El cuerpo de Aylin Fuentes apareció flotando en el río Claro, con las manos maniatadas y con huellas de haber sido golpeada en la cabeza, no llevaba ropa en la parte inferior del cuerpo. Un lugareño la encontró en un terreno a la altura de la 14 norte, cerca de una planta de tratamientos áridos, cuando su caballo que estaba pastando cerca de unos sauces hizo un ruido extraño. Eso lo alertó.

Metros más abajo el paisaje contrasta con ese encuentro lúgubre.

En el balneario Río Claro, en Talca, es un espacio lleno de eucaliptus donde hay botes para turistas, comida típica y parrillas para hacer asados. Allí, en la ribera oriente del río, las familias van a capear el calor los días después de las fiestas. También fue el lugar donde vieron a Aylin por última vez. Según un testigo estaba acompañada de un grupo de jóvenes donde había tres hombres.

Los vecinos de la población Las Américas quedaron golpeados con la noticia de su asesinato. Hubo un velorio con globos blancos y fotografías donde ella aparece sonriente y con una melena larga y pulcra. La música de fondo fue el reggaetón “Amigo” de Tito el Bambino. Patricia Álvarez (60), su madre, apenas balbuceó algunas palabras para la televisión. Pocos saben que ese dolor ya lo conocían de antes. Luisa del Carmen, la mayor de las hermanas, fue víctima de violencia intrafamiliar y murió en extrañas circunstancias, durante un discusión con sus pareja el 18 de mayo del 2005. Tenía 24 años. Jamás pensaron que volverían a pasar por lo mismo.

Aylin nació el 15 de octubre del año 2000 en un sector rodeado de blocks y casas con mansardas de cholguán, un lugar donde todo el mundo la conocía. Era la menor de ocho hermanos, hija de la segunda pareja de su mamá. Para mantener la casa, Patricia se desempeñaba como auxiliar de aseo en un instituto profesional y su esposo, José Fuentes, trabajaba en la construcción. En ese bastión de gente humilde creció feliz, con una familia que -pese a la precariedad- la consintió en todo por ser la menor. Sus vecinos la recuerdan como una niña amorosa y extrovertida.

El lunes 24 de diciembre habían organizado una comida de Navidad en la casa. Aylin, con su hermana Solange, prepararon costillitas al horno, las favoritas de ella. Bromearon, estaba contenta con el alboroto de sus sobrinos pequeños que correteaban por todas partes. Abrieron los regalos, su mamá le obsequió un perfume. A las doce y media partieron todos al cementerio Parque Las Rosas que queda a diez minutos de donde viven, eso siempre los hacía sentir más cerca de Luisa. Volvieron las dos de la mañana y estuvieron hasta las tres y media conversando. A esa hora una amiga pasó a buscar a Aylin. Patricia no quería darle permiso para salir.

-Sí vamos ir a dar una vuelta no más y volvemos, mami- le dijo y le sonrió. No llevó cartera, ni dinero. Tampoco celular.

Como parte de un tratamiento para prevenir el consumo de drogas, no podía usar teléfono, lo que evitaba que visitara antiguas amistades o que volviera a las viejas rutinas. Hoy su familia se recrimina el hecho de que por ese motivo se hiciera más difícil contactarla cuando se le perdió la pista.

Sentada en un café de un mall de Talca, Carolina González, su media hermana, recuerda que fue en quinto básico cuando Aylin dejó de asistir al Lyon School, tenía déficit atencional, y terminó desertando de la educación básica.

Carolina tiene los mismos ojos de Aylin y catorce más que ella, por eso la cuidó como una hija. En la conversación, de a poco, deja escapar los pasajes de la vida de su hermana.

-Fue los 16 cuando le pegó fuerte el tema de la pasta base, yo creo fueron las malas juntas, la droga en la villa, y además nadie le ponía mano dura, porque era la más chica… Justo ahora había ganado peso, quería cambiar-, comenta mientras sorbe un jugo.

