe qué hacer, más que defenderse a la luz de un discurso que confirma que él es siempre el bueno: “Nosotros no somos como ellos” –dijo Boric, defendiéndose del ataque recibido desde la UDI después de haber exhibido la singular polera de un Jaime Guzmán baleado. En cualquier caso, el agotamiento del progresismo neoliberal –discurso que permea a otros actores como Boric que no necesariamente se han identificado a la coalición que blandió tal discurso- no puede luchar contra la “post-hegemonía” del kastismo si acaso sólo se “horroriza” frente a sus dichos o pretende negar su existencia.

Como el cuento de Augusto Monterroso, el progresismo despierta y ve que el kastismo aún está ahí. En virtud de su propia estructura discursiva, el progresismo no podía sino asumir esos dos modos frente al kastismo: o bien, la crítica moralista o bien la negación igualmente moralista. Ambas actitudes son, en realidad, la expresión de una misma impotencia, de una estructura ya agotada cuya razón, fuerza y vitalidad ha sido despachada.

Sólo una fuerza que enfrente políticamente al kastismo podrá sacarnos el hundimiento en el que nos encontramos. Y tal enfrentamiento implica asumir la condición post-hegemónica del presente, el que estamos en total ausencia, sino destrucción de todo gran relato y que, por tanto, carecemos de toda futurabilidad. Enfrentar políticamente significará pensar acerca de nosotros mismos, más allá del lindo pedestal de la derrota histórica, para abrir un campo en el que nada está aún decidido, y todo está por inventar. Y de eso se trata: jugar el juego de la política no significa simplemente gobernar –como insiste majaderamente la derecha política para subrayar que supuestamente la izquierda no sabe gobernar- sino sobre todo actuar, no gestionar las posibilidades que nos ofrece la facticidad del presente, sino abrirlas más allá de sí mismas, corriendo la brecha de lo políticamente imaginable. Actuar significa comenzar, abrir una potencia capaz de transformar la cartografía imaginaria del presente.