Bird Box (2018), filme recientemente estrenado por la plataforma de streaming Netflix, nos muestra que para sobrevivir al fin del mundo se debe evitar mirar lo que sucede alrededor. Cuestión que no deja de ser interesante habida cuenta que la declaración anterior no es solamente dicha, sino que es mostrada a través de un filme que, paradójicamente, tiene que ser visto. Una posibilidad es tomarse la provocación de manera literal: Bird Box estaría presentando una hipótesis que de verificarse la situaría como una de los últimos filmes de la era. En otras palabras, estaría afirmando que en el mundo postapocalíptico que anuncia no sería necesario el cine porque nos tendríamos que relacionar sin mediación alguna. Pero, tal como la Biblia, un filme tiene diversas capas de sentido, y por ende modos de lectura distintos del literal. Por lo que otra posibilidad sería pensar que el filme nos está diciendo algo respecto de nuestras prácticas actuales, y entonces cabría preguntarse qué es lo que quiere que miremos por la vía de ponernos ficcionalmente en una situación de radical ceguera.

Desde sus orígenes el cine ha cargado con la promesa de posibilitar una experiencia en común, permitiéndole a un espectador cualquiera ponerse junto a otro para ver al mismo tiempo lo que se proyecta en una pantalla. Ambos se sumergen en una experiencia silenciosa de idéntica duración en la que reciben los estímulos destellantes de esa luz que irrumpe en la oscuridad de la sala. Estímulos visuales y sonoros, que pueden ser repetidos cuantas veces se quiera, se reúnen por primera vez provocando un sinnúmero de conversaciones después de que la pantalla se vuelve a negro. Mientras el cine aún era joven, las posibilidades de ocurrencia de aquella práctica se multiplicaron, permitiendo que dos cualesquiera se enfrentaran cada uno a una pantalla situada en un lugar diverso para ver lo mismo.

Pero esa promesa de presentarse como un objeto común excluye de la lista de destinatarios a una importante parcela de personas. Quienes padecen ceguera sólo pueden disfrutar de aquellas contadas intervenciones reactivas, en la forma de una carcajada o de un suspiro, de quienes pueden ver lo que se proyecta. Cuanto más si durante las primeras décadas de su existencia, el cine no contemplaba otro sonido que la música que, sobrepuesta, acompañaba pasivamente a los elocuentes gestos de los personajes que luchaban por expresarse sin hacer uso del habla. Que la posibilidad de ver y escuchar, pero sobre todo de ver, sean la condición de posibilidad de vivenciar esta experiencia en común, nos lleva a preguntarnos qué pasaría con el cine y su promesa constitutiva si todos nos volviéramos ciegos o, como propone Bird Box, debamos evitar mirarnos los unos a los otros para sobrevivir. Una pregunta que vale la pena hacerse si se comprende que el cine es político en la medida en que contribuye a la disputa por las palabras, las imágenes, pero sobre todo por el tiempo.

Con el filme Bird Box, la cineasta danesa Susanne Bier parece querer revertir la ingrata marginación que han sufrido los ciegos de la práctica que se configura alrededor del cine, por la vía de hacerlos parte de la solución en el devenir apocalíptico. En este filme nos muestra cómo una fuerza invisible y misteriosa provoca el suicidio colectivo de la humanidad. Una a una van cayendo las personas que, tras mirar algo que desconocemos, buscan la forma de auto-infringirse daño hasta acabar con su vida al tiempo que su mirada se pierde en ojos inundados de lágrimas. En este contexto plagado de muerte, una mujer llamada Malorie y una pareja de niños de cinco años buscan sobrevivir emprendiendo un viaje a un lugar supuestamente seguro mientras mantienen sus ojos vendados y cruzan un agitado río. La duración del viaje es cada tanto interrumpida por la de otro tiempo: el de los cinco años anteriores comprendidos desde el anuncio del extraño fenómeno que habría comenzado en Europa del Este que ven por televisión una Malorie embarazada y su hermana, pasando por el enclaustramiento de Malorie en una casa rodeada de desconocidos que se transforman en amigos o amantes, hasta quedarse sola con los dos niños intentando llegar a un refugio que los proteja de la fuerza maligna.

