No quiero hacer mansplainning para “explicar” algo que nadie me preguntó, tampoco pretendo hablar en nombre de nadie, ni soy experto en el tema. Pero creo que escribir sobre el tema de Venezuela es una cuestión necesaria, sobre todo considerando todo lo que se dice, cómo se mira y se piensa la situación desde acá. Y decido hacerlo porque como venezolano y estando hace años en este país, puedo tener una visión distinta a lo que piensa mucha gente aquí acerca de lo que pasa allá.

De partida, dejemos claro que estamos de acuerdo que EE.UU. detrás de su discurso en “defensa” de la democracia, los DD.HH., y de su “lucha contra el terrorismo”, esconde siempre otros intereses económicos (y políticos). Si no, de la misma forma que se metieron en Irak o Siria también lo habrían hecho en Uganda o Sudán, por ejemplo.

Sabemos también que tienen un largo historial de intervencionismo tanto en el resto del mundo, pero más aún en América Latina. Pasó en República Dominicana, en Panamá, Nicaragua, El Salvador, Argentina, Chile (y para qué seguir). Así respaldaron las peores dictaduras en la región para consolidar su modelo económico (y político), convirtiéndolo en el único posible.

Entonces, sería demasiado ingenuo no poner en duda y cuestionar el “apoyo” que le da EE.UU. a Juan Guaidó. De hecho, el nuevo enviado especial de Estados Unidos para Venezuela, Elliot Abrams, es conocido por estar a favor del intervencionismo, la opción militar agresiva y el libre mercado sin restricciones. Estamos mal. Pero, ¿acaso no es la misma duda que debe generar que a Nicolás Maduro lo respalde China o Rusia? Al fin y al cabo, es con ellos que Venezuela tiene la mayor deuda económica, que ni siquiera el petróleo basta para poder pagarles. Lamentablemente, siempre en Latinoamérica hemos sido, y aún somos, víctimas de nuevas formas de colonialismo y dominación.

Y por supuesto que el respaldo de los gobiernos de Piñera, Macri o Bolsonaro es algo que también debería preocupar -Incluso tanto o más que el de EE.UU.-, por todo lo que ellos representan dentro de Latinoamérica. Por eso es que siempre que puedo hablar con algún compatriota, lo invito a no dejarse llevar por el rechazo/molestia que naturalmente genera Maduro, para colocarse entonces inmediatamente del lado de estos otros personajes, porque “éstos también son malos”, le digo.

El fascismo no es exclusivo de derecha ni de izquierda. Pero quien apoya a Maduro para ubicarse en contra de EE.UU. (con toda razón, insisto), solo por “solidaridad” asumiendo que Nicolás es un “líder de izquierda”, está restándole importancia a la gravísima y compleja crisis del país, y que solo aquellos que en estos momentos están allá, pueden ser capaces de entender el alcance que tiene.

Hablamos de una crisis de seguridad por ser el país más violento de América Latina, una crisis del sistema de salud pública ante la falta de medicinas y equipos médicos (incluso en las mejores clínicas), de los servicios públicos con fallas eléctricas y del suministro de agua todos los días. Ni hablar de la crisis alimentaria donde a la gente le cuesta cada vez más conseguir comida, y si la consigue el dinero no le alcanza. ¡10.000.000% de inflación se calcula para 2019 de acuerdo al FMI! No es una broma. Todo eso está al alcance de Google. La gente deja el país como sea para irse a donde sea. Y así se llega a Chile.

¿Quién puede creer entonces que ante esa desesperación, la gente se va a detener a decir que no apoyará a Guaidó solo porque también lo apoya Trump, Piñera, Macri o Bolsonaro? Les da igual, porque lo único que quieren es que Maduro se vaya. E incluso, voy un poco más allá, ¿quién puede creer que, en general, la gente en esas condiciones de crisis, tiene tiempo de preocuparse y querer comprender lo que pasa en Argentina, Chile o Brasil o lo que están haciendo sus gobiernos? Creo que la respuesta es obvia.

Ahora bien, ¿Eso hace que inmediatamente todos/as las personas de Venezuela que están en contra de Chávez/Maduro sean “fachas” o “de derecha”? No necesariamente, y mucho menos desde la comprensión, el contexto y la experiencia chilena, que es desde donde yo creo que se juzga y se mira el proceso venezolano (lo cual es comprensible tomando en cuenta que las heridas que dejó su dictadura aún están abiertas).

En Venezuela esa dicotomía derecha-izquierda resulta un poco ajena desde un punto de vista histórico, porque antes de Chávez, en estricto rigor no habían gobiernos de derecha (o al menos no experimentamos el neoliberalismo de la manera que se conoce en Chile). Por tanto, esa idea que se tiene de que las políticas sociales comenzaron en el país con la llegada de Chávez, es totalmente falsa.

Desde décadas antes ya teníamos educación pública y gratuita tanto a nivel escolar como universitario (con sus infinitas carencias, pero había), un sistema de pensiones administrado por el Estado y no por privados, una gasolina subsidiada a un precio tan ridículo que un litro de agua era más caro que llenar todo el estanque de un auto, o una legislación que ya le otorgaba beneficios sociales a los trabajadores que acá en Chile aún son impensados. Por dar algunos ejemplos.

Eso había antes de Chávez pese a que vendió la idea de que todo eso llegó gracias a él, y que solo con él eso era posible (porque así era su proyecto: personalista, tengámoslo claro). Y con eso no digo que antes todo estaba bien, de ninguna manera. Por algo el chavismo llegó al poder y tuvo el respaldo que tuvo. Por algo Chávez fue quien fue. Nuestra país ya estaba enferma.