Producto de su adicción, en septiembre del año pasado, Aylin entró al Centro Integral de Rehabilitación (CIR) Gamma, que tiene convenio con el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol (Senda). Estaba nivelando sus estudios de educación básica y había aprendido a hacer alisados de queratina con los que quería ganar un poco de dinero. Por su mayoría de edad se le dio le egreso del centro. Carolina recuerda que “La negra”, como le decían sus amigos, era muy popular en la población. Conocida por ser alegre y andar siempre de punta en blanco, también tenía el carácter fuerte, por eso cree que Aylin no habría aguantado que alguien se propasara con ella y habla de ‘los atacantes de su hermana’, así, en plural.

-No, no fue uno, lo sé, porque ella era bien parada en la hilacha, le quisieron hacer algo ella no quiso y por eso la mataron. Lo más doloroso para nosotros fue que los medios hablaron de consumo de drogas, pero sin decir que estábamos preocupados de ella, de su enfermedad, incluso llegaron a decir que era de la calle. Somos una familia unida, con problemas como todos las demás, pero una familia que quedó destruida después de la muerte de dos hermanas-, confiesa.

Carolina intenta recordar la línea de tiempo de los acontecimientos que sucedieron desde la madrugada del 25 de diciembre, hasta que Aylin salió con María José, su amiga de la infancia, rumbo a los quinchos.

Dice que uno de los hombres que estuvo con ellas, era novio de “Coté”. Sin embargo, a pesar de una testigo clave, nadie ha podido dar con su paradero. Víctor (33), su hermano, la vio por última vez la mañana del 26 de diciembre, le dijo que se fuera a la casa, ella asintió pero se devolvió cerca de la circunvalación del parque que lleva a los quinchos. Desde ahí le perdieron el rastro.

El 27 de diciembre todos en la familia empezaron a impacientarse. Y los días pasaron. El día año nuevo se sintió su ausencia, algo que Aylin jamás habría hecho. La fiesta estuvo tensa, no hubo abrazos, nadie dejaba de pensar en su desaparición. Si bien Aylin se había perdido en otras ocasiones, esta vez era distinto. Patricia puso la constancia por presunta desgracia el tres de enero en la cuarta comisaría del sector norte de Talca. La siguieron buscando en el terminal, en las poblaciones vecinas, no quedó puerta por golpear. Incluso los vecinos fueron a buscar a un hombre que siempre acosaba a las niñas que machetean por el barrio.

-Esta vez era extraño, porque todo el mundo la conocía y se había hecho humo-, recuerda Carolina.

El recuerdo insistente de Aylin

El martes 29 de enero el sol pega fuerte en el pasaje América 10. Una animita está a medio construir frente a la casa de la familia y en una muralla vecina reza “Vuela alto negra bella”. En la entrada de la casa aún hay flores de papel crepé blancas, que quedaron como vestigio del velorio. En la entrada hay un letrero que dice “Se hacen costuras”. Patricia sale a saludar, se sienta en el comedor, prende un cigarro y confiesa que estos días no hace más que fumar y beber café. Se pasa las manos por el pelo cano y confiesa que Aylin era su compañera. Ella llegaba del turno de su trabajo y juntas veían televisión acostadas en la cama. Dice que la quería tanto que le costaba ponerle reglas, que debería hacer sido más dura.

-De repente me hacía pasar rabias cuando salía, ‘le crecían patitas’ como digo yo, pero al rato ya me daba vuelta, se me pasaba el enojo y todos me criticaban, pero ella era mi regalona, si durmió conmigo hasta los doce años-, recuerda Patricia.

La pieza rosada de Aylin se quedó como detenida en el tiempo, ahí están sus carteras, decenas de zapatos, su joyero rosado y un conejo blanco de peluche sobre la cama. Su madre muestra sus cartas con corazones de Goma Eva y declaraciones de amor que le mandaba desde el centro Gamma, donde habla de sus ganas de cambiar, de la certeza de que tenía los mejores papás porque la apoyaban en todo. Y en muchas cosas cambió. Patricia cuenta que en el centro hizo un curso de peluquería y barbería – toma su diploma y lo muestra orgullosa – dice que tenía ganas de emprender haciendo alisados a las mujeres del sector. A su profesora del centro le confesó que iba terminar la educación media, quería ser psicóloga.