Pero esta no es primera vez que un filme se construye sobre la base de una fuerza maligna cuya proveniencia en principio desconocemos. En The happening (2008), del director indio-estadounidense M. Night Shyamalan, también somos testigos de un curioso fin de los tiempos en el que las personas, luego de paralizarse con el correr de un fuerte viento, buscan la forma de quitarse la vida hasta conseguirlo. Pero si en este filme se sugiere que son los propios seres humanos quienes, al estar con sus acciones destruyendo al mundo, desatan la reacción aleccionadora de la naturaleza que emana un químico que cambia la dirección de la destrucción hacia ellos mismos; en Bird Box son los humanos considerados en tanto que individuos los que, enfrentados misteriosamente a su tristeza, se suicidan. Mientras que en el primer caso se critica la falta de atención que el ser humano pone a las consecuencias de sus acciones; en el segundo caso el enemigo parece ser la relación del individuo consigo mismo. La diferencia entre uno y otro es tan radical que se expresa también en sus finales. Si en The happening la fuerza de la naturaleza, a modo de reforzar la advertencia al espectador, no cesa de causar sus efectos mortuorios; en Bird Box se logra convivir con la fuerza maligna asumiendo la pérdida de no ver absolutamente nada pero a costa de evadir también la propia tristeza. Tanto es así que en la novela del mismo nombre que sirvió de antecedente para el filme, los sobrevivientes toman una decisión aún más definitiva, esto es sacarse literalmente los ojos.

En el filme no sólo sobreviven los ciegos o los que los imitan vendándose los ojos. Quienes padecen alguna enfermedad mental no sólo sobreviven, sino que pueden ver directamente lo que llaman “esa hermosa luz” sin desencadenarse el efecto de cometer un acto suicida. Con ello pareciera ser que están reconciliados con su tristeza y que entonces pueden disfrutar de la belleza que esa fuerza irradia al punto tal que se proponen como motivo de vida lograr que todos la vean sin reparar en la desigualdad implicada en su condición ahora privilegiada. Pero en vez de profundizar en esa tensión, el conflicto es resuelto complacientemente a favor de una total ceguera relegando a los enfermos mentales al grupo de las fuerzas enemigas. Como si la clave para sobrevivir humanamente en este nuevo mundo fuera radicalizar el individualismo implicado en reducir al mínimo el encuentro de las miradas, pero evadiendo en igual proporción lo que torna cualquier asunto en una experiencia personal: la más honda de las tristezas.

Lo que nos lleva a preguntarnos si acaso con Bird Box se quiere anticipar un mundo en el que el cine deje de servir para multiplicar los encuentros de las miradas. Lo anterior se muestra con mayor nitidez en la escena donde una de las personas que comparte la sobrevida con Malorie se ofrece de voluntaria para descubrir lo que es esa fuerza mirando el registro de la red de cámaras de seguridad que rodea la casa. Como es de esperar, ver la fuerza a través de las imágenes recolectadas por las cámaras también produce el efecto mortuorio que se pretendía resistir. Cuestión que, sin embargo, no ocurre cuando otro personaje ve los dibujos realizados por un enfermo mental en los que se retrata a la fuerza maligna.

Identificar con el enemigo a aquella “hermosa luz”, que finalmente nos dice que es también el cine, calza a la perfección con el catálogo de los filmes que Netflix ha producido este año. Con Roma (2018) estiliza a tal punto un drama mínimo que termina por neutralizarlo, con El otro lado del viento (2018) reduce la potencia de un filme a la biografía de quien iba a ser su autor, y finalmente con Bandersnatch (2018), como propusimos hace una semana, ataca los fundamentos del cine como experiencia colectiva acercándose a la experiencia individual promovida por los videojuegos. Ante este escenario habrá que insistir en la mirada de un cine que nos haga enfrentarnos con nuestra propia tristeza sin que de ello resulte un suicidio masivo, sino que, antes bien, nuevas formas de relacionarnos con los otros y por lo tanto con nosotros mismos. Porque después de todo, ya lo sugería un cineasta compatriota de Bier con Melancolía (2011): tras la amenaza de la destrucción del mundo solo quedaría entregarnos a la nada, o más precisamente al silencio de una pantalla negra que ni siquiera aguanta el pasar de los créditos.