Es difícil que un político, sea del lado que sea, critique abiertamente una dictadura que comparta su domicilio político. Es comprensible, ya sea por órdenes de partido, cálculos políticos o en una de esas por convicción, que un rostro de primera o segunda línea no se atreva a decir algo que, sacados los colores y banderas que uno ha elegido, resulta de perogrullo: Que los Derechos Humanos deben respetarse siempre.

Mi pseudónimo revela una contradicción con la que he tenido que lidiar desde la adolescencia: Ser “creyente” y a la vez “rockero”. No quiero detenerme en esto mucho tiempo, pero me parece necesario contar que desde hace años debo cargar con la mochila de tener que explicar que no porque crea en las enseñanzas de Jesús ando con terno, corbata y un megáfono pregonando versículos por las calles, ni menos que adhiero al discurso de grupos fundamentalistas que suelen arrogarse la vocería de los evangélicos de Chile (tema que da para otra columna). Lo que quiero decir es que uno puede perfectamente adherir a una idea, filosofía, dogma o religión sin tener por ello que justificar el actuar de quienes dicen profesar el mismo pensamiento con un fanatismo exacerbado.

Uno podrá estar más o menos enterado de lo que ocurre en Venezuela. La información que recibimos podrá estar más o menos sesgada, pero hay hechos que son irrefutables: La alta migración de venezolanos en nuestro propio país, muchos de ellos profesionales que vienen a hacer trabajos para los que están infravalorados; la debilitación de las instituciones (que dicho sea de paso, también está ocurriendo en Chile) que los llevó a elegir un líder mesiánico que se suponía iba a resolver todos los problemas que la corrupta clase política estaba creando.

De seguro ese escenario nos suena conocido.

Defender el gobierno de Maduro no sólo es moralmente errado, sino que además le hace un daño tremendo a los valores de la izquierda. Una vez se acabe su gobierno, tarde o temprano se destaparán los detalles de cómo funcionaba la estructura totalitaria y represiva del régimen de Maduro y es allí donde la derecha se sentirá con el derecho a empatar (cosa que ya hace, pero que podrá demostrar con hechos).

He leído muchas veces en las redes sociales que “si todos los chilenos supiéramos lo que pasó en la Dictadura de Pinochet nadie votaría por la derecha”, y tiene bastante sentido. Nadie en su sano juicio y con toda la información en la mano debería querer formar parte de un sector político que avaló el exterminio y tortura de compatriotas por el solo hecho de pensar distinto. Hagamos ahora el ejercicio de viajar 20 años en el tiempo para ver qué piensan los niños venezolanos que hoy tienen cinco años, hijos de padres que murieron en alguna marcha o por cualquier otra razón política. Es más que probable que abracen las ideas de la derecha, no porque sean mejores, sino simplemente porque para ellos la izquierda representará el odio, el autoritarismo, la represión y la destrucción de la libertad.

Y ese es un punto fundamental: Es ingenuo pretender que los gobiernos de izquierda sean menos corruptos o autoritarios per se, sino que como ciudadanos y personas que formamos parte de una sociedad tenemos el derecho y el deber de exigirle a quienes nos representan que legislen en favor del bien común. Por eso es sano y necesario que el pueblo se rebele contra las injusticias, por eso es bueno que los pingüinos el 2011 hayan salido a manifestarse por una educación gratuita, pero por sobre todo de calidad, porque una sociedad educada, informada y con pensamiento crítico es el mayor peligro para las élites que buscan implantar regímenes autoritarios, sean del lado que sean.