Días antes que encontraran el cuerpo, Patricia soñó que una serpiente grande se despedazaba, por eso el ocho de enero, cuando anunciaron en las noticias que habían encontrado una joven en el Río Claro, de alguna manera presintió que podía ser “su Aylin”. Recuerda que el corazón le saltaba y que apenas pudo llegar a la Cuarta comisaría. Le dijo a los Carabineros que necesitaba saber si “esa niña” era su hija.

Decidió ir a dar una vuelta, buscar más información y cuando iban en el colectivo la llamaron desde Investigaciones para decirle que necesitaban hablar con ella. Una vez allí le preguntaron por alguna característica de Aylin que fuera particular, ella recuerda que el tiempo se le hacía eterno y que, cada tanto,  le daban agua con miel para los nervios. A las dos de la tarde le dieron la noticia que ninguna madre espera recibir. “Señora Patricia. Sí. La niña que encontraron es su hija”.

-Yo no creía, me puse gritar que no, que no era la Aylin y me descompensé-, recuerda y prende otro cigarro.

El miércoles nueve de enero al medio día fue entregado el cadáver a la familia, luego de que la médico forense Viviana Bustos viajara desde Santiago al Servicio Médico (SML) para la autopsia. Son pocos los detalles que se saben debido a que el fiscal Ángel Ávila, a cargo de las diligencias, determinó “secreto de la investigación”. De lo que sí hay seguridad es que Aylin habría muerto por asfixia, no por inmersión, sino porque le taparon la boca durante el ataque.

Su caso lo tomó el abogado Mauricio González. El 22 de enero entregó declaraciones a la prensa donde comentó que tuvo acceso a la autopsia y que había claros indicios de violación. El caso ahora lo lleva el fiscal Francisco Soto, quien reemplazó a Ángel Ávila tras presentar licencia médica.

Paula Retamales, es trabajadora social e integrante del colectivo feminista “Floreciendo” que ha estado acompañando a la familia de Aylin. Comenta que es la cultura latifundista, machista, que mezclada con la ausencia de políticas públicas, sigue cobrando victimas en la región. En su opinión el caso Aylin se repite en otras poblaciones, donde reina la violencia intrafamiliar y la pasta base, pero por sobre todo donde existe un completo abandono. Cambian las caras, pero las víctimas son mujeres jóvenes y hasta niñas.

-Este caso es parecido a uno que sucedió hace treinta años, el caso de la Calchona -la joven de 17 años que fue violada y asesinada-, acá la lentitud de las autoridades ha sido mucha, nosotros interpelamos al intendente a un senador (Álvaro Elizalde) y tuvimos una reunión con el Ministerio de la Mujer donde nos dijeron que estaban pendientes de ver lo que diría la Fiscalía para actuar, pero ya debería haber un fiscal especial, hasta hoy a familia no sabe nada-, dice al teléfono.

Paula insiste en que el Sernameg ha estado totalmente ausente frente al caso.

-Han tenido una actitud pasiva, enviaron un comunicado a los medios, pero no han hecho nada, hay una responsabilidad política de cómo las instituciones están siendo efectiva o meramente burocráticas en este tipo de situaciones-, concluyó.

Por mientras seguirán brindando asistencia a la familia y saldrán a las calles para presionar a las autoridades. Ya tienen agendada varias marchas.

Desde la puerta llaman dos vecinas, María y Carmen, quiénes junto a Carolina forman un aquelarre que apoya a Patricia. Conversan, se pierden en las anécdotas y comparten fotos desde sus celulares. Allí está Aylin animando alguna fiesta familiar y en otra imagen aparece de siete años posando para la cámara junto a su amiga.

María cuenta cómo el sector se convirtió en una zona roja de la droga y también cómo hubo otras mujeres de Talca que murieron en manos de hombres: Yenery Carrasco, secuestrada y asesinada el 2016, y otra vez el recuerdo del caso del crimen de La Calchona.

Cuentan sus propias experiencias con el abuso y llegan a la conclusión que van a seguir juntas hasta que encuentren a los culpables. Deciden que van a acompañar a las mujeres de la familia a marchar el ocho de marzo. Que ya no son tiempos de callar como lo hicieron ellas. Que ya no se puede vivir así.

Patricia revuelve un segundo café, prende el último cigarro e interrumpe la conversación.

-Se siente tan vacía la casa sin ella, sin su risa… Me hace mucha falta-, dice. Todas asienten con la cabeza.