Quizá es por eso que entonces, mucha gente de Venezuela que llega a Chile piensen que acá todo “funciona de maravilla”. Pero coincido con mucha gente de este país, en que que éste no es el modelo a seguir: igual veo grandes problemas estructurales, profundas desigualdades, injusticias demasiado evidentes, y que estamos ante un Estado al servicio de algunos pocos grupos de poder (¿no es acaso nuestro problema latinoamericano?).

Aun así, puedo entender que venezolanos/as digan que aquí “todo está bien” ¡si miren cómo está el país de donde venimos!. Y por eso mismo se podría entender (aunque con mayor dificultad) que haya gente agradecida por llegar a Chile a través de la “Visa Democrática” de Piñera. Pero compatriotas, tampoco nos dejemos engañar: asumamos que es nuestro “privilegio” por ser una mano de obra “profesional calificada” (migrante y por ende más barata). Pero si el gobierno de Piñera fuese tan bueno y estuviera realmente a favor de la migración, hubiese firmado el Pacto Migratorio de la ONU, o se preocuparía por las condiciones denigrantes en las que vive buena parte de la comunidad haitiana (tanto en en términos de vivienda como de condiciones laborales).

Pero qué bueno habría sido que desde la propia izquierda latinoamericana, en especial en Chile, se hubiese sido mucho más crítico con esta situación en Venezuela que desde hace años se viene dando. Pero ningún gobierno quiso ver lo que se veía venir, y ahora las consecuencias son estas: 2,4 millones de venezolanos movilizados por todo el continente y una crisis que a Venezuela le tomará décadas superar, y que ahora está afectando al resto de los países. Así estamos ahora, #chilezuela.

Por esa razón, puedo decir que los gobiernos latinoamericanos también son corresponsables de lo que ha pasado allá, por “prestarle ropa” a quien no la supo usar, por haber desviado la mirada cuando había que mirar con atención, por haber callado cuando debieron pronunciarse con firmeza, por esa complicidad pasiva y silenciosa.

Y cualquiera podría pensar “ah claro, pero esa crisis de Venezuela es lo mismo que pasó acá en Chile con Allende”, y no es así. Así como tampoco es cierto que, como dicen muchos compatriotas, que “Chile se salvó” de vivir lo mismo que vive Venezuela. No, no, no y mil veces no: es una comparación odiosa e injusta para el único país del mundo que, a pesar de decidir democráticamente que quería un presidente socialista de pensamiento marxista, vio cómo su proyecto político fue frustrado solo porque EE.UU. no podía ser capaz de tolerarlo. Por eso condujo el país a una “crisis” para luego promover y apoyar el golpe de estado, con todo lo que eso implicó.

Pero en Venezuela, a diferencia de Chile del 70, es el Estado quien controla casi todos los medios de producción: las mayoría de empresas de alimentos, de tecnología, telecomunicaciones, los medios de comunicación, las centrales eléctricas, de suministro de agua, y etcétera. Entonces es evidente que, aunque las crisis nunca son aisladas, el gobierno es el mayor el responsables de lo que se vive.

Entonces, y con esto termino, pese a que sí puede haber (volviendo al punto de partida) influencia de los EE.UU., no puedo decir a la ligera que en Venezuela ahora acaba de darse un golpe de Estado. Mucho menos cuando ha sido Maduro quien se ha mantenido en el poder a través de mecanismos “golpistas”: El poder judicial dicta las sentencias que solo favorecen a Maduro (¡qué poder tan independiente!), le quitó competencias a la Asamblea Nacional de mayoría opositora instalando una Asamblea Constituyente paralela sin seguir los procesos regulares, también evitó que se hiciera el referéndum revocatorio de su mandato cuando la Constitución así lo establecía, y se reeligió como presidente en unas elecciones con un Consejo Nacional Electoral parcializado (hasta ahí, porque la lista de golpes sigue).

Pero, más allá de eso, lo de Guaidó no puede verse tan a la ligera como un golpe porque se respalda en la Constitución. ¿Por qué? Porque ésta plantea que ante la ausencia de un presidente electo, el presidente de la AN  debe asumir el cargo de manera interina y convocar elecciones. ¿Y por qué se asume que no hay presidente electo? Porque las elecciones que “gana” Maduro el año pasado no son reconocidas como libres ni transparentes.

De hecho, en 2017 la empresa Smartmatic, que le prestaba servicios electorales al Consejo Nacional Electoral, declaró que las cifras oficialistas de las elecciones no coincidían con las que ellos tenían computarizadas. Resultado: no pasó nada y seguimos teniendo el mismo CNE, por lo que en ese contexto la oposición en Venezuela decidió no participar en las elecciones pues había pruebas de que el Poder Electoral no era independiente (una decisión política que es también cuestionable).

Por tanto desde el momento en que Maduro asume el 10 de enero su segundo período, es cuando se le acusa de usurpar la presidencia, porque precisamente no hay presidente electo. Por eso es que Guaidó, como Presidente de la AN, se juramenta como presidente interino con la obligación de convocar elecciones este mismo año, para lo cual debería primero destituir a todo el CNE actual e instalar una nueva directiva que garantice las condiciones necesarias para las elecciones.

Entonces, como se ve, el escenario es definitivamente mucho más complejo y con más matices de como a veces se ve. No podemos hablar de una dictadura en Venezuela pero tampoco de una democracia, ni reducirlo a una lucha de izquierda contra la derecha, como muchas veces estamos predispuestos a mirar lo que está pasando. Como decía un amigo: no es complejo armarse una postura sino abandonar doctrinas rígidas que no dan para leer la realidad.