Difícil misión la de Bruno Lloret de superar su propio debut. Porque Nancy (Ed. Cuneta, 2015) es una novela que, aunque partió silenciosa, terminó rompiéndola. Suponía no solo una descarnada muestra de marginalidad y poesía, sino que ante todo, era la construcción de un relato extrañamente original. Una rareza que a pesar de su presunta falta de convencionalismo te remece y conmueve. En ella su protagonista, una chañaralina afectada de cáncer vive entrecruzada por sus fantasmas, anunciando su lento y agónico final. En Nancy la página es un desierto —literalmente— tapizado de cruces por el que transitan todo tipo de ausencias y que arman un paisaje de tanta ternura como tristeza y desolación. De ella devino escasa pero buena crítica y sucesivas reediciones que la han transformado en una pequeña joya, todavía poco o nada conocida pero altamente recomendable.

En la recién aparecida Leña (Ed. Overol, 2018) Lloret busca repetir la fórmula. Se trata de la voz de una mujer oriunda de Siberia que cuenta en primera persona sus intentos por buscar marido en Internet. Tras probar con varios candidatos da con panzer_delcarmen, un chileno algo rudimentario, de extrañas costumbres, ejemplar nativo de un lejano pueblo llamado La Ligua, que según dice es dueño de camiones y fanático de frutas a las que llama paltas. Y aunque apenas le entiende, le cree, aprende su lengua, e incluso viaja a conocerlo. Te quiero rusa cochina, te quiero más que la cresta, le dice el chileno, ella lo mira con simpatía y distancia mientras aprende las extrañas formas de relacionarse que tiene con su familia. Porque la protagonista, aunque algo ingenua, no es nada tonta. Se sabe el rubio deseo de un macho moreno que con tal de lucirla a su lado le ha prometido el oro y el moro.

La anécdota inicial recuerda, en parte, un reciente suceso del anecdotario de contingencias inverosímiles: el caso de las rusas falsas. Chilenos incautos que vía internet conocían mujeres procedentes de alguna empobrecida zona de Europa del este, y que —por soledad, filantropía, emprendimiento o simple calentura—, invertían grandes sumas de dinero, aduciendo esta supuesta relación amorosa a distancia, pagaban a ojos ciegos deudas, pasajes, pasaportes y todo cuanto fuera para que las susodichas se libraran de sus desgracias y llegaran alguna vez a esta tierra, cosa que, podrá intuirse, nunca sucedió. En las redes, puede rastrearse todavía el avergonzado testimonio de estos estultos que terminaron cayendo en cuenta de cómo fueron embaucados por supuestas ninfas que lejos de concubinas, o incluso acaso meretrices, resultaron simples estafadoras.

Pero Leña —como estos jíbaros le llaman a Lenia, la protagonista—, es una mujer bastante más honrada. Su voz, cruzada de imágenes e intencionados quiebres de la sintaxis (producto de una ficticia españolización de la voz narradora), parece más bien una excusa para leer, como si fuera un espejo, ciertas monstruosidades de lo chileno. Conviene recordar cómo las voces que comparecen en las novelas de Lloret son inconscientes del dolor que cargan. Tanta orfandad, tanta miseria, las obliga a resguardarse en la oscuridad de un lenguaje intencionadamente opaco, a ratos indiscernible, pero que se llena de frescura con fugaces destellos de coloquialidad y humor negro. Son personajes que intentan construirse un habla, un modo específico de lenguajearse como si fuera la única forma de habitar un hogar que no tienen. Porque si en Nancy era el paisaje geográfico, ese inmenso eriazo poblacional, tan rotundo y descampado, propio de alguna desértica región en el norte de Chile el que se impone y permite el descontrolado flujo verborreico de la protagonista, en Leña, en cambio, irrumpe el paisaje mental, quizás mucho menos definido, a ratos abstracto, tan propio del mercado del sexo virtual, del erotismo desechable y la desmaterialización de los afectos. En ambos casos, el devenir de la voz narradora se justifica como un intento de evadir a toda costa la intemperie de sentido que significa la pobreza y la soledad.

Sin embargo cuesta empatizar con la rusa. Suena lejana, poco querible, a ratos forzosamente impostada. Y aunque le sobra de ese desvarío existencial siempre rebosante de residuos, de conexiones alambicadas, o aparentemente incoherentes —rutina probada para su autor—, carece de profundidad emotiva, o de algún tipo de conexión con el lugar donde la protagonista realmente sangra. Se agradece el derroche verbal, esa larga y pomposa perorata, que a ratos  tiene tanto de tufillo bíblico, o de barroca diatriba, pero raya para la suma, siempre algo falta. Lloret, pudiendo hacerlo, no se luce. Tampoco profundiza. Se enreda y se copia a sí mismo, pero con más desidia que destreza. Porque Leña podrá ser una novela destacable, pero está muy lejos de superar a Nancy.  Una lástima si se piensa en los méritos previos que exhibía su autor, pero que aquí notoriamente desmejorados, bien poco valen. Y si bien nos confirma que estamos ante uno de los prosistas jóvenes mejor dotados de la narrativa local, también pone paños fríos. Una buena novela no es nada. Mejor no descuidarse y así evitar terminar siendo un simple debut y despedida.

Leña

Bruno Lloret

Ed. Overol, 2018

148 páginas.

Precio Referencia: $12.000


Tomás Henríquez, escritor

Periodista